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jueves, 15 de mayo de 2008

El pecado es una violación de la alianza con Dios


L’Osservatore Romano
Archivio redazionale


L’Osservatore Romano, Edizione settimanale in lingua spagnola n. 11 del 14 marzo 2008 pp. 9-10


El pecado es una violación de la alianza con Dios

Entrevista a mons. Gianfranco Girotti, regente de la Penitenciaría apostólica

Nicola GORI
La Penitenciaría apostólica parece un objeto misterioso para la opinión pública, pero también para gran parte de los fieles.


Por desgracia, es verdad lo que usted afirma. Aun siendo actualmente el organismo más antiguo de la Curia romana -después de la supresión de la Dataría, acontecida en 1967, y de la Cancillería, acontecida en 1973-, es poco conocido incluso por gran parte del clero. Tal vez esto se debe a que su actividad no tiene tanta visibilidad como la que implica la actividad de los demás dicasterios.
Entre los dicasterios de la Curia romana, la Penitenciaría apostólica es la que realiza, de manera siempre directa, una actividad netamente espiritual, la más característica de la misión fundamental de la Iglesia, que consiste en la salus animarum. Es el órgano universal y exclusivo del Sumo Pontífice en materia de fuero interno.
No sólo se recurre al fuero interno para los pecados, las censuras y las irregularidades, sino, en general, para situaciones ocultas, como por ejemplo dispensas, sanaciones, convalidaciones de actos nulos derivados de circunstancias ocultas. Además, examina y resuelve los casos de conciencia que se le proponen. Resuelve dudas en materia moral o jurídica, cuando se trata de circunstancias ocultas o de hechos concretos individuales.


¿Cuál es el valor de las respuestas de la Penitenciaría apostólica?
Se trata propiamente de un valor autoritario -según los casos, preceptivo o liberatorio- sólo para las circunstancias reales y singulares que se nos proponen y no para los demás casos, pero esas respuestas pueden extenderse a los demás casos como criterio prudencial. Es decir, las orientaciones doctrinales y disciplinarias incluidas en las soluciones pueden ser aplicadas con prudencia por el sacerdote que se ha prestado a hacer el recurso, por analogía, en un ámbito más amplio, pero en ningún caso está permitido divulgar esas respuestas.


¿Tiene aún sentido un organismo como la Penitenciaría apostólica, dado que parece crear problemas en ámbito ecuménico?
Me resulta difícil comprender las razones y los motivos objetivos de esos presuntos problemas que crearía la Penitenciaría en ámbito ecuménico. Si se refieren al error historiográfico sobre el perdón, que desde la época del Renacimiento ciertamente no ha facilitado el correcto debate ecuménico, bastaría consultar la reciente y abundante documentación de insospechables estudiosos que demuestran con gran honradez la función de este dicasterio, que se considera la verdadera "fuente de gracia" y no busca intereses de ningún tipo.


¿Se presta atención al pecado según la sensibilidad ante las exigencias de la sociedad moderna o según referencias del tiempo pasado?
La referencia siempre es la violación de la alianza con Dios y con los hermanos, y las consecuencias sociales del pecado. Si en el pasado el pecado tenía principalmente una dimensión individualista, en la actualidad tiene un valor, una resonancia sobre todo social, más que individual, a causa del gran fenómeno de la globalización. En efecto, la atención al pecado se presenta más urgente hoy que en el pasado, precisamente por sus consecuencias, que son más amplias y más destructoras.


¿La Penitenciaría tiene utilidad todavía?
Sin duda. Creo que, en una época caracterizada por la imagen y la publicidad, en la que todo se hace público, un dicasterio como la Penitenciaría apostólica atento al mundo interior, en su vertiente más delicada y menos visible, en el marco articulado de la vida de la Iglesia es un instrumento muy valioso.


¿De qué cuestiones se ocupa principalmente la Penitenciaría?
Son aquellos delitos para los cuales, por su gravedad, la Santa Sede se reserva la absolución: la absolución del cómplice en un pecado contra el sexto mandamiento (cf. can. 1378); la profanación sacrílega del Santísimo Sacramento de la Eucaristía (cf. can. 1367); la violación directa del sigilo sacramental (cf. can. 1388, 1); la dispensa de irregularidad ad recipiendos Ordines contraída por aborto procurado (can. 1041, 4); y la dispensa de irregularidad ad exercendos Ordines (cf. can. 1044, 1).


¿Cómo interpreta la sorpresa que experimenta la opinión pública ante tantas situaciones de escándalo y de pecado en la Iglesia?
No se puede subestimar la gravedad objetiva de una serie de fenómenos que han sido denunciados recientemente y que muestran los signos de la fragilidad humana e institucional de la Iglesia. Con todo, al respecto, no se puede menos de constatar que la Iglesia, preocupada por el grave daño que se le ha infligido, ha reaccionado y sigue reaccionando con intervenciones rigurosas y con iniciativas encaminadas a proteger su imagen y a promover el bien del pueblo de Dios. Sin embargo, también es necesario denunciar el gran relieve que les proporcionan los medios de comunicación social, que, en el marco de la globalización, buscan desacreditar a la Iglesia.
A
veces la gente no comprende la indulgencia de la Iglesia y el perdón cristiano. ¿Por qué?
Hoy parece que la penitencia se ve como apertura de sí mismo al otro en la solución de problemas que se imponen a la atención en la dimensión social dentro de la cual se expresa su existencia, dando su contribución de aclaración, de apoyo a quienes atraviesan dificultades. Por consiguiente, la penitencia hoy se ve principalmente en su dimensión social, dado que las relaciones sociales se han debilitado y, a la vez, complicado a causa de la globalización.


¿Cuáles son los nuevos pecados?
Hay varias áreas dentro de las cuales hoy captamos actitudes pecaminosas con respecto a los derechos individuales y sociales. Ante todo, el área de la bioética, dentro de la cual no podemos menos de denunciar algunas violaciones de los derechos fundamentales de la naturaleza humana, mediante experimentos, manipulaciones genéticas, cuyos resultados es difícil vislumbrar y controlar.
Otra área, propiamente social, es la de la droga, a través de la cual se debilita la psique y se oscurece la inteligencia, dejando a muchos jóvenes fuera del circuito eclesial. También está el área de las desigualdades sociales y económicas: los más pobres se vuelven cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos, alimentando una injusticia social insostenible; y el área de la ecología, que hoy reviste un interés notable.


El recurso frecuente a las indulgencias, ¿no incentiva una mentalidad mágica con respecto a la culpa y a la pena?
Creo que, para no caer en esa visión peligrosa y falsa, es necesario ante todo conocer y comprender la recta doctrina de la práctica de las indulgencias, entendida por la Iglesia como expresión significativa de la misericordia de Dios, que sale al encuentro de sus hijos para ayudarles a satisfacer las penas debidas a sus pecados "pero también y sobre todo para impulsarlos a una caridad más ferviente". A la Iglesia la mueve, en primer lugar, el deseo de educar, más que en la repetición de fórmulas y prácticas, en el espíritu de oración y de penitencia, y en el ejercicio de las virtudes teologales.
La reforma realizada por el siervo de Dios Pablo VI con la constitución apostólica Indulgentiarum doctrina
, del 1 de enero de 1967, elimina en alguna medida lo que podía inducir a los fieles a una mentalidad mágica. Esa doctrina expone claramente los presupuestos teológicos de las indulgencias, se basa en la solidaridad que existe entre los hombres en Adán y en Cristo, en la comunión de los santos, en el tesoro de la Iglesia, que consiste en las expiaciones y en los méritos de Cristo, de la santísima Virgen María y de los santos, que están a disposición de los fieles. En efecto, es preciso poner de relieve que las indulgencias no pueden lucrarse sin una sincera conversión y sin la unión con Dios, a la que se añade el cumplimiento de las obras prescritas.


¿No le parece que las condiciones para lucrar la indulgencia son muy fáciles?
Si se piensa que, juntamente con las condiciones habitualmente impuestas -confesión sacramental en el marco de quince o veinte días antes o después, Comunión eucarística y oración según las intenciones del Santo Padre-, para lucrar la indulgencia se requiere un grado de pureza eminente y signos de ardiente caridad, cuya realización resulta difícil para nuestra fragilidad, entonces creo que no conviene subestimar lo establecido.


¿Hay pecados que la Penitenciaría no puede absolver?
La Penitenciaría es la longa manus del Papa en el ejercicio de la potestas clavium. Por tanto, para realizar las funciones que tiene asignadas en el fuero interno, posee todas las facultades necesarias, con la única excepción de las que el Sumo Pontífice ha declarado expresamente al cardenal penitenciario que quiere reservarse para sí mismo. Por consiguiente, puede realizar, en el ámbito del fuero interno, todos los actos de competencia de los restantes dicasterios de la Curia romana.


Sobre el aborto se tiene la sensación generalizada de que la Iglesia no se interesa por la difícil situación de las mujeres.
Me parece que esa preocupación no tiene en cuenta la actitud que, por el contrario, la Iglesia manifiesta sin cesar precisamente para salvaguardar y proteger la dignidad y los derechos de la mujer. En efecto, son numerosas las iniciativas que organismos católicos y movimientos eclesiales, con valiente e inteligente compromiso, no dejan de promover con el fin de contrarrestar las tendencias culturales y sociales actuales contra la mujer, ayudando de forma eficaz a las madres solteras, comprometiéndose en la educación de sus hijos, dados a luz de forma irreflexiva, y facilitando incluso la adopción.

sábado, 10 de mayo de 2008

Manual de la Imperfecta homilia. XI

11. LA HOMILÍA COMO DIALOGO

Se recomienda decir la homilía como un diálogo. Intervienen integristas y progresistas, ave María Purísima. Como música de fondo, el dúo de la Traviata.

Soy el rector del seminario. Lo digo como simple ficha de identificación. No me siento rey, ni torre, ni alfil, mucho menos caballo. La vida, este juego de ajedrez. Ayer vinieron los seminaristas a pedirme permiso de hacer una academia teológica con el título de “Progresistas vs. integristas”.

—Déjenme pensarlo. Les resuelvo mañana. Dudé de momento. Varias veces hemos hablado del tema del camino. Caminar con La Iglesia, ni antes ni después. El reloj en punto. Y para caminar hay que dejar un pie atrás y echar el otro hacia adelante. Los dos pies atrás, el inmovilismo. Los dos pies adelante, la caída. La Iglesia es piedra inmóvil, pero también nave

peregrina. Y entonces me acordé de mi seminario, tiempos de Pío XII. Cuando yo fui seminarista, nuestro maestro de teología organizó una escaramuza en que yo la hacía de ateo y Fernando Martínez de “teólogo”, con resultados desastrosos, pues por los nervios de Fernando triunfó el ateísmo. ¿No era lo mismo que pedían ahora los seminaristas?

—Bien, muchachos, pero no olviden la consigna agustiniana: “in necesariis unitas, in dubiis Libertas, et in omnibus caritas”.

Aquello fue un tiroteo de objeciones. Salieron a relucir el latín y el marxismo, el canto gregoriano y los diáconos casados, el incienso y Camilo Torres, la carta de la Virgen de Fátima y la teología de la liberación. Había sido un buen repaso de los documentos del Vaticano II. El público no perdió palabra, por la temperatura del tema desde luego, pero también por la forma dialogal.

¿Es la hornilla un monólogo o un diálogo? Suele ser monólogo tedioso, debiera ser diálogo vivaz.

Hablamos solos, en solitario, no importa que enfrente estén cuatrocientas personas. Se nos olvida que la homilía es una conversación en que las respuestas de uno de los interlocutores van sobreentendidas.

La desatención de los oyentes, la dispersión, la abulia, el desinterés, el aburrimiento, es claro que pueden provenir de diversas causas. La más segura siempre es imputable al predicador, que convierte la homilía en un “solo para flauta”, el aria para que se luzca el solista en lugar del compartido dúo de la Traviata. Homilía musicalmente expresada como “single” y no como polifonía. Una sorda voz que ni siquiera puede aspirar al eco.

Habla el predicador, habla y habla, y los rostros del auditorio gimen como un friso fatigado, un altorrelieve de ojos congelados y hieráticos. Ni un guiño, ni una vibración. El silencio de las almas. El vacío de la campana pneumática. Y cierto olor a naftalina.

Haga usted el experimento. Siéntese en misa cara al pueblo mientras el sacerdote predica, y observe las reacciones. Nadie asienta, nadie discrepa, nadie devuelve al orador una respuesta.

El predicador monopoliza la palabra sin dar oportunidad a que el auditorio, tratado como objeto y no como sujeto de la predicación, participe a su manera a través de un silencio empreñado de ideas, sentimientos, voces y gestos.

La homilía como diálogo supone tanto actitudes de alma como actitudes de lenguaje.

Actitudes del alma.

El diálogo es un encuentro de personas, el encuentro de un yo y un tú que produce el nosotros. ¿Considera el predicador a sus oyentes como personas, como prójimos y cristianos que merecen respeto, amor, simpatía, paciencia y comprensión?

El predicador no elige a sus oyentes, Dios elige a nuestro prójimo inmediato. El es quien primeramente merece nuestra atención y entrega. Quizá teniéndolo físicamente muy cerca, esté separado de nosotros por una muralla, un foso largo de desatenciones.

Respetar al auditorio significa no herirlo jamás con aires descorteses, reconvenciones humillantes o frases vulgares. Amarlo, como el maestro ama al discípulo, el padre al hijo, el hermano al hermano. Comprenderlo vale tanto como conocer sus problemas para ayudarlo a descubrir la verdad y la vida, sin confundir la comprensión con la complacencia. El verdadero amor pone el dedo en la haga; si lastima no es por lastimar sino por curar.

El sacerdote antes de predicar podría decir: “Vamos a platicar Dios, yo y mis hermanos”.

Actitudes de lenguaje

Junto a las virtudes que abren el alma para acoger a los oyentes, el predicador debe utilizar los recursos del estilo, los trucos del oficio oratorio para que su homilía evite la pesadez estática del monólogo egoísta y adquiera el dinamismo caliente de ese ir y venir del yo al tú, que supone el diálogo generoso. Por ejemplo:

1. Dirigirse con frecuencia al público para interrogarlo.

¿Quién de ustedes sabe qué es la resurrección de la carne? ¿Cuánto tiempo hace que no oras? ¿Alguno de ustedes leyó en el periódico las declaraciones del Papa? ¿Estás seguro de que tu fe es consciente? ¿Qué hiciste ayer sábado por tu prójimo?

Algunas veces bastará dejar la pregunta flotando en el aire para que cada cual se la responda; otras veces será preciso que el predicador la conteste. En cualquier caso, el arte de interrogar inquieta, espolea, activa al auditorio.

2. Prever las objeciones. Exponerlas y refutar- las.

Ya sé que los partidarios del divorcio no estarán de acuerdo con el matrimonio indisoluble... Tal vez ustedes piensen que son exageraciones, sin embargo... A mucha gente no le gustaría oír hablar del pecado, la palabra misma suena anticuada, pero...

3. Interpelar con tacto y delicadeza al auditorio.

El que esté limpio de culpa, que tire la primera piedra. Ay de ustedes hipócritas, que ven la paja en el ojo ajeno, pero no advierten la viga en el propio.

Si ustedes, padres de familia, se quejaran menos de sus hijos y les dieran mejor ejemplo...

4. Dirigirse al auditorio para que asuma responsabilidades y tome resoluciones concretas.

¿Por qué no empiezan desde hoy mismo a tomar en serio su vida en gracia? Esto que les pide Cristo, a ponerlo en práctica... Homilía que no desemboca en una conversión, en una toma de conciencia, en una realización de vida cristiana, será golpe al aire y bronce que resuena.

Un maestro italiano cuenta sus experiencias en una sala de cine atiborrada de niños. Sentado frente al público, observó las diversas reacciones de la chiquillería. Apenas había comenzado la película, ya se había entablado el diálogo. De aquel lado las imágenes; de este lado los niños, y entre uno y otro el flujo y reflujo de la conversación. Los niños respondían no sólo con el alma, sino con los ojos, el rostro, las manos, los pies, todos convertidos en respuestas, vibrando al ritmo del orador de la pantalla. ¿Y la homilía? Cuanto más dialogal sea, más viva, es decir, más cercana a la conversación de un hombre que habla humana y fraternalmente a otros hombres. Su palabra, transmisora de la Palabra, será más eficaz. Porque no se trata de hablar “a”, sino de hablar “con”.

Manual de la Imperfecta homilia. XXI

21. QUE PIENSA LA GENTE DE NUESTRAS HOMILIAS

En que llegan a juicio final las homilías. Dies irae, dies illa. La parusía entra a escena. Y las trompetas apocalípticas. Dios nos tenga de su mano.

Tres presbíteros de la santa madre Iglesia, auxiliados por otros tantos beneméritos laicos, se dieron a la tarea semiolímpica de enviar seis centenares de cartas, contestación pagada, para una especie de encuesta, test o cardiograma en que el futurible corresponsal contestara, libre de cualquier inhibición, una sola pregunta: Cuál es la peor homilía que usted ha escuchado en su vida.

Se seleccionaron los encuestados tal como mandan los cánones, de diversa región, edad y profesión, sin que faltaran unos cuantos predicadores, que son los que menos escuchan-la palabra de Dios como que tienen que anunciarla. Igual que las campanas de la torre, llaman a misa pero jamás entran a oírla. No se puede repicar y andar en la procesión.

Fue inútil que los amigos presionáramos para que se publicara en libro el resultado de la encuesta. Tienen ustedes asegurado el éxito. El libro servirá más que cualquier manual engorroso sobre el tema. No se decidieron. Pero en un gesto de inusitada generosidad, facilitaron el material para resumir aquí, así sea en dosis homeopática, lo que la gente piensa y comenta con los vecinos acerca de la homilía dominical. La peor que un cristiano ha oído jamás en su azarosa vida.

Nota bene. Se suprime el nombre del predicador por estrictas razones de humildad, no vaya a tener tentaciones luciferinas de orgullo, alabado sea Dios; pero no pierde sus derechos de autor. Lo hablado, hablado queda. Cualquier semejanza presumible con algún predicador que usted conozca, debe imputarse exclusivamente a la casualidad, que es madre de muchas contingencias y una que otra jaqueca.

Encuesta 8. María Guadalupe García de Lozano. Casada, 32 años de edad, trabajos de hogar, vivo en Guadalajara. Un tiempo pertenecí a la Acción Católica, la abandoné desde que tuve gemelos.

“¿La peor homilía que he oído en mi vida? Es muy difícil contestar, pues he oído varias que son peores. Ahora me acuerdo de una que tengo muy grabada. Tal vez porque el evangelio de ese domingo trataba sobre las bodas de Caná, el padre habló del control de natalidad. Un tema que a mí en lo personal me interesa mucho, también a mi marido. Por más que puse atención, no entendí nada, el sermón fue muy elevado, cómo dijera yo, no estaba al alcance de la gente. El padre hacía distinciones muy sutiles entre conciencia errónea y conciencia perpleja, terapia curativa y terapia preventiva, teoría de Ogino y teoría de Knaus, causas de un solo efecto y causas de doble efecto. El padre ha de ser muy sabio, cómo no, y uno tan ignorante. ¿No habrá un lenguaje popular que traduzca para todos el mensaje de la Biblia y la doctrina del magisterio de la Iglesia? De otra manera las encíclicas no nos llegan, se detienen en estacionamientos exclusivos. Perdonen ustedes esta respuesta tan mal hilvanada…

Encuesta 65. Fidel Guevara, alias el Chu-en Lai, 20 años, estudiante universitario, carrera de Ciencias políticas y sociales. Vivo en la Ciudad de México.

“¿Homilías? ¿Con qué se come? Hace años no oigo las prédicas de los curas. Se la pasan hablando del otro mundo como si no existiera éste. Del infierno de allá, pero jamás aluden al infierno de aquí, las guerras, el hambre, el desempleo, la injusticia. Mucho Dios y poco prójimo. Mucha fe y pocas obras. Me gustaría que...” (Censurado).

Encuesta 133. Sor María Encarnación de la Transfiguración del Señor, en el mundo Petra Castillo, religiosa de votos perpetuos, 77 años, convento de San Luis Potosí.

“Dios bendiga a sus reverencias por largos años. Obtenido el permiso de nuestra reverenda madre, paso a decirles que a mí me gustan todas las homilías, con espíritu de fe hay que oír la palabra de Dios y no buscar las vanidades de la sabiduría de este mundo.

Yo creo que la peor homilía sería aquella que no estuviera inflamada en el amor de Dios, sin espíritu sobrenatural; pero no creo que existan esas homilías. No me imagino a un sacerdote predicando sin un alma humilde, pura y encendida como la de nuestra Madre Santa Teresa traspasada por el serafín. Indigna hija que a vuestras fervorosas oraciones se encomienda”.

Encuesta 197. Juan Francisco Garza y Garza, médico, 52 años, vivo en Monterrey.

“La peor, la escucho cada domingo en mi parroquia. El padre no dice nada, lo que se dice nada (non ens seu negatio entis), porque quiere decir mucho, y el que mucho abarca poco aprieta, y el que quiere la col quiere las hojas de alrededor. El domingo pasado rozó diez temas, uno por minuto, sin que fallara el tema de la unción de los enfermos. Es un apóstol de la unción de los enfermos. El pobre es reumático, artrítico y esclerótico. Doy fe, soy su médico de cabecera”.

Encuesta 224. Oscar Anzaldo, 18 años, futbolista, campeón de natación en la rama juvenil, vivo en Acapulco.

“Telégrafos Nacionales de México. Peor homilía, la larga. Saludos.”

Encuesta 310. Señorita Blanca Flores, de 56 años, soltera por convicción, doy clases de bordado, vivo en León.

“Con todo gusto me permito decirles que no estoy de acuerdo en la encuesta que ustedes promueven, pues dan por hecho que hay homilías peores, cuando que todas son muy bonitas. Y como para muestra basta un botón, aquí acompaño una copia del sermón que predicó el padre prior (léase prior) a mi sobrina el día que ella cumplió quince años.

‘Carísima hija. Allá cuando los rosicleres de la aurora despuntaban en un mar de nubes multicolores, viniste tú a esta tierra lóbrega y sombría como un rayo de luz que dispara las horrísonas tinieblas. Dios en su infinita misericordia, insuflándote un alma inmortal, hízote a su imagen y semejanza como por boca del Espíritu Santo confiesa el Génesis. El gran Agustín de Hipona asienta que la creación de un alma es obra deífica superior a la creación de los astros, (ni comida sin tocino, ni sermón sin Agustino). Ahora llegas a la cumbre bañada por el sol incandescente de la juventud con un alma pura e inmaculada cual gota temblorosa de rocío para salir de este sagrado recinto entonando al Creador cánticos mil y mil de acción de gracias’. (La sobrina, vestido de organza y escote en y, salió del sagrado recinto directamente al Salón Fiesta Palace donde la gota de rocío inició el baile amenizado por dos orquestas de la localidad)”.

Encuesta 348. Pedro Páramo, sacerdote, 31 años, profesor de Teología Dogmática en el seminario. Vivo en la blanca Mérida.

“La peor homilía es la que acusa imprecisión teológica por falta de estudio y actualización. En muchas homilías, este servidor ha escuchado incorrecciones no precisamente por exceso, sino por defecto, originadas por la rutina más bien que por la audacia. No es Catecismo Holandés o los teólogos de avanzada quienes pesan sobre estos sermones, sino los más antiguos enfoques moralizantes y pesimistas. No se trata de avances excesivos, sino de conformismo. El dato es grave, porque es de esa predicación rutinaria y anquilosada de la que la mayoría del pueblo de Dios únicamente se alimenta. El peligro no es que estemos ya en el siglo XXI, sino que aún estamos en el XIX”.

Encuesta 415. Romualdo Ovalle, 23 años, diácono, estudio en el seminario de Tula.

“Interesadísimo por la encuesta que ustedes realizan, pues aquí en nuestro seminario hemos hecho algo parecido grabando veinticinco homilías que posteriormente analizamos. A mí me tocó entresacar las frases ingenuas, débiles, chuscas, quizá insostenibles. Por ejemplo.

“Dios nos manda a este mundo para que suframos. El pecado deforma el alma haciéndola más o menos participante del demonio. Las mujeres también son hombres como nosotros. Las cosas de este mundo no valen nada. Recemos por los difuntos, especialmente por éste que nos acompaña. O sea, que practiquemos la justicia auténtica, no sólo dar a cada uno lo que es suyo, sino no robar nada a nadie, dijo el apóstol San Pablo. El papa también es un pecador. Si no estuviéramos bautizados, ¿cómo andaríamos?

Encuesta 476. Roberto Rebolloso y Zárate. Edad: media. Ocupación: canónigo de la Santa Iglesia Catedral de la Puebla de los Ángeles.

“Ami humilde juicio, la peor homilía es la que no interesa a nadie, la que no parte ni se nutre de la Biblia, la que no relaciona la palabra de Dios con la vida del hombre, la que no da una visión de la fe como compromiso dinámico y operante. Por ahí se dice que la predicación peca de temporalismo, la realidad es que en la mayoría de los casos es un espiritualismo desencarnado lo que predomina. Volver a la Biblia, vivirla y hacerla vivir”.

Encuesta 552. Salvador y Dolores Villalpando, del Movimiento Familiar Cristiano de Zacatecas.

“Lo que a nosotros nos inquieta es otra cosa. ¿Cuántas homilías se dicen en México cada domingo? ¿Y en el mundo? Torrentes. ¿No se estará desperdiciando tanta fuerza?

Si se lograra una seria renovación de las homilías, se lograría en consecuencia la renovación de la fe querida por el Concilio y el Santo Padre.

Conseguir que los trescientos mil sacerdotes tomen en serio a sus fieles y la palabra de Dios, y que los tomen en serio todos los domingos de su vida, ésta sí que es una gran tarea para la Iglesia. A lo mejor, se ha trabajado muy poco en ella”.

Encuesta 600.

—Estimado amigo Joaquín Antonio Peñalosa. Como sabemos que usted está preparando un libro con el título “Manual de la imperfecta homilía” o “Cómo predicar mal”, le suplicamos a la mayor brevedad posible que nos diga su real parecer sobre la peor homilía que usted ha oído.

—Con todo gusto. La oí ayer mismo y yo mismo la prediqué. Como me oí bastante bien, por eso me oí bastante mal. Pero como aún no escribía yo este librillo, no había podido leerlo ni mucho menos ponerlo en práctica. No es lo mismo hablar de toros que estar en el redondel. Así Dios nos ayude y estos santos evangelios. Me repito de ustedes su atento y seguro servidor que más desea verlos que escribirles...

Manual de la Imperfecta homilia. XX

20. PARA HOMILIAS, LAS DE JESUS

1. Anuncia siempre la verdad sin importarle las consecuencias. “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6). “Mi misión consiste en ser testigo de la verdad. Para eso nací y vine al mundo; todo el que está por la verdad me escucha”, contesta rotundamente a Pilatos (Jn 18, 37). “La verdad los hará libres” (Jn 8, 32).

2. Habla con autoridad y segundad, con fervor y entusiasmo. Deja siempre una idea constructiva, positiva y optimista.

3. No habla con teorías y conceptos abstractos, sino con mensajes concretos para receptores concretos.

4. Su predicación es realista. Habla de las experiencias de la vida cotidiana de sus oyentes, del ambiente en que están inmersos:

- el mundo vegetal: lirios, higueras, espinos, árboles de mostaza, semillas, tierra buena para sembrar; el mundo zoológico de 32 animales de tierra, aire y agua que fueron los más conocidos del pueblo, a partir de la oveja que fue el animal predilecto del Señor. Luego la gallina con pollos, el cordero, el asno, el camello, la paloma, la cabra, la serpiente, el cerdo, los mosquitos, el perro, la polilla, el lobo, el buey, los pájaros voraces, los peces fosforescentes, rubíes del lago, color de semáforo;

- el mundo del hogar: casa, puerta, techo, padre de familia, hijos buenos y malos, amigos que llegan de noche pidiendo de cenar, la alegría de la boda, muchachas con lámparas encendidas, la mujer desmemoriada que pierde la valiosa moneda, o el alimento usual de pan, vino, huevo, pescado;

- el pequeño mundo de los oficios: pastores, sembradores, ganaderos, comerciantes, pescadores, amas de casa.

5. Llama a los seres por su nombre, sin eufemismos: prostitutas, hipócritas, sepulcros blanqueados, raza de víboras. A Herodes le dice “zorro” que, en el caló popular, significaba “ser un don nadie”.

6. Desmitologiza el lenguaje. Ya no dice Yahvé sino que se dirige al Padre con el delicioso nombre arameo de Abba, que no se traduce precisamente padre; sino en cariñoso diminuto de padrecito, papá, papi.

7. Utiliza el lenguaje del pueblo, pero sin caer jamás en vulgaridad.

8. Para despertar la atención y curiosidad de los oyentes, y para hacerlos pensar, lanza preguntas. “,Qué dice la gente que soy yo?” (Le 15, 4). “¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas, no deja las noventa y nueve en el campo para buscar a la que se perdió?” (Le 15, 3-7). “¿A qué se asemeja esta generación?” (Le 7, 31). (Resulta que hoy los técnicos de comunicación y los maestros de escuela están descubriendo que la interrogación es excelente recurso pedagógico y oratorio).

9. Para que su enseñanza sea más fácilmente captada, Jesús utiliza estas cuatro técnicas:

- la metáfora, identificación de dos seres. “Ustedes son la luz, la sal” (Mt 5, 13). “Tú eres piedra” (Mt 16, 18);

- los símiles o comparaciones y semejanzas entre dos seres, por asociación de ideas. “Los envío como ovejas en medio de lobos” (Mt 10, 16). Compara el reino de los cielos a una semilla, a una red, a una perla (Mc 4, 30);

- la parábola, breve narración de un suceso fingido del que se deduce, por semejanza o comparación, una verdad importante o una enseñanza moral, con lo que el orador excita la atención y curiosidad de los oyentes. “No les hablaba sino en parábolas” (Mc 4, 34). Son unas cincuenta las que recoge el evangelio, entre las que brilla la del hijo pródigo, como una joya de la literatura universal;

- los refranes, dichos o proverbios. Frases de pocas palabras con un fondo de sabiduría popular y de sentido común. El refrán es la filosofía del pueblo. Jesús acuñó no menos de 130 refranes en su predicación, muchos de los cuales han pasado al patrimonio general. “No sólo de pan vive el hombre” (Mt 4, 4). “Si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán” (Mt 15, 14). “Pidan y se les dará” (Mt 7, 7). “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 21).

10. No discrimina a sus oyentes heterogéneos en edad, cultura y condición social. Todos son dignos de recibir su mensaje y expresar su opinión. Cualquiera puede interrogarlo y aun interpelarlo. Su oratoria es monólogo y diálogo.

11. Trata afectuosamente a quien lo escucha. Son amigos, hijos, hermanos. Pero cuando es preciso, salta y quema la energía y la ira santa.

12. No le interesa halagar al público y buscar su aplauso; sino que más bien lo problematiza, lo enfrenta consigo mismo y con la verdad. (Ay, aquella dulce mujer del pueblo no pudo contener el entusiasmo al oír hablar a Jesús, cuando le gritó el piropo más sensible: “Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron” (Le 11, 27).

13. No impone su doctrina. Respeta la humana libertad. Deja que sus oyentes decidan: “Quien quiera oír, que oiga” (Mc 4, 23).

14. Respalda sus palabras con hechos, la coherencia perfecta entre el mensaje y la vida. Por eso el libro de los Hechos de los Apóstoles afirma que Jesús primero hizo y después dijo (1, 1).

La lectura y la meditación del evangelio es una lección magistral de homilética.

Manual de la Imperfecta homilia. XIX

19. HOMILIA EN LOS SEMINARIOS

Donde se lanza la peregrina idea de crear en los seminarios postconciliares un Taller de Predicación. Se argumenta con el ejemplo del pianista, el nadador y el ahogado. Pobre hombre.

Hace veinticuatro horas Antonio recibió la unción sacerdotal. Se le miran cuernos de luz. Aire de pinos de la cumbre. Huele a Tabor, pan fresco del Cenáculo. La tempestad de besos caídos al cuenco de las manos. Padre. El riguroso estreno de la paternidad. Hace veinticuatro horas. Y ya tiene que predicar la primera homilía. Aún no baja de la montaña, esperen ustedes un poco a que termine el éxtasis, que se cambie la túnica incendiada, que se sacuda las estrellas, déjenlo que digiera la transfiguración.

Primer domingo de sacerdote, predicar tres homilías. Y el lunes, el miércoles, el sábado. Y así serán todas tus semanas, todos tus meses, todos tus años. Padre Antonio, para eso te ordenaste sacerdote. Hablar, hablar siempre en un chorro sin tregua. Profesionista de la Palabra. A tiempo completo.

Tu agenda se llenará del mismo compromiso. Escribe, por favor. Conferencia en... para jóvenes el día... Charla por radio a las... Plática para obreros. Homilía en misa de niños. Un cursillo sobre... Sermón en la catedral. Palabras en la boda de... Homilía en la Concelebración que tendrá lugar...

La agenda atiborrada. Hablar cinco años, doce, treinta y seis, hasta el límite, hasta que caiga el telón. No creías que fuera tanto, padre Antonio. Y no es tanto lo duro cuanto lo tupido.

Un día que el filósofo Hegel paseaba en un coche de caballos, le preguntó al cochero qué pensaba él que fueran las ideas.

“Señor, respondió el cochero, yo creo que las ideas son unas cosas que se nos meten en la cabeza”. Y dijo Hegel: “¿No cree usted más bien que son rimas cosas que nos salen de la cabeza?”

Tú entendías, padre Antonio, que el seminario es el tiempo en que unas cosas se nos meten a la cabeza; y el sacerdocio, el tiempo en que nos salen. Estudiaste trece años. Cursos, cursillos, lecturas, meditaciones. Traes abundante munición en la cartuchera. Te llenaron de doctrina y de espíritu, qué bueno. Sabes qué vas a decir, pero quizá no sabes cómo decirlo. Y el buen cazador se conoce en el disparo. Ay, en el seminario apenas te ejercitaron en el tiro al blanco.

Había que estudiar las procesiones de

Manual de la Imperfecta homilia. XVIII

18. ACUPUNTURA HOMILETICA

Tal es el nombre del libro de W. Jetter “Homiletische Akupunktur” (Góttíngen, Alemania, 1976). Reproducimos algunas de las dos mil “agujas” que el autor dedica a las iglesias protestantes; pero que a todos pueden servir.

• LA HOMILIA

-— El que habla en público está expuesto a la contradicción. A veces los que contradicen son los oyentes. A veces, el Espíritu Santo.

-— Muchos sermones dejan la impresión de si valía la pena haberlos dicho.

-— Algunos dicen que la predicación es el opio del pueblo, como la religión. Pero es un opio que no crea adictos.

--— Si a la homilía no se le pide lo que no puede dar, es más fácil aceptarla.

-— Ya las antiguas teorías sobre la predicación decían que de un sermón se puede salir caliente, frío o tibio.

-— Las nuevas teorías de homilética dicen lo mismo, pero más científicamente, con números y estadísticas y razones profundas.

-— Es mucho más fácil criticar un sermón que hacer un buen sermón.

LA PREPARACION DE LA HOMILIA

-— Si el predicador no toma en serio la homilía, los oyentes suelen hacer lo mismo.

-— Muchos predicadores, mientras meditan y se preparan, piensan más en su sermón que en sus oyentes.

-— Los predicadores suelen estar a la caza de subsidios nuevos. Pero pocos acuden a escuchar a sus colegas. Y si van, es para ver lo mal que lo hacen.

-— Los sermones preparados con subsidios de ayer tienen fácil arreglo. Se pone la palabra “hoy” y ya está.

-— El que posee dos carreras y dos títulos, no necesariamente está por eso doblemente formado.

-— No por decir la última novedad se dice algo mejor.

-— No siempre lo último es lo mejor. A veces lo penúltimo es lo más válido.

-— Pero el que por seguridad siempre dice lo mismo, corre el peligro de alimentar a sus oyentes con conservas.

- Si el predicador no sabe lo que quiere y cómo lo puede conseguir, no llegará muy lejos.

- El que quiere siempre todo o nada, suele conseguir poco. Hay que contentarse con algo, y a menudo, con poco.

• ACTITUDES DE LOS OYENTES

-— No todo lo que gusta al predicador gusta también a los oyentes.

-— Los más buscan en un sermón lo que ya tienen.

-— Algunos evitan los sermones porque no dicen nada. Otros, porque dicen demasiado.

-— Los que prefieren sermones “edificantes”, quedan muy satisfechos cuando escuchan uno que lo es. Pero si resulta ser un sermón “progresista”, se reafirman en su opinión anterior.

-— Los que prefieren sermones “progresistas”, quedan muy satisfechos cuando escuchan uno que lo es. Pero si resulta ser un sermón “edificante” no por eso cambian de opinión: se reafirman en su gusto anterior.

- El que quiere permanecer como es, quiere que también la teología y la homilía permanezcan como son. Así puede estar más seguro.

LA HOMILTA Y EL TEXTO BIBLICO

-— Hay sermones en que el texto evangélico se esconde detrás de la explicación y no hay por dónde adivinar qué texto es.

-— La elección del texto suele depender del tema que el predicador quiere explicar. Y el texto no suele influir gran cosa en la homilía.,

-— El que tiene interés en hablar de un tema, medita tanto que al final el texto se adapta al tema.

-— El mejor texto no logra impedir que se digan de él cosas horrendas.

-— Sobre el mismo texto se oyen sermones tan distintos, que parecen sobre textos distintos.

-— A veces se empieza soñando con las fuentes del Jordán y al final se va a parar al Mar Muerto.

--— El texto bíblico sirve para todo.

-— El mejor modo de leer un texto es ponerse en la parte de los oyentes.

-— Algunos predican en dirección contraria al texto elegido.

-— El que predica contra un texto suele tener en la cabeza otro texto. Sería mejor que comentara éste otro.

-— El que no toma en serio el texto evangélico, tampoco toma en serio a sus oyentes.

-— A veces la Biblia habla mucho más claro que los predicadores que quieren explicarla.

-— Lo que el texto quiere decir y lo que el predicador quiere decir no siempre coinciden.

-— La exégesis vale para todo. Se puede meter en el texto lo que luego se quiere sacar de él.

-— Dijo el predicador: “lo que yo os digo no vale nada; lo que os dice el evangelio lo es todo”; pero si eso lo afirman sus oyentes, no le hace ninguna gracia.

• EL MODO DE PREDICAR

- No es bueno que lo único fuerte del sermón esté en el micrófono.

- No por mucho gritar se convence más al auditorio.

- Demóstenes ejercitaba su oratoria en la playa. Los cantores ejercitan su voz ante el espejo. Algunos predicadores lo único que ejercitan es la paciencia de los oyentes.

-— El peligro mayor de los predicadores es la melancolía.

-— La homilética debería admitir a su lado a la antihomilética.

-— La crítica contra la homilética ha producido muchas teorías, pero no una mejor predicación.

-— Ya Lucas habló de las dos al hablar de las dos hermanas de Betania: el que predica, a pesar de todo, es como María; el que se afana por teorías y críticas, es como Marta; y María escogió la mejor parte.

-— Las frases ingeniosas gustan mucho. Pero cansan pronto.

-— Si hay mucho ingenio, brilla más el predicador que el evangelio.

-— También sin palabras difíciles se puede decir algo.

-— No por llamar “perícopa” al pasaje en cuestión, se hace uno entender mejor.

-— Apostrofar al público en el sermón, es un género muy antiguo en la historia. Ya Juan el Bautista lo hizo. Los fariseos le escuchaban con gusto, cuando reprochaba al pueblo. El pueblo, cuando apostrofaba a los fariseos. Hasta Herodes le escuchaba con gusto. Sólo Herodías no encontraba satisfacción en esta clase de sermones.

-— La ironía es mala compañera de la homilía. Sólo vale cuando se hace con amor y cuando la ironía es irénica.

-— Si se tarda mucho en los prolegómenos del sermón, se cansan los oyentes antes de llegar a la sustancia.

-— Al éxito de un buen sermón pertenece el acabarlo a tiempo.

-— Cuando el sermón es demasiado largo, lo único que se consigue aumentar es el aburrimiento.

Manual de la Imperfecta homilia. XVII

17. NUESTRO ALIADO EL MICROFONO

De cómo el Evangelio encontró un fiel aliado en el micrófono. Salen a colación el anís y la menta con fondo de mandolinas y trompos chilladores. Se recomienda cuidarse de una pulmonía doble.

¿A quién de ustedes se le ocurre cuál es la más inútil de todas las homilías, la homilía que sale sobrando, la más frustrada de todas las frustradas que pueda concebirse? Indudablemente la que no se oye.

Así la prepares con la Biblia de Jerusalén en una mano y todo el Vaticano Segundo en la otra. Así estés con un corazón traspasado por fuego de serafines como Teresa de Ávila y labios que un carbón encendido dejó más puros que los de Isaías. Calculo mundasti ignito. Así el templo reviente de una feligresía golosa de nutrirse con el pan de la Palabra. Homilía inaudible, homilía inexistente.

Igual que si estuvieras hablando por teléfono, rotos los cables de la comunicación.

Yo me pregunto qué harían los pobres predicadores de fin de siglo, para no caminar tan lejos, en aquellas catedrales superlativas de metros cúbicos, basílicas desmesuradas, parroquias con aire de coloso, sin más recursos que el débil fuelle de los pulmones, el tornavoz que a manera de solideo más bien ornamental que funcional coronaba los púlpitos, alguna pastilla de olor que el farmacéutico recomendaba chupar minutos antes de entrar al combate, tal vez unas gárgaras previas de clorato, agua tibia en ayunas para abrir el pecho, una cucharada de miel de abejas que limpiara la garganta, una copita de anís, tal vez le haga provecho a Su Paternidad, el jerez quinado, la menta evita las irritaciones, pero cuando baje usted del púlpito abríguese muy bien, cuidado con las corrientes de aire, reclúyase en sus habitaciones privadas hasta que se enfríe y deje de sudar. De la homilía a la pulmonía sólo había un paso.

Quién pudiera decir las innumerables afecciones de las vías respiratorias que tuvieron que padecer los heraldos del Evangelio de aquellos heroicos tiempos, sólo porque aún no se inventaba el micrófono.

Muchos fieles cristianos se abstenían de asistir al mismísimo sermón de las Tres Caídas, las Siete Palabras y el enlutado Pésame no por falta de piedad, que les sobraba, sino para qué vamos, no se le oye al padre.

El grito era entonces el estado normal del orador. No le quedaba otra. La predicación debía sonar a pregón o no sonaba. Los fieles que acudían por ver si acaso escuchaban algo, tenían que ser rendidos a esfuerzo de trompetas, como las murallas de Jericó.

Pequeño de nombre y de tamaño, surgió el micrófono para aliviar al predicador y favorecer a los oyentes. La electrónica, in medio ecclesiae aperuit os eius. Sí, en medio de la iglesia abrió su boca.

No hacía falta ya el fuelle toral de los pulmones, el timbre privilegiado de Mario Lanza, la impostación de voz según Plácido Domingo, las lengüetas de los órganos tubulares, el sonoro rugir del cañón. Basta una pastilla electrónica, un cable, un enchufe y girar un botón. O tener un micrófono inalámbrico.

Pero la cosa no es tan automática como parece. Desde luego, se precisa dotar al templo de un buen equipo de sonido, sin que interfiera ni la autosuficiencia del rector del templo incapaz de recurrir a expertos en sonido, ni la tacañería o ahorro mal entendido, ya que está de por medio no sólo la eficacia del anuncio profético, sino su existencia misma. Fides ex auditu. Lo primero es oír. Oír con los oídos de carne para poder oír con los del espíritu.

Los templos de antaño, sordos de nacimiento en su mayoría, a veces no responden ni con un buen equipo de sonido, porque carecen de aquellas condiciones necesarias en la disposición y materiales de construcción que favorezcan una acústica aceptable.

Quienes hoy construyen templos, sería imperdonable que no estudiaran a fondo las diversas funciones humanas que es preciso satisfacer: iluminación, ventilación, acústica y tránsito. Tanto más que la técnica cuenta con una serie de elementos que evitan los ecos, la reverberación, el rebote, la distorsión de los sonidos.

Supongamos que el templo cuenta ya con un buen equipo: micrófonos de sensibilidad exquisita, amplificadores que trasmiten un suspiro con la limpidez de una sonrisa, bocinas distribuidas en lugares y alturas precisas de suerte que se abarquen las diversas áreas del sagrado recinto. Concluida esta primera estrategia de la técnica, debe comenzar la otra que queda no en manos sino en labios del predicador.

El micrófono expulsa lo que el predicador le inyecta, de la misma manera que regresa de Salamanca el que a Salamanca fue.

De nada sirve un buen micrófono delante de un mal voceador.

Son muchos los que creen que el micrófono actúa ex opere operato, como si fuera el aparato y no el profeta el que produce la fuerza, la nitidez, la variedad de tonos, el colorido, la música, la emoción de la voz.

Andan por ahí cantantes y baladistas de radio y televisión cuya voz nada tiene de misteriosa y cautivante, sólo que saben usar el micrófono, situarlo a la altura y distancia conveniente, retirarlo o acercarlo para producir a discreción el pianissimo, el forte, el ralentando, el pizzicato, el molto vivace.

Sucede que en los seminarios mayores, tan congestionados de altas y profundas disciplinas, el plan de estudios no logró encontrar a lo largo de cuatro, cinco años, ni una triste media hora para que los alumnos aprendieran el arte de empuñar con tino el micrófono, un poco causa instrumental de su futura predicación.

El uso del micrófono no es asunto exclusivo de la técnica, sino sobre todo del propio orador. Cuando el orador no sabe usarlo, añade un nuevo obstáculo a la comunicación con su público.

¿Querían ustedes algunas reglas prácticas para el buen empleo del micrófono a la hora la homilía?

1. Antes de empezar la misa, prueba el micrófono. El rector del templo te dirá con un optimismo digno de la Constitución PastoralGaudium et Spes”, que el aparato es una maravilla y que logró adquirirlo con qué sacrificios de protomártir. No lo dudes.

Pero el volumen y el tono debe estar graduado a tu voz, no a la de los sacerdotes que te precedieron en el ambón y ahora descansan de sus fatigas. Así evitarás sorpresas desagradables, ajustes de última hora, molestas interrupciones en el momento mismo en que, movido por la inspiración y la gracia, estés proclamando las grandezas del Señor.

2. Si el micrófono funciona mal, si de pronto estalla en una cascada de chillidos zoológicos, no vaciles en prescindir de él. Más vale que con un poco de esfuerzo te oigan algunos, a que con un mucho de ruido nadie te escuche.

3. Si se trata de un micrófono de pie, que es el más inadecuado para la predicación, colócalo a la altura de la boca. Por dos motivos, para que la voz salga directa y para que la gente pueda verte. La elocuencia de la palabra aumenta su caudal con la elocuencia del rostro. Hay por ahí un padrecito que suele colocarse el micrófono al nivel de las cejas, con lo que los fieles tienen la impresión de que los labios miran y los ojos hablan.

No faltan los fogosos que se olvidan de estar frente a un micrófono estático, se mueven de izquierda a derecha, retroceden, avanzan, giran como trompos chilladores a fuerza de la unción apostólica; pero al quedar fuera de foco se oye solamente el silencio. Por todo lo cual esta secretaría a mi cargo recomienda por más funcional y oratorio el micrófono colgante, el que pende de un hilo al cuello en vez del micrófono de pie.

4. Siempre existe una distancia óptima entre la boca y el micrófono. Descúbrela oyéndote a ti mismo y viendo al auditorio por si revela o no estar escuchando lo que dices. Una vez descubierta esta distancia, que depende tanto de tu voz como de la sensibilidad del micrófono, consérvala a lo largo de la homilía y la misa.

5. Cada micrófono es diverso y cada voz. En cualquier caso, siempre debes hablar fuerte. Nada te excusa del esfuerzo, ni una buena voz ni un buen micrófono. Hablar fuerte no es gritar.

6. Las voces privilegiadas que mejor se filtran por el micrófono y llegan al público transparentes y netas, son las voces del niño, la mujer y el tenor. No te aflijas si careces del carisma de la flauta y la mandolina. Si tu voz anda en fila con la del barítono y el bajo, trata de hablar en un tono más elevado que el de costumbre. De suerte que si sueles platicar en un tono equivalente al re, trata de predicar en mi. En mi sostenido mayor, se entiende.

7. Sale sobrando recomendar, por ejemplo, que no llegues al altar soplando sobre el micrófono a ver si suena, ni envíes, amplificados por la electrónica, estornudos y carrasperas en época de resfriado, ni mucho menos provoques la risa general haciendo apartes y reflexiones en voz baja como si nadie te oyera.

Recuerdo a un señor cura regordete y mofletudo cual ángel de Murillo, que interrumpió su exégesis a la segunda lectura tomada de la Carta a los Efesios, para susurrar al oído del acólito: Ve a ver si ya me inflaron la llanta. Y aquel famoso pico de oro que, después de tres períodos magníficos, se despachó este comentario: Ah diantres, qué calor hace.