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sábado, 10 de mayo de 2008

Manual de la Imperfecta homilia. XVI

16. EL AUDITORIO

Sobre la necesidad de que el predicador conozca a su auditorio en close-up y alta fidelidad. Recurra a Rayos X y a Tomología. En casos de duda, consúltese la receta de la corrida de toros.

Cómo no. La homilía es mucho más fácil, porque no hay ninguna fácil, si se predica a grupos homogéneos. La homilía del convento, donde el Jardinero del domingo de pascua cortó las flores con las mismas tijeras, todas santas mujeres, instaladas en las moradas séptimas o a punto de instalarse. La homilía de la misa de los niños, una misa con sabor a patio de recreo, caramelos en la boca, alguna muñeca muy católica cumpliendo la obligación dominical, delicioso y bullanguero volantín de fiesta. La homilía del seminario, concierto de cámara, los corazones al unísono. La homilía de la misa de la juventud, coincidencia de ideales y problemas. A toda ley la homogeneidad del auditorio. Pero...

El sacerdote no puede ni debe seleccionar a sus oyentes. Al templo, como que es redil, entran las ovejas que quieren y cuando quieren, como Pedro por su casa. Bienvenidas sean todas las ovejas. Blancas y negras. Mansas o broncas. Cojas o aceleradas. Recién nacidas o recién envejecidas. Lanudas o trasquiladas. Fieles o pródigas. Yo soy el buen pastor, ¿conozco a mis ovejas?

Quienes asisten a la misa y a la homilía dominical forman ordinariamente un público heterogéneo y polícromo. Nuevo Pentecostés que congrega a toda raza, lengua y nación. Los siete colores del arco iris. El tutti frutti en su apogeo.

Representados están los sexos, con el habitual superávit femenino. Presente y erguida la pirámide de edades, desde la ancha base de explosivos lactantes y menores de edad hasta la delgada cúspide de septuagenarios artríticos y bienaventurados. Sentados, codo con codo, el campesino analfabeto y la secretaria trilingüe, el obrero textil y el capitán de empresas, el semi-católico peso pluma y el catoliquísimo peso completo, el adúltero del sábado y el justo de todos los días, el conservador del Concilio de Efeso y el progresista del Vaticano IV. Rico muestrario de sexos, edades, profesiones, culturas, ideologías políticas, estamentos sociales, apartados religiosos. In domo Patris mei mansiones multae sunt.

¿A quién predicar? ¿A una parte de la asamblea o a toda la asamblea? Y en tal caso ¿adoptar una cierta neutralidad que más o menos cubra a todos y a ninguno?

No es el auditorio el que tiene que adaptarse al orador, sino el orador al auditorio. Igual que el buen torero, lidia cuanto sale por la puerta de toriles, un manso o un peligroso, venga lo que viniere. Cada toro, su faena. Cada auditorio, su homilía. Sin fórmulas prefabricadas ni esquemas estáticos.

El mismo tema, pero el tratamiento diferente. Siempre la misma voz, siempre distinta la tonada.

Predicadores hay que predican para sí mismos, hablan de lo que quieren y como quieren, cual si no existiera el auditorio. Otros parecen dirigirse a una porción escogida de quienes están en misa, el grupo selecto y avispado, de suerte que ante homilía tan clasista unos entienden todo y otros no pescan nada, unos se fijan y otros cabecean, unos salen hartos de bienes y otros, como el Magnificat, sin cosa alguna.

Homilía para todos o para ninguno, he aquí la cuestión. Nada fácil. Hablar directamente a su auditorio, a ese y no a otro. Hablar “a”, no “ante” los oyentes. Comunicarse no con una masa sin rostro sino con cada uno en lo personal, saber partir el pan para que alcance a todos, manejar ideas y vocabularios al nivel medio de la asamblea, dejar sobre cada cabeza una llama individual del mismo fuego. Pentecostés. Cada oyente oía a los apóstoles hablar en su propia lengua. ¿Qué caminos seguir?

Preparar y decir la hornilla, supone tanto el conocimiento de la palabra de Dios que se anuncia corno la problemática del hombre que es anunciado. Por eso los mejores instrumentos del predicador tienen que ser la Biblia y el periódico, la historia de Dios y la historia cotidiana de la humanidad.

Corno si se tratara de círculos concéntricos, el predicador necesita conocer de lo general a lo particular:

— la situación del hombre y del cristiano de hoy, la cultura en que está inmerso, sus problemas e intereses, su psicología y lenguaje;

— la situación de la zona o parroquia en que el sacerdote trabaja, ya que ajuicio de los sociólogos religiosos no existen dos parroquias iguales, así sean colindantes. Cada una su fisonomía, su irrepetible pigmentación;

—la situación específica de la asamblea a la que dirige la homilía, de suerte que el predicador descubra y encuentre a los fieles en su propia vida concreta y real. ¿Quiénes son? ¿Qué hacen? ¿Cómo es su vida de hombres y de cristianos? ¿Sería mucho pedir al sacerdote que antes de predicar se informara sobre el auditorio que va a escucharlo?

Sólo así el mensaje evangélico tendrá la fuerza de la encarnación, el calor de la realidad, la verdad del hecho, la sintonía con lo concreto, la puesta en práctica de la Palabra.

El auditorio no es una masa fija y estática como la montaña, sino cambiante a cada misa como las nubes o las olas. Varía con la geografía, el tiempo, el hábitat, las edades, el tipo de trabajo, la clase social o cultural, los problemas de fe y práctica religiosa. El cambio de auditorio obliga al cambio en el modo de dirigirse a él.

En cualquier caso, el predicador tiene que hacer un esfuerzo para conocer a fondo la psicología del hombre de hoy, del hombre que hoy forma parte de un auditorio. Si el predicador tiene veinte años de sacerdocio, el auditorio que escuchó sus primeras homilías, apenas tiene semejanzas con el que lo escucha ahora. Han cambiado los rostros y las almas. Entre uno y otro, corren ríos sin puentes de comunicación. Si continúa aferrado a los mismos esquemas mentales y verbales del primer día, el predicador se encontrará como un turista en el extranjero, ni él entiende a los demás ni los demás lo entienden a él.

El auditorio antiguo poseía menos cultura y conocimientos personales, mayor sencillez psicológica, tiempo y calma para oír, confianza en el predicador a quien consideraba en todo superior a él, jerarquía y respeto ante los valores, docilidad y facilidad para dejarse llevar, voluntad generosa y apta para actuar.

El auditorio moderno surge con mayor cultura e ideas propias, opone resistencia a ser invadido o persuadido, tiene menos respeto y admiración por el predicador, tendencia crítica y oposicionista, menor interés por los problemas espirituales y trascendentes.

¿Qué exige el auditorio del predicador?

Quiere sencillez, aborrece la retórica solemne, las frases almibaradas, las flores postizas, la hinchazón oratoria. Está acostumbrado a ese estilo lineal con que, al encender el radio o la televisión, oye al cronista o al comentarista que narran y explican de la manera más esquemática, directa y coloquial.

Quiere claridad, no sutilezas para iniciados ni montajes complicados de lógica mayor. Vive en un mundo de precisiones técnicas donde todo tiende a ser experimentado y comprobado.

Quiere variedad. Acostumbrado a un mundo de cambios, de impresiones fuertes y nuevas, no le satisface la homilía-disco-rayado que repite cada domingo el mismo son.

Quiere utilidad. La vida lo ha vuelto tan rabiosamente realista, positivo y pragmático, que abandona luego lo que se le ofrece como congelada especulación. De la teoría gusta descender a la práctica. De las ideas, a la acción.

Quiere autenticidad. Se adhiere más a los hechos que a las palabras. No se fía de las declaraciones sino de los testimonios. Cree más en la vida de un sacerdote excelente de palabra mediocre, que en la palabra excelente de un sacerdote de vida mediocre.

Su olfato es demasiado fino, y enseguida se da cuenta si hay o no concordancia entre la homilía y el predicador.

Quiere sensibilidad, como hijo que es de los medios audiovisuales, más acostumbrado a ver que a raciocinar, refractario a las ideas-ideas, pero fácilmente atrapable por las ideas-imágenes, por el estilo gráfico con que lo seduce la revista, las tiras cómicas, el cine y la televisión.

Quiere brevedad, no tiene tiempo para oír. Ni el tiempo externo que miden los relojes, ni el tiempo interno perforado por dos prisas, la prisa de cada uno y la prisa de los demás. En un mundo cronometrado por el vértigo, todo lo que es largo aunque sea hermoso —la misa, el sermón, el rosario, la conferencia— tiende a ser desechado, envase no retornable.

Durante toda la homilía, el predicador deberá llevar a cuestas a su auditorio, a todo su auditorio. Si hay en el fondo, o en tal rincón, o en aquella fila, un oyente o un grupo que parece que no comprende, o que no se interesa, que se fije en él, y le mire. Que procure conectarse, mover este “paquete” que se distrae, o no se interesa. El que habla debe darse cuenta de la atención con que se le escucha, y percibir si la comunicación se establece, o si no existe.

Debe ser también sensible a su auditorio. Es necesario que entre en posesión de sus oyentes, pero si sabe hablarles se dará cuenta de que él está también poseído por su auditorio. La elocuencia es una interreacción. Hay destellos de luz que aparecen al predicador mientras está en el ambón, ideas que surgen, imágenes que se presentan, frases que se forman como por sí mismas en sus labios, por la gracia de Dios, ciertamente, pero también por la gracia del auditorio, con el cual el predicador está en plena unión, en plena simpatía. Esto también forma parte del estado de gracia predicante.

Una homilía que no tome en cuenta las características psicológicas del auditorio actual, no encontrará jamás una antena receptiva sino un muro de lamentaciones. ¡Ay!

Yo no entendí nada de lo que dijo el padre, qué aburrido estuvo el sermón, oye y qué largo, el señor cura siempre dice lo mismo, pobrecito, tan viejo que está, ¿tú entendiste?, el domingo venidero mejor vamos a misa a otra iglesia, pero qué cansado predica ese padre, dicen una cosa y hacen otra, te digo que son unos hipócritas, yo nada saqué en limpio, te hablan como si uno fuera ángel, marciano o momia de Guanajuato, muy joven el padre, pero como hablar, nada, para oír eso no hacía falta venir. ¡Ay! Nos autem sperabamus. (Consultar el pasaje de Emaús).

Manual de la Imperfecta homilia. XV

15. EL RELOJ Y LA HOMILIA

Se encontraron predicadores que no usan reloj de cuarzo ni de arena. Quirino ahogado en el do Danubio. El cloroformo verbal adormece como el otro. Nuevo tipo de sandwich.

El 15 de junio celébrase el día de San Quirino mártir. El año 310, bajo la tiranía del prefecto Amancio, Quirino fue condenado a muerte por negarse a ofrendar sacrificios a los dioses de Roma. En Sabaria, muy cerca del Danubio, se cumplió la sentencia. Dos sayones de .Amancio ataron una enorme rueda de molino al cuerpo de Quirino y lo arrojaron al río para que más rápidamente se ahogara.

Mas sucedió un milagro; la enorme piedra flotó en la superficie de las aguas. De pie sobre la rueda Quirino empezó a predicar a la multitud que habíase congregado para ver su ejecución. Habló, habló largamente. De pronto, la rueda de molino se hundió y Quirino murió ahogado. Cuando llegó al paraíso, preguntó cortésmente al Señor:

—¿Por qué, Señor, me hiciste perecer?

—Quirino, suspiró Padre Dios, hablaste bellamente; pero te extendiste demasiado. Ni yo, que soy eterno, pude aguantar sermón tan largo.

El suscrito que habla —como solía decir un alcalde de pueblo—, os puede asegurar, venerables hermanos, que oí una misa dominical con esta cronometría: 8 minutos duró la liturgia de la palabra, 20 minutos monopolizó la homilía, 10 minutos se llevó a marchas forzadas la liturgia eucarística. ¿Cuáles son los peligros de las homilías kilométricas, de permanencia voluntaria?

1) La misa se convierte en un emparedado (léase sandwich), en el que la homilía se erige como el abundante y soberbio relleno colocado entre las dos ligeras tapas de la liturgia de la palabra y de la liturgia eucarística, cuando que la homilía debe guardar el humilde papel de conducir la liturgia de la palabra y dar paso a la eucarística.

2) Una homilía excesivamente larga rompe el ritmo interior de la celebración, ya que se corre el peligro de creer que lo verdaderamente importante es la palabra humana del predicador, y no la Palabra de Dios y el misterio sacramental. A no pocos predicadores les preocupa más la emisión de su bien cortada homilía que el resto de la celebración. (¿Cortada? Pero si tales homiletas lo que no quieren es cortar su interminable perorata de propulsión a chorro).

3) Cuando se prolonga la homilía, el celebrante recupera tiempo precipitándose en la liturgia de la Eucaristía a la que relega como simple acompañante del sermón.

4) Con tantas ideas, tantas palabras, tantas interpelaciones y tanto tiempo, el predicador acaba anegando en los pobres fieles, su sincero deseo de oír, atender y aprovechar, hasta que llega el momento que experimentó San Pablo por alargar su prédica, los fieles se aburren, bostezan, se duermen, es decir, los duermen. Con tan eficaces efectos de cloroformo, los fieles cabecean en un dulce sueño reparador, como si estuvieran afirmando que están de acuerdo con lo que dice el predicador.

5) Las homilías deben mover los corazones, no los traseros.

¿Cuánto tiempo debe durar una homilía?

El insigne poeta Antonio Machado definía: “El hombre es el único animal que usa relojes”, excepto algunos predicadores. El liturgista Luis Maldonado, en su libro Homilías seculares, opina que la homilía debe durar 7 minutos y que “pasar de los 10, es atravesar la frontera mortal, ya que la homilía queda electrocutada, es decir, muy perjudicada”. Se puede decir tanto y tan bien en 7, 8 minutos; como en 20 a veces ni se dice nada ni se dice bien.

Aquel orador aseguraba de su discurso: lo hice largo, porque no tuve tiempo de hacerlo corto. La homilía preparada a conciencia será siempre breve.

Predicaba en Madrid con gran aplauso, el jesuita Baltasar Gracián (1601-1658), escritor clásico de vigorosa erudición y fina pluma. Acuñó esta máxima, de veras máxima: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. O como escribió mi señor don Miguel de Cervantes Saavedra en el Quijote: “Nunca lo bueno fue mucho” (Parte 1, cap. 11).

Manual de la Imperfecta homilia. XIV

14. LENGUAJE CORPORAL

Se recomienda encarecidamente al predicador que haga gestos y visajes, o lo darán por muerto, pájaro mojado, paralítico de tiempo completo o estatua de la edad de piedra.

Es extraño. Donde uno pone los ojos ve gestos, menos en el ambón de la homilía. El profesor en el aula, el artista en el cine, el cantante en el show, el anunciante en la televisión, los contertulios en el café y no se diga las señoras liberadas jugando baraja. Para no aburrirse en el metro, diviértase usted con los visajes de la gente. La calle, la calle es un desfile de gesticuladores. Vuelve otra vez el circo.

Al hablar ponemos naturalmente en juego los labios y su contexto. Hablamos con los ojos, las cejas, los brazos, las manos, los dedos, hablamos hasta por los codos y, en dado caso, -los pies entran en funciones de adverbios de modo o rotundas interjecciones. Todo lo movible lo movemos para hablar. Y entonces el lenguaje deja de ser ese desinflado hilillo de voz tartamudeante para convertir- se en un cuerpo, un alma, todo un ser vibrando comunicándose en un lenguaje total, ese sí expresivo, impulsivo, explosivo. Hasta los sordos oyen, por lo menos inventan.

Gregorio Marañón en su pequeño gran libro sobre la Psicología del gesto demuestra cómo la vida moderna está, como no lo estuvo nunca, influida, condicionada y a veces subvertida y anegada por la gesticulación, y cómo los líderes de hoy conducen y arrastran a las muchedumbres por gestos más que por ideas. Una idea, es decir, un razonamiento lógico y frío, jamás ha movido a la masa humana, sino el gesto, la emoción con que se inflama una idea.

Gesto es toda expresión de las pasiones y sentimientos, hágalo la cara, la mano o el cuerpo. De tal manera se activa el movimiento del alma que pone en movimiento a todo el cuerpo. Sin emoción no hay gesticulación. Orador que no siente, orador que no se mueve.

Juan de Huarte escribía que “es tan importante la gesticulación en los predicadores que con sólo ella, sin tener invención ni disposición, hacen un sermón que espanta al auditorio”.

Para descubrir cuánto puede la fuerza y la gracia del gesto, basta el testimonio de los oyentes de Lacordaire. Sus sermones en Notre Dame de París, el espíritu y la acción con que los hacía vivir, subyugaban como la mejor puesta en escena. Vertidos al papel, apenas se dejan leer.

¿Por qué si el predicador es liturgo, actor, primer actor de la liturgia, por qué ha de ser el único actor del mundo que ignora y aun desprecia el valor de la gesticulación? ¿Y por qué los oyentes de una homilía han de ser los únicos oyentes del mundo condenados a tener enfrente a un paralítico de tiempo completo, una estatua parlante, un precadáver a medio embalsamar?

Nadie piense que el gesto es un adminículo artificioso que se añade a la homilía, sino el complemento natural de la expresión oral, como el eco del lenguaje. Si gesticulamos cada vez que hablamos, ¿por qué no gesticulamos cuando predicamos? ¿Por qué allá si y aquí no?

Al predicador actual de homilías inactuales, no hay que atajarlo con un “no te muevas tanto”, sino empujarlo con una “muévete un poco”.

Los ocho, diez minutos que dura la homilía, un señor tranquilote, manso cordero, camisa de fuerza, pájaro mojado, esposado, maniatado, estatuario de frente y de perfil. Pero déjalo que acabe la homilía y la misa, y ya lo verás por la calle o en el fútbol gesticulando a sus anchas. Ah, pícaro.

Predicadores del mundo, manos arriba. Sursum corda. Mientras el corazón no lata, ni la garganta ni el cuerpo. Dejad el juego de los encantados. Soltad los brazos. Sin miedo. La inmovilidad es lo ficticio, el gesto es lo natural. Vita est in motu, que dijo el otro.

Sé de un seminario mayor donde un maestro de teatro da a los estudiantes de teología un curso de actuación. Los enseña a mover desde el antebrazo hasta el meñique. Dichosos ellos y, en el futuro perfecto, dichosos sus oyentes o videntes.

Para que no nos juzguen de teatrales o teatreros, aquí nos limitamos a unas cuantas reglas de sentido común, que ya es ventaja.

El cuerpo

Elige con la mejor estrategia el lugar desde donde vas a predicar. ¿El ambón? ¿La sede? Donde seas más visible y audible. Si Cristo no se sube a la barca para que los fieles lo miren, queda el recurso de que Zaqueo se trepe al árbol.

Recargado sobre el ambón, no. Ni torcido, medio caído hacia adelante, encorvado. Actitudes laxas de pereza o indolencia. Erguido siempre, erguido con naturalidad.

Evita la rigidez, cual si te hubieras tragado una antena de TV. Es preciso que el cuerpo viva, que esté en movimiento.

Puedes dar algún paso, cambiar de posición, inclinarte alguna vez, pero no juegues al péndulo, tiene efectos soporíferos.

El rostro

No pongas cara asustada, solemne, de muy señor don, enojada, ridícula, congestionada, tensa, abrupta, maquiavélica, hamletiana, mefistofélica. Por favor, la cara de todos los días. Y si te esfuerzas por una cara amable y “una cierta sonrisa”, mejor. Caen más moscas en una cucharada de miel que en un tonel de vinagre. Bien dicho, querido y casero San Francisco de Sales.

Hay predicadores que más que caras ostentan caretas. Rostros de madera de mezquite. Máscaras inexpresivas de teatro griego. Yelmo invulnerable de caballero andante. La cara del orador ha de ser pizarrón electrónico donde el auditorio lea al instante los sentimientos. Pantalla televisiva, eso es.

Evita las muecas, los visajes, los tics nerviosos. Esa ceja que se enarca gatunamente, ese labio fruncido de asco, esa nariz que se arrisca, esa lengua mojando los labios, ese parpadeo de semáforo, y morderse el dedo, rascarse la cabeza, frotarse las manos, tronar los dedos, acomodarse las gafas, consultar el reloj de pulso, limpiarse el sudor, materia preciosa para análisis freudiano, función gratuita de pantomima no apta para menores.

Los ojos

Príncipe del discurso, y además su teórico, Cicerón afirmaba que toda la fuerza oratoria del rostro radica en los ojos. Omnia in oculis sita sunt. (¿Queda por ahí algún canónigo que sepa latín o que por lo menos lo haya olvidado?)

Varios millones de norteamericanos de costa a costa, incrédulos o creyentes, sintonizaron cada semana y por largos años con las charlas de Fulton J. Sheen, literalmente predicador en las azoteas. Los críticos decían que el éxito del obispo auxiliar de Nueva York se debía en gran parte a la fuerza de sus ojos, su lenguaje cambiante y subyugador.

Los ojos, encantadores de serpientes. El orador puede domesticar con la mirada a esa hidra de cien cabezas que es el auditorio. Necesita verlo, estarlo viendo siempre, ver a todos, hasta la última banca, pasear la mirada como el faro barre las olas.

Brazos y manos

Son accesorios principales del gesto oratorio y, sin embargo, andan por ahí predicadores que no saben qué hacer con sus extremidades superiores mientras dicen la homilía. ¿Cruzar los brazos, juntar las manos en trance de arrobamiento, esconderlas detrás de la espalda, guardarlas en inencontrables bolsillos, afianzarlas del micrófono, pasarlas sobre el mármol frío de una columna, donde dejar las manos por un rato?

El ademán ha de ser natural, discreto, elegante, gráfico, armonizado, compañero de la palabra, simultáneo a la palabra, ni antes ni después, o estalla la carcajada.

No ademanes de nadador, braceando sin parar, campeón olímpico, arriba y abajo, aspas de molino.

No ademanes de boxeador, Mike Taysori en la lona, bruscos, imprudentes, volcánicos golpes de mano, dinamita pura.

No ademanes de gimnasta, angulosos y geométricos.

No ademanes de Charles Chaplin, los fabulosos veintes, el cine mudo, cuando la película pasaba dieciséis imágenes por segundo: gestos nerviosos, rápidos, supersónicos.

No ademanes de máquina pesada, mecánicos, estereotipados, siempre los mismos repitiéndose hasta el cansancio. Sube el brazo derecho, luego el izquierdo, vuelve el derecho y así hasta la eternidad.

No ademanes de actor teatral, muy estudiados, efectistas, pulquérrimos, archiartificiosos.

No ademanes de propulsión a chorro. Movimiento continuo, veleta vuelta loca, a un paso de la epilepsia, mal de Parckinson, baile de San Vito. No es necesario gesticular todo el tiempo, los ademanes perderían su fuerza. Saber alternar el movimiento y el reposo, lo que Monsabré llamaba “los contrastes de la acción”.

Los artistas de la Opera de París acudían a los sermones del ilustre Lacordaire para aprender e imitar la precisión perfecta de su lenguaje corporal.

Manual de la Imperfecta homilia. XIII

13. LA NECESARIA CLARIDAD

Trata de la claridad que ha de tener una homilía en contraposición del Laberinto de Creta, las catacumbas y el metro. Se añade un escolio sobre turismo. Viaje hoy, pague después

Cuando el escritor español Eugenio D’Ors terminaba de dictar algún ensayo a su secretaria, le preguntaba:

—Señorita, ¿entendió usted, quedó todo claro?

—Sí, señor.

—Entonces vamos a oscurecerlo.

Uno de los personajes de la antigua película “Las vírgenes de Wimpole” levantaba las manos al aire. “Mis poemas, en un principio, los entendíamos Dios y yo. Ahora sólo los entiendo yo”.

¿Entenderán los fieles nuestras homilías? La claridad, he aquí la cualidad primordial del estilo homilético. Claro, define el diccionario, es lo bañado de luz, lo que se distingue bien, lo limpio, puro, transparente y terso, lo evidente y manifiesto, la abertura por donde penetra la luz, el sitio sin árboles en el bosque.

Cuántas homilías caen sobre los fieles como noche cerrada, bosque de lianas, cortinas de humo, el reino espeso de la confusión, las tinieblas exteriores, ahí será el llanto y el crujir de dientes.

Llorosas y crujientes salían las almas después de oír las homilías del padre Nicanor. Debió de haber nacido este bendito padre en las Cuevas de Altamira, en las Grutas de Cacahuamilpa o en el mismísimo Laberinto de Creta. Válgame Dios, cuanto predicaba eran largos túneles y vericuetos subterráneos, debió tener vocación de espeleólogo o conductor del metro. Retorcía lo sencillo y obscurecía lo claro. Unos se quejaban del vocabulario, otros de la sintaxis, todos de la exposición de las ideas. Hablaba en cábala, adivinanza y crucigrama. Tentados estuvieron unos laicos de centro- derecha de suplicar al señor obispo el cambio ipso facto del padre Nicanor y aun se llegó a hablar de recurrir a las altas jerarquías, el Delegado Apostólico o la Sagrada Rota. Pero si el domingo el padre Nicanor desilusionaba a sus oyentes con la impenetrabilidad de sus prédicas, el lunes los reconfortaba con el ardor de su celo. Ni hablar, era un hombre muy trabajador.

Hay predicadores que tienen miedo de ser claros, que no se resuelven a decir las cosas limpiamente. Tal vez se les figura que claridad es superficialidad. Se puede ser profundo y claro, como se puede ser superficial y oscuro. Una cosa es la hondura del pensamiento y otra muy distinta el jeroglífico y la esfinge. Hablando de Zorrilla de San Martín, escribía Unamuno: “Un orador, un verdadero orador es aquel que con expresarse en la lengua misma en que hablan todos sus vecinos, sirviéndose de las mismas palabras de que ellos se sirven y construidas según la misma sintaxis con que ellos las construyen, parece sin embargo que va creando su lengua según habla, que las palabras florecen virginales en sus labios”.

El predicador es maestro, y no se puede ser maestro si no se enseña con claridad. ¿Enseñó Cristo con enigmas? La piedra de toque del verdadero maestro es precisamente la claridad. Si los discípulos entienden siempre y todo, señal que tienen maestro, lo que se dice maestro. Pero si los discípulos se hacen cruces ante los embrollos y galimatías que salen de la cátedra, entonces no tienen un maestro sino un simulador.

El estilo predicacional será claro cuando el pensamiento del que habla penetre sin esfuerzo en la mente del auditorio. ¿Te entiende tus homilías? Señal de que eres claro. ¿No te entiende? Buenas noches, padre Nicanor.

La claridad es total de varios sumandos. Porque es necesario un léxico transparente, una sintaxis limpia, un pensamiento diáfano, una exposición luminosa. La claridad no se logra con ideas claras pero con palabras oscuras; ni con palabras claras pero con ideas oscuras. Todo tiene que ser luz, hasta la sombra. (Goethe al morir: Luz, más luz).

Claridad en el vocabulario

Huir tanto de palabras técnicas, comprensibles sólo para iniciados, como de palabras raras que serán todo lo castizo que ustedes gusten, pero por ser cultas no están al alcance de las mayorías.

Un lánguido oyente del padre Nicanor que trabaja en una fábrica de bicicletas, vino la otra noche a pedirme el diccionario mayor de la lengua para descifrar una homilía que había registrado en su grabadora. El pobre se pasó dos horas lidiando con hipóstasis, elitismo, pericopa, cerúleo, libido, koinonía, ontológico, ataraxia, escatológicamente, irenismo, biotipo y embolismo, que le sonaba a derrame cerebral.

En caso de necesitar tecnicismos, ¿por qué el padre Nicanor no los traduce y explica apenas salen de sus labios? Y en cuanto a cultismos, preciosismos y demás joyería falsa, ¿por qué no reserva el frac para recepciones de palacio?

Juan Valdés escribió en el Diálogo de la Lengua: “El estilo que tengo me es natural y sin afectación ninguna, escribo como hablo, solamente tengo cuidado de usar vocablos que signifiquen bien lo que quiero decir, y dígolo cuanto más llanamente me es posible, porque a mi parecer en ninguna lengua está bien la afectación”.

Demos un paso más. El predicador usa palabras, giros, y por supuesto conceptos, que para él son muy claros, como redención, Mesías, bienaventuranzas, padres de la Iglesia, sinópticos, inmaculada concepción, que casi es el vocabulario elemental de la teología, y que sin embargo resultan oscuros e incomprensibles para buena parte de católicos en vista de su analfabetismo religioso.

Michonneau lo dice de Francia; no se puede esperar menos de nuestros países de cristianismo masivo. He aquí el test verídico y riguroso. De una homilía se entresacaron estas seis palabras y se preguntó por su significado a varios oyentes.

Redención. Una empleada contestó: significa perdón. Una enfermera: es la muerte de Cristo. Una novia: Cristo murió por todos. Un estudiante: lo supe, pero no me acuerdo.

Mesías. Una ama de casa: no sé. Un maestro: Cristo. Un adolescente: personaje que esperaban los judíos.

Bienaventuranzas. Un empleado: lo que Cristo dijo. Una secretaria: no me acuerdo. Un anciano: Cristo quiere que a todos nos vaya bien.

Padres de la Iglesia. Una muchacha: los sacerdotes. Un joven: los obispos.

Sinópticos. Nadie supo.

Inmaculada Concepción. Una señora: que María es toda pura. Una estudiante: tengo la idea, pero no sé cómo decirlo. Un obrero: que María fue virgen.

¿No fallará la predicación porque el sacerdote supone que los fieles saben tanto como él? ¿Por qué no descender al nivel del auditorio precisamente para elevarlo? ¿Por qué no convertir la homilía en instrumento de evangelización que vaya al fondo de la realidad?

Claridad en la sintaxis

Cicerón idealizaba, quería que el orador, como perfecto auriga sujetando el compás de cuatro caballos pura sangre, construyera cláusulas cuadrimembres. Sueño de una noche de verano. Porque las parrafadas ampulosas y arborescentes colmadas de oraciones secundarias, complementos, incisos y apartados suelen esconder una doble trampa, hacen que el predicador se enrede y enrede al auditorio.

Dejar en santa paz el período kilométrico de ancha y difícil andadura. Adoptar una sintaxis de ritmo rápido, funcional y pedagógico.

No dos o tres ideas en un mismo párrafo, sino en desarrollo sucesivo, una después de otra. A cada idea, su párrafo y su pausa. Cuando se haya concluido de exponer una idea, cuando tenga sentido completo, hasta entonces comenzar un nuevo párrafo.

El período es un conjunto, un todo, una unidad, una arquitectura; representa el desarrollo de un pensamiento con una idea central como eje y expresada dicha idea por medio de una agrupación de miembros organizados en torno a un verbo y tras un sujeto como guía. No perderse, saber dónde anda uno para que los demás lo encuentren.

Una sintaxis desorganizada, descuartizada, caótica, donde se toma un sujeto y enseguida se le abandona, donde se presenta una idea y no se la acaba de explicar ni se le liga con la siguiente, donde no se respeta el orden lógico o psicológico del pensamiento, donde la oración principal queda ahogada por la avalancha de cauces secundarios, es claro que esta sintaxis, esta anti-sintaxis, impida la comprensión de los oyentes. No son ganas de gramaticalizar. La construcción viciosa de la homilía bloquea la transmisión del mensaje.

Claridad en las referencias

El padre Nicanor ha tenido la gracia de asistir a tres jubileos de Año Santo: 1925, 1950 y 1975, y aún espera sobrevivir para el del año 2,000, aunque eso es lo que ha hecho en toda su vida, sobrevivir. Con ese motivo ha estado varias veces como humilde peregrino en Roma y en diversas naciones de Europa y Asia. Gracias actuales que el Espíritu Santo ha derramado con abundancia en su alma y a las que el padre Nicanor ha sabido responder con fidelidad.

Por eso salpica sus homilías con alusiones geográficas, históricas y artísticas. El turismo al servicio de la pastoral, por lo que la pastoral ha estado al servicio del turismo.

El padre Nicanor dice: “Es falso lo que el maestro de Viena afirma sobre la sublimación del sexo”. De tener ojos negros, el auditorio los pone en blanco. El padre Nicanor dice: “Ustedes recuerdan las Catacumbas de San Calixto”. Honradamente nadie las recuerda porque nadie las conoce. El padre Nicanor dice: “Aquel gran pontífice que fue San Pío V”. Pero ¿quién fue San Píoquinto y por qué fue gran pontífice? No se contente usted con aludir, no dé por conocido lo ignorado. Qué le cuesta una frase explicativa, una flecha en el camino, o la oscuridad subirá al ambón y su reino no tendrá fin.

Claridad en el orden de las ideas

Homilía sobre la inmaculada concepción de María:

—Idea primera: en qué consiste este privilegio. La llena de gracia.

—Idea segunda: por qué sólo María lo tuvo. La Madre de Dios.

—Idea tercera: cómo Cristo obró en María su redención. La primera redimida.

Eso es, establecer una jerarquía de ideas, la escala de Jacob y los ángeles descendiendo. Sin orden, sin dividir el tema en partes, no es posible la claridad. Donde hay esquema hay luz.

Y luego que las transiciones sean vigorosas y notorias, que el auditorio se dé cuenta cuando se pasa de una idea a otra. Pisar fuerte cada vez que se suba un escalón.

Sólo así la homilía tendrá la nitidez de los cables del telégrafo, unos debajo de otros, diferenciados y netos contra la luz, en vez de esas confusas telarañas que ni Penélope ni el santo Job podrían jamás tejer y destejer, ella con fidelidad, él con paciencia.

Claridad en la exposición de las ideas

“El hablar nace del entender”, decía Fray Luis de León. Si no se piensa claro, se hablará oscuro. “Nunca las palabras faltan a las ideas, —escribe Joubert en los Pensamientos—; son las ideas las que faltan a las palabras”.

Iluminar, enseñar, partir el pan a los pequeños, hacer accesible la palabra de Dios con humildad de espíritu y eficacia pedagógica, sin escatimar esfuerzos para darnos a entender.

Entre más oscuro sea lo que prediquemos, más claros debemos ser. De noche es cuando encendemos la luz eléctrica.

Dichoso el siervo claro y luminoso de quien sus oyentes atestiguan: “Entendí todo lo que él decía”. Os digo que será invitado a juzgar las doce tribus de Israel y algunas otras por si hiciera falta.

No es raro que la oscuridad de la homilía proceda del cúmulo de ideas que el predicador trata de exponer en vano. En vano, porque no es posible desarrollar varias ideas en el corto tiempo que dura la predicación. Y porque en los países de cristianismo masivo y poco ilustrado, los fieles necesitan ahondar en una misma idea.

El martillo y el clavo. El predicador ha de hacer girar su homilía en torno de una idea central, un clavo en la mano, no muchos clavos, pero sí muchos martillazos. Una idea expresada de diversas maneras hasta que penetre a la mente y al corazón del auditorio.

No tener miedo de repetir la misma idea expuesta desde luego con diversas formas. Repetición legítima, puesto que se trata de mover la voluntad del oyente y no es posible moverla con un solo impulso; porque es necesario iluminar su inteligencia, y al auditorio no se le puede pedir ni

demasiada atención, ni demasiada sutileza; y porque si en el estilo escrito una repetición seria inútil y aun viciosa, en la oratoria pasa inadvertida, sobre todo cuando es más difícil retener lo que se oye que lo que se lee.

Claridad, he aquí la consigna. Rubén Darío escribió: “Es obra de bien el no ser predicadores de la tumba. Bendito sea aquel que siempre anuncia la aurora. El primer deber es dar a la humanidad todo lo azul posible”.

Vean Sus Señorías lo que aconteció al capellán de Carlos II de Inglaterra cierta vez que predicaba a toda la corte reunida. Como el sermón había estado oscurísimo sin que nadie entendiera, se durmieron los oyentes. Entonces pronunció fuertemente el nombre del conde Lauderdale. Este se despertó sobresaltado, mientras el capellán le decía: Perdóneme, señor, por haber perturbado su reposo; no quería más que rogarle que roncara un poco más suave, porque podría despertar a Su Majestad el Rey.

Manual de la Imperfecta homilia. XII

12. LENGUAJE DE LA HOMILIA

En que se lamenta el divorcio del predicador y el público. Y todo por las malas lenguas. Por no hablar como hablan los medios masivos de comunicación. Lo que Dios ha unido, no lo separe la homilía.

Lo que un día fue luna de miel, hoy anda en trance de ruptura. Predicador y público, estas vidas paralelas. No sólo porque un volumen caudaloso de los obligados a asistir a misa dominical y su homilía respectiva, jamás acuden o lo hacen esporádicamente, sino aun porque los que escuchan la homilía no acaban de sintonizar con el predicador o el predicador con ellos. El hecho es que se ahonda el abismo entre ambón y vida, entre predicación y calle, entre predicador y fieles. -

¿Será por la brecha atribuible a generaciones antiguas y nuevas? ¿Será por el materialismo de la época, refractario a los llamados trascendentes del espíritu? ¿Será porque la raza de profetas se extingue en la Iglesia, profetas para el mundo de hoy capaces de atraer y seducir a las masas con vida y palabra clara, libre, genuina y convincente?

¿Será, más bien, porque el predicador habla distinto lenguaje del de su auditorio al no saber usar los medios de comunicación a los que el hombre de hoy está acostumbrado? Sin lenguaje común no es posible la comunicación.

La comunicación homilética, como toda comunica-ción, implica cuatro elementos.

a) Quién comunica: el agente, la presencia del yo, el predicador,

b) qué comunica: su mensaje, su vivencia, la Palabra de Dios,

c) a quién comunica: el otro, el destinatario, los fieles oyentes,

d) en qué se comunica: un idioma común, un sistema de signos lingüísticos comunes de que echa mano el manifestante para que su expresión sea captada por los otros.

No puede realizarse la comunicación si no hay uno que exprese algo a alguien en un sistema común de signos.

Un idioma es la lengua de una nación, de una comarca. Pero la identidad del idioma no basta por sí sola para establecer la comunicación. Un sacerdote mexicano predica una homilía en Buenos Aires, y júralo, una serie de palabras, giros e ideas resultarán incomprensibles. Un católico hispanoparlante del siglo XX lee la Guía de pecadores de Fray Luis de Granada, escrita en 1567; pese a su perfección literaria, el lector medio se quedará simplemente en blanco ante no pocos lugares del libro. Cada época tiene su lenguaje.

Siendo las palabras representación de las cosas y expresión de las ideas y sentimientos, si estos tres factores fueran invariables y estuvieran perfectamente reflejados en el sistema de palabras de un idioma, no habría razón, al menos objetiva, para que este sistema de comunicación se alterara. Pero siendo variables las cosas, estando sujetas a multitud de modificaciones los conceptos y los sentimientos, y no teniendo ninguno de estos factores expresión adecuada y perfecta en idioma alguno, las palabras, los giros, el lenguaje en suma, tiene que seguir, por una parte, el movimiento del mundo y del hombre y, por otra parte, tiende a expresarlo siempre con la mayor exactitud.

El lenguaje, espejo de la realidad presente tan dinámico y cambiante como el mundo y como el hombre, vive en perpetuo movimiento de acuerdo con las variaciones de las cosas, las modificaciones de la mentalidad y la intervención de los sentimientos humanos. De suerte que si el predicador quiere ser entendido, no le bastará hablar el mismo idioma oficial de la nación, sino el lenguaje determinado del momento signado con todos los matices, intereses, intenciones, valores y técnicas propias de la época, el lenguaje vivo de hoy, el de su generación, ese modo típico con que el hombre actual comunica no sólo sus ideas y sentimientos, sino su mismo ser.

Quiere decir entonces, que la tarea inicial del predicador consiste en conocer y descubrir el lenguaje del hombre de hoy para hablarle en ese mismo lenguaje a fin de poder establecer la comunicación.

¿Cómo es el lenguaje del hombre de hoy?

Por largos siglos el hombre se comunicó casi exclusivamente con palabras habladas o escritas, sonoras o gráficas, con estos signos convencionales que al representar las ideas y entretejer los juicios y razonamientos, establece una comunicación preferentemente conceptual y, por lo mismo, racional, intelectual, intelectualizada en cuanto que las palabras son vehículo material de la espiritualidad del hombre, trasbordadores de su mundo interior. Todo un enorme gajo de la historia se comunicó gracias a la palabra-concepto.

Tras varios siglos de una cultura de ideas y una educación por las palabras, entra la humanidad a una cultura de imágenes, el dulce reino de la sensibilidad, como el camino más rápido y certero para llegar a la idea.

Irrumpen, desde la alborada de este siglo, el periódico, la radio, el cine y la televisión como medios difusivamente masivos con cuyo arribo se transforma desde la raíz la comunicación del hombre, que ya no habrá de girar tanto en la palabra-concepto cuanto en la palabra-imagen; el imperio de lo racional cede al imperio de lo sensible. Nada en la inteligencia que no pase antes por los sentidos.

Un lenguaje inaugura una época de la historia, no sólo porque estas técnicas constituyen una - de sus notas características, sino porque intervienen poderosamente en la creación del tipo de cultura de la hora actual, la cultura imaginista.

No únicamente los niños y jóvenes, también los adultos de este tiempo integran la generación de la imagen, son sus hijos, puesto que desde que ellos nacieron, prensa, radio, cine y televisión forman parte de su vida, de sus hábitos y costumbres. Los necesitan como el pan y como el sol. No podrían vivir si un día amaneciera el mundo sin un periódico para la hora del desayuno. ¿Y la homilía? Algo falla en la transmisión, que la voz de Dios sale toda nublada de estática, perforada de interferencias o simplemente inaudible.

Esta es la gloria y la misión de la boca del profeta, ser una Biblia parlante. Quien quiera, ahí puede oír el testamento que el Padre dejó a los hijos. La Sagrada Escritura abunda en elogios para los labios de los que anuncian el mensaje. Labios que son fuego, trompeta, lámparas, rocío, espada de dos filos, relámpago, eco sin fin hasta los términos de la tierra.

Pero he aquí que la palabra de Dios debe ser proclamada con palabra de hombre, la única palabra que tenemos, el temblor de la voz, nuestro lenguaje. Un lenguaje que puede transportar o bloquear el lenguaje de Dios, aclararlo u oscurecerlo. Anunciarlo o silenciarlo, puente o barricada.

¿Quería usted ver un muestrario del lenguaje de las homilías? En esta tienda tenemos las últimas novedades, los artículos que usted necesite. No se cobra por ver. Pase, por favor. Hablamos español, aunque sea por señas. ¿Do you speak English?

Lenguaje paternalista

El presidente de la república inicia el discurso:

Conciudadanos, pueblo de México. El conferencista rompe el silencio del Aula Máxima: Señores. El maestro de ceremonias, pantalón rojo, chaqueta blanca, fresas con crema, en el baile de coronación de Miss Petróleo: Damas y caballeros. El sacerdote en el ambón de las homilías: Queridísimos hijos, amados hermanos, carísimos feligreses.

Sólo del ambón salen adjetivos. Unos adjetivos de explosión inmediata así por su significado cordial como por su significante en aumentativo. Querid-simo, amad-ísimo, car-ísimo, que los despistados entenderán como otro signo de carestía, de la inflación en turno.

Cristo se dirigió a los fieles de su microparroquia llamándoles también con el lenguaje del sentimiento. Foliolimei, el diminutivo más el posesivo; pusillus grex, el rebañito. Y de seguro no se refería tanto al número de sus oyentes cuanto al amor por sus oyentes.

San Pablo usualmente saluda a los destinatarios de sus epístolas con un lacónico “hermanos”. Por excepción dice “fieles hermanos” o “hermanos amados de Dios”. Cuando se dirige a uno solo de sus discípulos, entonces si extrema los vocativos afectuosos. Timoteo, “mi querido hijo, genuino hijo en la fe”. Tito, “hijo genuino según la fe”. Filemón, “amigo querido y colaborador nuestro”.

Los oyentes de nuestras homilías, también deben sentir que el predicador los ama. Filioli mei, quos iterum parturio donec formetur Christus in vobis.

No será necesario, en cambio, convertir la homilía en un ejercicio gramatical de diminutivos, aumentativos y posesivos. Paternidad sí. Paternalismo, no.

Tanto más que la repetición machacona del “amadísimos hermanos” en la homilía, no obedece a un exceso de afecto, sino a una deficiencia de ideas. Cuando se atranca la carreta y el predicador no encuentra cómo salir del bache, suelta la frase, quien quita y enseguida pueda hallar el cabo de la idea. Frases de relleno. Apoyos tácticos, que no en vano se titulan “muletillas”. Adminículos para quienes cojean de los labios, que es más molesta cojera que la de un pie.

Lenguaje caduco

Nadie predica una homilía para cadáveres o nonatos. Si hablamos al hombre de nuestro tiempo, hablemos con el lenguaje de nuestro tiempo. Bien lo sabe Perogrullo.

¿Por qué no sacudir de la predicación la hojarasca seca, las expresiones superadas, los anacronismos momificados, las palabras difuntas, las frases que un tiempo circularon entre el pueblo de Dios muy vivas, muy inteligibles, pero que ahora, como el cadáver de Lázaro, iam foetet, quatridianus est eriim?

Todavía en algunos sermones dominicales se oye aquello ya tan enigmático de la naturaleza corrompida, los novísimos del hombre, el desprecio del mundo, las potencias del alma, la economía de la gracia, la concupiscencia de los ojos, el débito conyugal. ¿Se imagina lo que sus hambrientos oyentes se están imaginando en la misa de dos de la tarde cuando les habla de “los apetitos de la carne”?

Lenguaje tópico

Horacio decía que el lenguaje es como un árbol, en la primavera reverdecen hojas nuevas. No la condición estática de los seres sin alma, sino el dinamismo de la evolución que proviene de la vida. El hecho es que unas palabras mueren y otras nacen, que el hombre de hoy no habla como el de ayer, que el lenguaje de la liturgia y la teología se ha renovado, que el Concilio Vaticano II vino a poner en circulación un vocabulario, una terminología, un sistema de comunicación verbal a la medida del cristiano de hoy.

El problema no está en usar este lenguaje, sino en volverlo repetitivo, machacón, tópico. El tópico es el lugar común, la fuente a mitad del pueblo a donde todos van a sacar agua, la misma moneda que por pasar de mano en mano pierde su brillo primitivo.

Homilías se oyen por ahí construidas alrededor de frases hechas, de cinco o seis expresiones tan tercamente reiteradas que a fuerza de exprimir su jugo, se quedaron en cáscaras vacías. Por ejemplo, compromiso de la fe, testimonio cristiano, sacerdocio bautismal, signo, vivencia, realización personal, la búsqueda de la fe. Ah, y el adjetivo “auténtico”.

Todo se ha vuelto auténtico, en la palabra, claro, fe auténtica, iglesia auténtica, concientización auténtica. De acuerdo, pero también nos gustaría añadir, homilía auténtica con lenguaje menos inauténtico.

Lenguaje técnico

Quien predica, se supone que sabe teología, por lo menos que la supo alguna vez. Y que la teología, igual que toda ciencia, posee su vocabulario, sus fórmulas peculiares, intocables algunas de tan expresivas y rigurosas, de suerte que una inadecuada modificación lingüística “sapit haeresim”. Ni lo permita Dios.

Los oyentes, ya son otra cosa. Se supone que no son teólogos, por lo menos de oficio. Entonces es cuando el predicador debe traducir los tecnicismos teológicos, hacer accesible al pueblo el vocabulario de los iniciados. Muy su derecho de hablar de la epíclesis, pero muy su deber de explicar enseguida el significado, que es la invocación de la liturgia al Espíritu Santo.

Si las fórmulas teológicas no se aclaran, caen irremisiblemente al vacío atraídas por la fuerza de la gravedad.

Dígame usted si las señoritas oficinistas, el chofer de taxi, el peluquero de cortes exclusivos, Don Pedro el boticario, el muchacho que se sueña crack del fútbol, el auditorio sencillo y espeso, común y corriente, que está oyendo la misa, después de vencer sólo Dios sabe cuántas tentaciones de inercia, va a entender al teólogo que se adorna con un lenguaje críptico hablando de la metanoia y la kénosis, la anáfora y la parusía, lo epifánico, lo mistérico, lo pneumático, el mistagogo y la escatología, la koinonía y la hodegética, la doctrina Joánica y las sublimes perícopas veterotestamentarias.

Lenguaje callejero

Metafísico hasta el tercer grado de abstracción total, y por lo visto muy poco salado el hombre, Aristóteles se dignó un día memorable ocuparse de la sal sentenciando que era muy útil como condimento, no así como alimento.

Igual que el uso de palabras y giros populares en la homilía. Bien está usarlas alguna vez, con oportunidad y gracia, a propósito de ciertos temas, ante determinados públicos. Siempre como condimento. Pero impregnando de sal toda la homilía, vestirla de jerga, caló y jerigonza, lenguaje de germanía, vulgaridad chocarrera, manantial de gracejos, con el pretexto de hacerse uno simpático y municipal, democrático y republicano al mismo tiempo, muy del pueblo y para el pueblo, definitivamente en onda gruesa, lo que se llama muy “in”, hablando del tú por tú al estilo de la broza perdularia, es tanto como rebajar la dignidad de la palabra de Dios, la dignidad del profeta y la dignidad de los fieles que San Pablo llamó santos en el Señor.

Lenguaje oratorio

Señores oradores, tengan ustedes la bondad de perdonarme. No tengo nada contra el lenguaje de veras oratorio, sino respeto, admiración y santa envidia. Debería yo haber escrito “lenguaje seudo- oratorio”.

Solo el orador es capaz, según San Agustín, de que la verdad ilumine, convenza y agrade. Los tres ingredientes en perfecto coctel.

El aprendiz de orador disfraza la impotencia doctrinal con potencia gutural, la falta de contenido con la demasía de forma, la ausencia del fruto con la presencia de un bouqué de flores, superficie sin profundidad, vox clamantisime deserto.

¿Recuerda usted ciertos panegíricos de antaño en homenaje del Santo Patrono del lugar, cruzados por ráfagas de adjetivos; ciertos fervorines de primera comunión donde desfilaban metáforas climatéricas, el rosicler, la aurora de rosados dedos, las perlas del rocío, los celajes de las nubes; ciertos sermones de campanillas, campanudos, ampulosos, altisonantes, ganga y encajería, sustantivos orondos, verbos retumbantes, adverbios de modo, interjecciones de Apocalipsis, pirotécnica verbal?

Antaño es hogaño. Fray Gerundio de Campazas aún se pasea por los ambones. Sus mofletudos carrillos. Se ilumina su sombra. Luego suelta al aire un manojo de globos de colores que la punta de un alfiler desinfla. La hinchazón no es salud, sino enfermedad.

Lenguaje casi ideal

San Pablo predicó en el Areópago partiendo de la cultura y del lenguaje que entendían los atenienses. El lenguaje homilético debe ser accesible, entendible, llano y claro, concreto y digno, de acuerdo con la preparación y nivel de cada auditorio; pero accesible no significa lenguaje trivial y vulgar. Abraham Lincoln, presidente de Estados Unidos de América, aludía a un predicador que, en dos horas, no decía nada: “Es el hombre más hábil del mundo para meter un máximo de palabras en un mínimo de ideas”.

Lacordaire, príncipe de los oradores franceses

—sin olvidar a Bossuet—, oyó predicar sobre el Espíritu Santo al humilde cura de Ars, Juan Bautista Vianney; quedó conmovido por aquel lenguaje sencillo y claro, inflamado por el fuego de la santidad.

El lenguaje debe ser, además, vivo, expresivo, plástico, de suerte que el auditorio “vea” lo que el

predicador va diciendo. “La palabra —apuntó uno de los mayores escritores religiosos del siglo, José Luis Martín Descalzo—, la palabra no es sólo un vehículo lógico, puede y debe ir cargada de imágenes y golpear a los nervios como una imagen o una canción”. La palabra exclusivamente lógica es una voz descarnada. El hombre de hoy no piensa sino en imágenes. El televisor ha cambiado su forma de pensar. Por eso el predicador precisa introducir en sus homilías, conferencias y clases, todo lo positivo del lenguaje de los medios de comunicación social, los hechos y los personajes vivos, la visualización, el color, el movimiento, la naturalidad.

Se dolía el liturgista español José Aldazábal:

“Qué lástima que para cualquier mensaje comercial o publicitario, se empleen en el mundo de hoy, las mejores técnicas; mientras que para la predicación solemos reincidir en los mismos tópicos y moldes, sin fuerza ni garra”.