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jueves, 8 de mayo de 2008

Manual de la Imperfecta homilia. X

10. ESTRUCTURA DE LA HOMILIA

Donde se prueba, con el teléfono en la mano, que la estructura de una homilía no es capricho retórico, sino necesidad psicológica. Se cuenta La triste historia de una monja que dio un mal paso entre pastelillos, alfajores y cabellos de ángel.

Escenario: el refectorio de los profesores del seminario mayor. Una mesa franciscana, un menú diocesano. Por el ventanal entra el jardín y sus rosas de raso. Una fuentecilla fresca y murmuradora, como tanta gente que hay por ahí, fresca y murmuradora.

Decoración: el cuadro de la Ultima Cena. El ojo malicioso de Judas, el confianzudo Juan volcado sobre el pecho del Maestro, Pedro a la expectativa del canto del gallo. Felipe en lo suyo, el cordero caliente y las lechugas frías.

Personajes: el padre José Luis Dibildox, ‘fabriqué en France” donde estudió Pastoral Catequética y el padre Gutiérrez, embotellado de origen, jamás salió de su patria; pero a cambio de geógrafo, qué buen psicólogo.

Tú qué opinas, José Luis. Por pura curiosidad estoy hojeando aquel manual de oratoria que estudiamos en el seminario menor. “¿Hasta cuándo, Catilina, has de abusar de nuestra paciencia?” Hay cosas que es preciso olvidar. Mira, página 235: “El discurso oratorio debe constar de ocho partes: exordio, narración, proposición, división, confirmación, ilustración, refutación y peroración. ¿Qué tienen que ver estas retóricas artificiales y ampulosas con la sencillez del Kerigma? La homilía se distingue por su tono coloquial, no es la “oratio” latina, esto es, el discurso oratorio, ni tampoco el “logos” de los griegos. Los sermones de hace años andaban pesados de holanes y encajeria, por eso no andaban. A la homilía evangélica de hoy, le va mejor la ropa deportiva, aérea, esencial, caminable.

—Acabo de leer, recordó el padre José Luis, un sencillo plan que ideó el norteamericano Henry Hoke al servicio del orador, y que él llama “PPPP”. Verás:

a) Picture: pintar. Empezar con una descripción del tema. (San Ignacio de Loyola se adelantó con su “composición del lugar”).

b) Prove: probar. Explicar con argumentos lo que el orador dice.

c) Promise: proponer. Llevar a los oyentes a que acepten lo que el orador propone; asegurarse de que van a comprar el producto que ofrece.

d) Push: provocar, empujar al auditorio a tomar la decisión deseada por el orador.

En eso entró Sor Brígida tropezándose con los diez metros de tela del sagrado hábito ya reformado. Usted come muy mal, padre José Luis, así no va a soportar el trabajo si lo hacen señor obispo, debería aprender al padre Gutiérrez. ¿Qué prefieren ustedes de postre?

En opinión de los seminaristas, Sor Brígida podría ser declarada santa, así el profesor de derecho canónico, el padre Pedro Sánchez, los contradijera leyéndoles el canon 1403: “La causa de la canonización de los siervos de Dios, se rige por una ley pontificia peculiar”.

—Yo tengo otra opinión, prosiguió el padre José Luis. Estas partes del discurso que tú llamas artificiales, yo las juzgo naturales; brotan de la naturaleza misma del discurso, de la manera usual con que hablamos y no del capricho de los retóricos. Dividir la homilía en partes sucesivas no es cuestión de retórica, sino de psicología y de sentido común.

De las manos milagrosas de Sor Brígida salían alfajores, jamoncillos, panochitas de nuez y de piñón, mostachones, cabello de ángel, gaznates en- canelados, yemas acarameladas, frutillas de almendra, peras cristalizadas y unos inefables suspiros de monja.

El padre José Luis, tan ascético, optó por el cabello de ángel. Gutiérrez monopolizó: —A mí, por favor, una probadita de todo.

—Dime tú, Gutiérrez, ¿cómo hablas por teléfono? El desarrollo de tu plática telefónica sigue el mismo proceso de la homilía. Ambas tienen, deben tener, un principio, un medio y un final. Y esto no es apego a las reglas que escribieron para el orador Cicerón o Quintiliano. Cuando tú tratas un asunto por teléfono, ¿qué haces? Procedes con un orden. Aun sin querer, estás dividiendo la conversación en cuatro partes muy netas, muy diversificadas y muy naturales. Saludas, propones el asunto, lo tratas y te despides. De otra manera, nuestras homilías resultan pura acumulación de materiales en bruto. Si un militar prepara la estructura de una batalla, y un guionista la estructura de lo que será la escenificación cinematográfica, y un novelista el desarrollo de su ficción, ¿por qué el predicador no ha de preparar la estructura de la homilía?

1. Exordio

Si necesitas arreglar tu automóvil, marcas el número telefónico del taller. Alguien descuelga los audífonos en la otra punta. ¿Con quién hablo? Igual que en la homilía, lo primero es saber a quiénes vamos a hablar.

Es claro que no comienzas con un imprudente ex abrupto: Quiero que arregle mi automóvil para esta tarde; sino con un leve y cordial tiroteo de políticas eficaces. —Hola, ¿cómo está usted, señor mecánico? Me da mucho gusto saludarlo. ¿Qué tal por su casa? Ah, fueron gemelos, qué bendición. Usted tan amable como siempre.

Es el exordio, la introducción, el preámbulo que exige la misma psicología del auditorio. Pues no se empieza de golpe y porrazo, sino con algún hecho que atraiga la atención del pueblo fiel, un suceso apropiado, un brevísimo relato. Había un sacerdote que así comenzaba sus sermones: Amados hermanos, antes de entrar en materia y explicarles el evangelio de hoy, permítanme que brevemente les recuerde la gravedad del pecado... Dos en uno. El predicador se despachaba dos homilías, y todo por no saber comenzar, calentar los motores, correr en la pista y levantar el vuelo.

Aunque los fieles lleven ya cinco minutos de estar en misa, es preciso disponer una masa heterogénea, quizá distraída, quizá preocupada por mil problemas que también se vinieron a misa, quizá ignorante de lo que va a oír.

Por eso no entras en materia de golpe y porrazo. Más vale rodear que rodar. Te vas insinuando poco a poco para ganarte la atención, la simpatía, la confianza del auditorio. Entrar con lo suyo para salir con lo tuyo. Atraes, fijas, dispones, preparas, fascinas. Esto es psicología y no retórica.

La imperfecta homilía comienza con frases lejanas, abstractas, mortecinas. Muertas y mortíferas. Matan el interés del más pintado. Por ejemplo:

El evangelio de hoy dice que, Nuestro Señor Jesucristo afirma en esta parábola que, en las lecturas que acabamos de leer, este es el domingo 21 de Pentecostés, celebramos hoy la fiesta de Todos Santos, reflexionemos en esta doctrina que el Espíritu del Señor...

¿Crees tú que con estas entradas cadavéricas vas a reunir de golpe 400 cabezas desparramadas, hacerlas vivir, tenerlas pendientes de tus labios, excitar su curiosidad y atrapar el vuelo de tantas mariposas fugitivas? Jura que cualquiera de estas frases equivale a una buena anestesia, dormitaveruntomnes et dormierunt. El primer minuto de la homilía es definitivo. Saber comenzar, calentar el motor para que arranque. Encender los tableros de mando para un disparo perfecto. Tomar altura. Llevar a todos los pasajeros en el vuelo.

¿Cómo? Habla con seguridad y reposo. Sé breve, claro, insinuante. Comunícate con el auditorio. Habla de él, de lo que a él le interesa. Dile algo directamente. Proponle un problema. Lánzale una pregunta. Nárrale un hecho, una anécdota.

—En el periódico de hoy aparece esta noticia.

—¿Alguno de ustedes ha visto un camello?

—Ayer vino a yerme un vendedor de libros.

Te aseguro que hasta los sordos oyen. Sobre todo si empiezas contando un hecho vivo y concreto. Un hecho, no una doctrina. La doctrina vendrá después. Un hecho que se relacione con esta doctrina, nacido “ex visceribus rei”. Un hecho como son todos los hechos: drama, dinamismo, lenguaje. Un lenguaje que habla a los sentidos y pone en marcha la imaginación.

En verdad te digo que por una reja del cielo el príncipe de la elocuencia sagrada, San Juan Crisóstomo, si no se asoma de cuerpo entero, por lo menos asomará el pico de oro para aplaudir.

2. Proposición

Estábamos hablando por teléfono. Concluyeron los ritos de entrada. El saludo, la sonrisa muy ancha. Ahora al grano. Le hablo a usted para suplicarle que arregle la marcha del automóvil. ¿Podría usted?

La proposición es la enunciación del tema de la homilía. La síntesis del argumento. Equivale al título. Homilía sobre los efectos del bautismo. Homilía sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Homilía sobre la manera de hacer una buena confesión. Homilía que explica por qué Nuestra Señora fue Inmaculada.

El predicador, es claro, siempre debe llevar en la mente la proposición. Saber de qué va a hablar. Llevar el tema perfectamente delimitado, precisado, esto sí y esto no.

Algunas veces será necesario decir explícitamente a los fieles, en un período muy breve y muy claro, el asunto de que va a hablarles, explicar por qué va a hablar precisamente de eso y qué valor tiene para ellos el tema en cuestión.

Otras veces bastará el enunciado implícito. En cualquier caso, lo importante es que, terminada la homilía, los fieles sepan de qué les habló el predicador, cuál fue la idea central, la síntesis del mensaje.

3. Confirmación

Al principio se sirve el frugal entremés con el exordio; al final el postre o la taza de café con la peroración. El plato fuerte es la confirmación, que así se llaman las pruebas de la proposición, la homilía propiamente dicha.

¿Qué tema elegiste para tu predicación de hoy?

Aquí es donde tienes que enseñar, demostrar, probar, argumentar, refutar, mover.

Todo lo que aprendiste en el seminario lo aprendiste para este momento. Tu consagración de profeta, tu función de liturgo, aquí se ejerce. Es preciso abrir la batería pesada, realizando los tres fines que San Agustín marcó a la oratoria sacra.

Ut veritas pateat, hablar a la mente de los fieles. Ser claro y ordenado. Huir de vaguedades y sutilezas, cuestiones disputadas y erudición para iniciados. Una idea tras otra, sin complicar el esquema, sin querer decirlo todo, saber renunciar a otros temas, a otros aspectos del mismo tema. Sol, mañana abierta, faros contra la niebla.

Ut veritas moveat, hablar a la voluntad. Ser convincente y convencer. Sacudir la mediocridad y la apatía. Arrancar una decisión. Contribuir a la conversión del hombre. Señalar caminos. Hacer vida la verdad.

Ut veritas mulceat: hablar a la imaginación y a la sensibilidad. Sensibilizar constantemente las ideas, porque el hombre moderno no piensa sin imágenes. Ser agradable. Predicar no es aburrir.

4. Peroración

Sí, el teléfono está pendiente. ¿Terminaste de tratar el asunto de tu automóvil con el mecánico? Ahora a despedirse y agradecer. Con lo difícil que resulta poner punto final.

Qué sudores de Huerto de los Olivos, qué calles empinadas de la amargura sufre el predicador de homilías, y con él su auditorio entero, cuando no puede aterrizar. Ya parece que los frenos obedecen, saltan las ruedas aprestándose a tocar tierra, el aeropuerto a la vista, los viajeros comienzan a desabrocharse los cinturones en busca de libertad, y esto es volver a hacer piruetas en el aire, cae que no cae, el juego del sube y baja, que se va y que se viene, y el glorioso panzazo a como caiga el aparato.

¿Una lista de finales defectuosos?

—Querer decir en los últimos minutos todo lo que no cupo en la homilía.

—Alargar torpemente la última idea por no encontrar el cabo.

—Repetir lo que ya se dijo.

—Emplear muletillas gastadas y frases hechas:

“y así todos iremos al reino celestial”, “pidan a Dios que nos ayude para no caer en pecado”, “amados hermanos, esta es la doctrina de Jesús en el evangelio de este domingo”.

—Terminar todo desinflado y falto de cuerda, diciendo de repente “y nada más”.

—Emplear una perorata altisonante con tópicos pseudoemotivos entre el estallido grueso y barato de la cohetería.

—Continuemos la misa rezando el credo.

Predicadores jóvenes y experimentados suelen caer en la trampa. Siempre la misma razón: como no preparan el final de la homilía, sale cualquier cosa. Una despedida ingenua, boba, congelada. Qué distintos los postres de la Madre Brígida.

Pueden ser buenos finales de homilía una breve recapitulación del tema; una aplicación práctica y concreta que ponga en ejecución la teoría expuesta; una consigna, una invitación, un encargo, una petición al auditorio; un brevísimo ejemplo que contenga la lección central de la homilía; una frase o sentencia que sea como su clave y síntesis.

Y dos trucos del oficio: no digas que ya vas a terminar, es mejor que termines sin anunciarlo. Termina antes que el auditorio lo sospeche, deja de hablar en el momento en que menos se lo piense. Cultivar la sorpresa.

El secreto estructural de una homilía no tiene secretos. Es un principio, un medio y un final. O como dijo Platón en el diálogo Fedro, es una cabeza, un cuerpo central y las extremidades. Basta saludar, tratar el asunto y despedirse. Basta tener algo que decir, decirlo y enseguida callarse.

Don Miguel de Unamuno, el escritor y rector de la Universidad de Salamanca, pedía que, a las tradicionales obras de misericordia, se añadiera una importantísima: Despertar a los dormidos. Una homilía bien estructurada no sólo despierta a los dormidos, sino que también no permite que los despiertos duerman.

Manual de la Imperfecta homilia. IX

9. HOMILLAS PARA HOY Y PARA AQUI

En que se dice que el predicador debe ser como el periódico y la homilía como la noticia. Se presenta la imagen de Cristo Reportero.

¿Otra definición de hombre? Sí, porque las mil y una que ya existen, no acaban de satisfacer a nadie. El mono desnudo, el mono vestido, el mono gramático, fragmentos de luz, trozos de cristal en el caleidoscopio. Pongamos otro más, por si la figura adquiere un nuevo colorido, el mono informado. A sus necesidades biológicas y espirituales, el hombre ha añadido a partir de este siglo la necesidad de información.

Informar es dar noticias. Sin noticias el hombre acentuaría su soledad, perdería su nueva dimensión de ciudadano del mundo de la que no piensa renunciar. Las noticias son el cordón umbilical que lo alimenta, sin ese alimento desfallecería.

Las noticias, he aquí la expresión más sencilla, pero más gráfica, de la naturaleza social y de la actividad solidaria del hombre.

Por eso la fiebre con que quiere ser informado

—saber lo que sucede en el mundo porque es su casa— no una vez, sino varias veces al día.

Del periódico ha hecho más que un apéndice al margen, una parte habitual de su vida. Porque el periódico es todo información, desde el bloque macizo de noticias que constituye su misma esencia, hasta los artículos de la página editorial que comentan esas noticias y aun los anuncios que en cierta manera se asoman con un rostro noticioso.

De la radio y televisión, el hombre contemporáneo guarda indudable preferencia por los noticiarios, de cuyos horarios y programaciones siempre está al tanto. Y en cuanto al cine, las películas podrán ser discutidas; en cambio, los documentales informativos tienen asegurada la aceptación general. El mono informado.

Es típica la definición norteamericana de noticia: “Algo que ha sucedido y en que la gente está interesada”.

Sin hechos no hay noticias. El reportero los ve y los oye. Es el testigo que transmite su experiencia. El que presta sus ojos para que los otros vean, el que presta sus oídos para que los otros oigan. El puente trazado entre el acontecimiento y el hombre interesado en él.

Noticia es el relato de lo que habiéndose producido en el último instante, es desconocido por quienes no lo presenciaron y están interesados en conocerlo. ¿Por qué no hacer de la homilía una noticia y del predicador un reportero?

Cristo es el reportero por excelencia que nos descubre la vida y la palabra de Dios: “el que me ve, ve a mi Padre”, “yo he venido para revelarles estas cosas”. Reportero y noticia a la vez, mensajero y mensaje, revelador y revelación, transmisor y transmisión. “El que me oye no anda en tinieblas”.

Cristo vino precisamente a evangelizar, es decir, a informar, enterar, dar noticias. Su evangelio, a diferencia de las noticias humanas, siempre es una buena noticia, porque es noticia de salvación. Y además, una noticia nueva, no antigua ni anticuada, tan actual como Dios, como Cristo mismo que siendo de ayer es de hoy y de siempre, como la necesidad permanente de liberación que tiene el hombre. Un hombre que por la palabra de Dios tiene que ser renovado, revestido de la novedad de Cristo.

La Biblia es la palabra de hoy de Dios para el hombre de hoy, como será para el hombre de mañana. No es que se ponga ni que pase de moda. De por sí es historia viva, noticia, novedad, frescura, flamante actualidad.

La realidad es muy otra. La buena nueva nos llega a través de un texto escrito hace siglos, que por tanto tiene una tradición y que además el sacerdote la da por conocida, leída, estudiada. La noticia deja así de ser noticia.

Los fieles que escuchan la explicación de un trozo bíblico lo sienten tal vez como lo más natural del mundo, como algo sabido desde antiguo. Las bienaventuranzas, ah, sí, ya me acuerdo. La parábola del hijo pródigo, el mismo disco de ayer y de antier. El predicador no pudo percibir ningún atisbo de novedad, de actualidad en el texto bíblico que comentaba. Tal vez la rutina contraída al paso del tiempo, la falta de oración y reflexión, la tibieza y la negligencia, tal vez las cobardías, las capitulaciones.

Si quieres que llore, es preciso que tú llores antes, así traducían a Horacio los seminaristas de los fabulosos veintes. Si el predicador no convierte lo conocido en desconocido, si no se sorprende ante lo que él mismo predica, no podrá despertar en el auditorio un sentimiento de sorpresa. Su rutina desencadenará una nueva rutina.

La lectura del Evangelio suele comenzar con la fórmula tradicional “en aquel tiempo”, que la homilía prolonga en la misma fecha. La predicación es también “en aquel tiempo”, no “en este tiempo”, “para este tiempo”, sino cosa del pasado, archisabida, caduca, liquidada. Sobre las ideas y el estilo, una gruesa capa de polvo de in illo tempore.

¿Cómo devolver a la homilía la novedad de la noticia? Pues haciendo que la homilía conjugue las tres características sustanciales de la noticia, que son la actualidad, la proximidad y el interés.

Actualidad

Veinticuatro horas es un plazo tan largo en la vida de un periódico como una generación en la vida de un hombre. El lector ansía saber lo que pasa hoy y sucederá mañana, conforme ha perdido todo interés por el ayer, así el ayer haya sucedido un día antes. Quiere la noticia fresca en el periódico y en la homilía.

El predicador ha de orientar el texto bíblico a la nueva situación histórica del hombre al que se dirige, descubrir el mensaje que guarda para el cristiano concreto de hoy, entrañar sus derivaciones hacia las actuales circunstancias, aplicar la palabra eterna al momento efímero.

La homilía que huele a tiempo pasado o manifiesta un neutralismo atemporal, no le dice nada al auditorio a no ser un bostezo demasiado elocuente. Si el predicador afoca la luz del Evangelio sobre la problemática real del hombre-siglo-veinte, donde éste pueda encontrar una palabra personal para su situación presente, la homilía será una predicación de hoy para el hombre de hoy y no, como a menudo acontece, una predicación desde hoy para el hombre de ayer.

La proximidad

Una noticia es más noticia a medida que los hechos que relata suceden más cerca del lector. El incendio de un mercado en la ciudad donde uno vive, es noticia de ocho columnas; si el incendio se registra a quinientos kilómetros, merece unas cincuenta palabras; si acontece en África, no es noticia ni hace falta que aparezca en el periódico.

El interés del lector aumenta de acuerdo con la proximidad. Lo más próximo es él mismo. Por eso la noticia que más interesa es aquélla donde el lector aparece. Su nombre en letras de imprenta y por la calle.

La homilía masificada que se dirige a un auditorio inconcreto y vago, en realidad no se dirige a nadie. Bronce que resuena en el aire. Cada uno de los que escuchan debe sentirse aludido, interpelado en lo individual. La palabra de Dios fue dicha para mí en lo personal. El predicador se refirió a mí, habló conmigo, de tú a tú. Proximidad, presencia, conversación.

Interés

De los varios cientos de noticias que aparecen en el periódico del día, nos detenemos en algunas, rechazamos las demás. Sólo leemos las que nos parecen importantes, las que tienen trascendencia, las únicas que merecen nuestra atención.

No es otra cosa lo que busca el auditorio en la homilía. Algo que de veras importe para su vida. Que lo afecte, que le llegue, que lo entusiasme.

La palabra de Dios es por sí misma actual, próxima e interesante, verdadera noticia con sus tres notas esenciales. Sólo falta que la palabra del predicador sintonice con la palabra de Dios y la psicología del hombre.

Bellas palabras de Blondel: “En cuanto uno ya no se sorprende de Dios como de una inefable novedad, y se le mira desde fuera como objeto de conocimiento o como simple ocasión de estudio especulativo, sin juventud de corazón ni inquietudes de amor, todo se terminó, y en las manos no queda más que un fantasma y un ídolo”.

Sí, no vale quedarse en las nubes. La homilía debe ayudar en su vida cristiana a unos hombres y mujeres que viven hoy en un mundo determinado; por lo mismo, debe estar atenta a la realidad para iluminarla con la palabra salvadora que nuestro Padre Dios dirige a sus hijos. Los hechos de vida que la homilía tendrá presentes son variadísimos: los problemas, intereses y aspiraciones de nuestra generación; los aconteci-mientos de la Iglesia universal y particular; los asuntos de la nación y de la comunidad local; los temas candentes de la familia y del trabajo, de la vida social y política. ¿Puede una homilía olvidar las palpitaciones de la historia? Ella es el puente donde se encuentran Dios y los hombres.

El Evangelio que leemos antes de la homilía, comienza así: “En aquel tiempo”. Pero aquel tiempo es éste. Hay que poner el pasado en presente. Porque lo que aconteció en Belén, Nazaret o Jerusalén es un punto de referencia para hablar de lo que sucede hoy y aquí.

Manual de la Imperfecta homilia. VIII

8. HOMILIAS PLUSCUAIMPERFECTAS

Pasa un peligroso desfile de homilías. Fanfarrias y pendones. Tanques de guerra. Disparos al aire. Tenga usted cuidado.

La homilía libresca

Su Señoría modeló una homilía inobjetable de doctrina. Teología como pulpo en su tinta. Los sinodales de la Pontificia la hubieran sancionado “cum laude”.

Pero, ¡ay!, demasiado sabor a libro, homilía de papeleta, predicación de escritorio, academismo de marmórea elegancia, argumentos asumidos en orden riguroso “ex Scriptura, traditione et rationibus convenientiae”,demostración inductiva y deductiva, algún “a priori” y numerosos “a posteriori”,un verdadero curso de invierno, con más invierno que curso, tesina para el claustro de profesores. ¿Y los obreros, y las amas de casa, y los jóvenes deportistas?

¿Dónde se enciende la calefacción? ¿Dónde está la ventana que da a la calle? La biblioteca, la erudición teológica congeló la vida, la vida que está en la Palabra de Dios precisamente para vivificar al hombre.

La homilía arqueológica

—Carísimos hermanos.

Desde el ambón un sacerdote de ojillos perdedizos bajo los gruesos aros de carey, catedrático de Gnoseología en el Seminario Mayor, noches de investigación robadas al descanso, explicaba a la asamblea el texto de Mateo sobre la adoración de los magos. La Epifanía a la vista.

“Reinando Herodes. Trátase aquí de Herodes el Grande, llamado el Idumeo, que reinaba hacía más de treinta años. El historiador Josefo certifica que, atacado de una enfermedad repugnante, murió devorado por los gusanos. Unos magos vinieron del Oriente. (Tres minutos geográficos para precisar el punto de partida; otros tres para demostrar, contra San Cesáreo de Arlés, que los magos no eran reyes, sino magos).

¿Cuántos fueron los magos? La Iglesia siria habla de doce; la Iglesia latina de tres, según testimonio de San León y los frescos de las Catacumbas. Lo más seguro es que quién sabe cuántos serían (véase en J. Knabenbauer). ¿Cómo se llamaban los magos? Disgresión interesantísima por los campos de la onomástica. ¿Cuándo llegaron a Belén? Referencias al calendario romano y judío. Vimos su estrella en el oriente. ¿Qué era aquella estrella, carísimos hermanos? ¿Un rayo de luz, una conjunción planetaria, un brillante meteoro?

El predicador concluyó aludiendo al oro de Ofir, el incienso de Arabia y la mirra de Etiopía. He dicho.

Arqueología: ciencia de las artes y documentos de la antigüedad. Homilía arqueológica: Trata de reconstruir el pasado, incursiona en los detalles secundarios como si fueran primarios, convierte la historia de la salvación en historia, goza explicando no el mensaje de Dios sino curiosidades periféricas. Tales como fariseo, dracmas, hidras, metretas, estadios, Mar de Galilea, hora sexta, ascendencia de José, el atrio del templo, la topografía del Calvario, el menú de la última cena.

Bien están unas cuantas pinceladas que clarifiquen los escenarios bíblicos, la explicación de un dato que resulta una incógnita para los no iniciados, un poco de color que devuelva al pasado su efectividad de vida. Cristo real en un mundo real, pero sin la manía arqueológica ni la exageración histórica que se anda por las ramas.

La homilía romántica

La campanilla del convento asustó a los pájaros que picoteaban los duraznos. La hermana cocinera no podía odiar a los pájaros, hija al fin de nuestro seráfico padre Señor San Francisco; pero hacía sus restricciones mentales. Soñaba con aderezar unos duraznos en almíbar para el santo de la Reverenda Madre, de esos que confieren trescientos días de verdadera indulgencia.

Las hermanas tomaron sus asientos en la capilla sonando largos rosarios frisones, una gota de agua bendita en la frente. Alabado sea el Santísimo Sacramento, en cada instante y momento.

El padre capellán, un viejecito también en almíbar, dulce y picoteado por el pájaro del tiempo, fue abriendo los labios con trabajo, las puertas enmohecidas.

—Amadísimas hijas en Jesús, José, María y Francisco.

—Amén, contestaron a coro las hermanas.

Los hombres, como las homilías, según Carlyle, se dividen en aristotélicos y platónicos, cerebrales y sentimentales, pura cabeza o puro corazón.

El romanticismo surge a principios del siglo XIX como una corriente artística y vital que, por natural reacción contra un racionalismo frío y academista, enhiesta en un pedestal a los valores afectivos y pasionales e irrumpe con el sentimentalismo a hombros de apoteosis contra la demasía de la razón. El corazón late de nuevo, los ojos se acuerdan que también sirven para llorar.

Pero es claro que el romanticismo que todos llevamos connaturalmente en el alma, existe antes y después que se hace escuela y moda. ¿Quién que es, no es romántico?

Es natural que de predicadores platónicos surjan homilías románticas. Tan románticas algunas que parece que está uno leyendo la típica novela rosa, Pérez y Pérez las escucharía con devoción.

Emplean las mismas técnicas del folletín y la telenovela: lágrimas y sonrisas, una fuerte dosis de azúcar sin miedo a la diabetes. Una exclamación por aquí, una interjección por allá, el recurso efectista del grito y el trémolo, el lenguaje del sentimiento en re menor, “pavana para una infanta difunta”, el despliegue de las pasiones en ancho abanico y hasta alguna frasecilla pietista y suavecita:

“Amadísimas hijas, Cristo vive llorando en el sagrario

No estamos contra la emoción. Los grandes pensamientos nunca son tan grandes como cuando pasan por el filtro del corazón. ¡El fuego, la sensibilidad, la creatividad imaginativa con que predicó Cristo! Estamos contra el prurito de poner la emoción en primer plano y en querer suplir, con los recursos de la fantasía, el contenido doctrinal.

Predicar no es andarse por las ramas, pero tampoco andarse por el tronco. El árbol completo es primero tronco, después ramas.

Salvador Díaz Mirón, tan poco homilético en su tumultuosa vida, daba la clave del poema, que por añadidura es también la clave de la homilía:

“Tres heroísmos en conjunción:

el heroísmo del pensamiento

el heroísmo del sentimiento

y el heroísmo de la expresión”.

La homilía demagógica

Fray Juan de los Ángeles que, a juicio de Menéndez y Pelayo, escribía con un estilo de leche y miel, entre nieve y oro, escribe en el prólogo de sus Triunfos del amor de Dios que el hombre en su larga vida apenas puede hacer una definición quiditativa de cuantas cosas Dios crió. Una definición por vida. Bastante poco. Seamos, pues, tolerantes con el reverendo diccionario de la lengua. El diccionario define así.

Demagogia: corrupción de la democracia sacrificando el interés general al de un grupo. Halago a las masas.

Demagogo-a: cabeza o caudillo de una facción popular. Sectario de la demagogia. Orador que promete lo incumplible.

Atenidos a estos intentos definitorios, la homilía demagógica sería aquella que traiciona al mismo tiempo tanto al mensaje como al destinatario del mensaje. En ambos casos, el mensajero huele un poco a traidor, objetivamente es claro, porque “de internis neque Eclesia iudicat”.

Traición al mensaje, porque el predicador agranda o empequeñece, destaca o acalla, y en cualquier caso desfigura y distorsiona la doctrina y las realidades, la palabra divina y los acontecimientos humanos. Lleva el agua a su molino, hace decir al evangelio lo que él quiera que diga o no diga, interpreta a su conveniencia, el magisterio universal lo vuelve magisterio personal; la Iglesia, iglesia de bolsillo.

Traición al destinatario del mensaje, la porción del pueblo de Dios que pastorea, al que busca mucho más que servir; al que presenta no la verdad integral a la que tiene derecho, sino la sutil imposición de su verdad, al que algunas veces divide en lugar de unir, al que despista con sus opiniones en vez de educar en la fe, al que presenta problemas sin ofrecer soluciones y si las ofrece resultan enigmáticas o utópicas.

Una homilía demagógica puede partir de cualquier boca, a propósito de un tema muy espiritual o muy temporal, a título de eso que llaman derecha e izquierda, en nombre de la tradición o del progreso, a favor de o en contra de. El resultado es el mismo, traición al mensaje y a su destinatario.

Entiérrese o crémese la homilía que versa sobre temas de política de partidos, no la que defiende la Política (así, con mayúscula) del bien común. “Lo primario del profeta es anunciar, no denunciar. Su figura no es la de Jeremías, sino la del ángel sentado junto al sepulcro en la mañana pascual” (Luis Maldonado).

Manual de la Imperfecta homilia. VII

7. HOMILIAS DE ECO

Eco: repetición de un sonido reflejado por un cuerpo duro (Diccionario de la Lengua Española). Se suplica no confundir los peces con los panes.

Cada homilía tiene su perfume. Huelen unas a sagrario, urdidas en los telares de la contemplación. Otras despiden sutiles polvillos de escritorio, muy vertebradas de teología y patrística, ex fontibus revelationis. Otras, en fin, huelen decididamente a gasolina, con lo que ha subido el precio, medio ideadas entre el ajetreo pastoral y sus anexos, en el ir y venir del hospital al seminario, del confesonario al bautisterio, de la notaría al círculo de obreros, del salón parroquial a la inspección de una barda caída, de la reunión con la Archicofradía de los Dolores a la merienda con Doña Jesusita. La prisa, su majestad la prisa. Caminata o sacerdocio contra el reloj.

No es que el padre José María sea un irresponsable de su ministerio profético, ni lo permita Dios.

El pobre se deshace, se multiplica y en caso ofrecido se biloca. Diez años de ordenación sacerdotal, capellán segundo en un santuario tapizado de peregrinos, retablos y cascarillas de cera en el piso. Todo por un Cristo doliente y ensangrentado.

El padre José María también tiene su perfume. ¿Agua y jabón, chanel, lavanda de azahar? A juicio de las vejezuelas de la misa de seis de la mañana, el padre Cherna vive en olor de santidad. Pero la prisa. Trabaja por seis. Hormiga, abeja, pájaro carpintero. El celo de la casa de Dios lo devora.

Comed it me, podría ser el lema de su probable episcopado o el epitafio de la segura tumba. No se da abasto entre esas oleadas de romeros que vienen a pagar sus mandas, a dejar muletas los antiguos semiparalíticos, a llorar sus pecados las ex- magdalenas. Y con esto y con aquello, llega la misa de seis de la mañana. Domingo 21 después de Pentecostés.

—Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (14, 15-21).

—Gloria a ti, Señor.

—“En aquel tiempo, al caer de la tarde, sus discípulos se llegaron a Jesús diciéndole: El lugar es desierto y la hora es ya pasada, despacha a esas gentes para que vayan a las poblaciones a comprar que comer. Pero Jesús les dijo: No tienen necesidad de irse, denles ustedes de comer. A lo que respondieron: No tenemos aquí más de cinco panes y dos peces. Díjoles él: Tráiganmelos acá. Y habiendo mandado sentar a todos sobre la hierba, tomó los cinco panes y los dos peces y levantando los ojos al cielo, los bendijo y partió; y dio los panes a los discípulos y los discípulos los dieron a la gente. Y todos comieron y se saciaron, y de lo que sobró, recogieron doce canastos llenos de pedazos. El número de los que comieron fue de cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. Esta es la palabra de Dios”.

—Alabanza a ti, oh Cristo.

—Siéntense un momentito por favor. No es verdad, pero es un consuelo. El padre Cherna hace largas las homilías porque no tiene tiempo de hacerlas cortas.

Los fieles se sientan obedientes y cabizbajos. Aparece el sacristán, el rostro metafisico, charola en mano para el sagrado rito de la recolección. Los monaguillos aprovechan la coyuntura para hacer mutis entre las cortinas de gasa que condecoran el altar mayor. El predicador guarda un minuto de silencio. ¿Duda, oración, hacer memoria, buscar el cabo de una idea?

—Muy amados hermanos en Cristo Crucificado: El Evangelio de este domingo nos narra que Jesús andaba en un lugar desierto. Lo seguía una gran multitud que sin duda tendría hambre, pues era ya muy tarde. Entonces los apóstoles le dijeron que despachara a la gente a ver si hallaba algo de comer por ahí en los pueblos cercanos. Pero nuestro Señor, que era tan bueno, no aceptó la proposición de los apóstoles, sino que les preguntó si ellos traían algo de comida. Los apóstoles sólo tenían dos panes y cinco peces (evidente lapsus unguae). Entonces nuestro Señor levantó los ojos al cielo como en actitud de adoración y súplica hacia el Padre celestial que nada podía negar a su Hijo (cómo?). Luego bendijo los dos panes y los cinco peces (lapsus memoriae) y según los iba partiendo se iban multiplicando en un verdadero milagro de amor y misericordia. (El padre José María respiró).

Nuestro Señor hizo sentar a -todo aquel gentío para que comiera a gusto. El Evangelio dice que había hierba en aquel lugar, señal que era tiempo de primavera. Hizo que los apóstoles repartieran la comida y todos comieron hasta saciarse. Amadísimos hermanos, cuántos panes y peces no multiplicaría Nuestro Señor que de las sobras se llenaron doce canastos, imagínense ustedes. Y eran cinco mil hombres sin contar a las mujeres y a los niños que debieron ser mucho más que los hombres, que es lo que pasa siempre. Los hombres no vienen a misa ni a confesarse. Los hombres no comulgan, los hombres no asisten al rosario, no salen de la cantina. (Desde el fondo de sus tápalos negros, las mujeres asentían con la cabeza). Pidamos a Dios, amadísimos hermanos, que nos aumente la fe para que siempre hagamos su voluntad, y que si nos enfermamos y tenemos penas, aquí está la imagen bendita y milagrosa de este Cristo Crucificado, dispuesto a multiplicar sus gracias como dice el Evangelio de este día”.

—Creo en un solo Dios Padre Todopoderoso...

La técnica homilética del padre José María no puede ser más práctica, sobre todo tomando en cuenta la prisa y el trabajo que abruman al venerable clero del Tercer Mundo.

Insiste en repetir el evangelio, decirlo otra vez, traducirlo —tradutore, traditore— a sus propias palabras sin ponerle ni quitarle. Aunque se aceptan algunas breves disgresiones y comentarios personales; así por ejemplo, la hermenéutica climatológica del padre José María nos hizo favor de aclarar que la escena evangélica se sitúa en la primavera, pues en aquel lugar había mucha hierba. La prueba vegetal es contundente.

Si se acaban de leer, despacio, sabrosa y clara-mente, los textos bíblicos en su original, ¿para qué medio destrozarlos tratando de repetirlos a su manera? ¿No basta la alusión en lugar de la repetición? Por otra parte, la homilía no consiste en la lectura literal o casi de un trozo bíblico, sino en el ejercicio personal del ministerio profético que compete al sacerdote. El texto bíblico no es la predicación sino el alma y el punto de partida de la predicación.

Es el alma. “Dei verbum” del Vaticano II, 21 y 24: “La homilía ha de nutrirse saludablemente y vigorizarse santamente con la misma palabra de la Escritura”.

Es el punto de partida. “Sacrosanctum concilium”, 35: “Se recomienda encarecidamente como parte de la misma liturgia, la homilía, en la cual se exponen durante el ciclo del año litúrgico, a partir de los textos sagrados, los misterios de la fe y las normas de la vida cristiana”.

El padre José María no parte de los textos sagrados, los parte, que es otra cosa. Tal vez por una de esas huellas del subconsciente o fijaciones freudianas que vienen desde la infancia. Cuando era muy pequeño solía jugar con un reloj de repetición que guardaba su abuelo en la mesilla de la recámara.

Su Señoría, el ilustrísimo canónigo, bonete en mano, borla blanca de Teología por la Pontificia de Salamanca, ¡nada!, alba espumosa a dos agujas, quebradizo de carnes, sutil, transparente, predicaba aquel mediodía de adviento, sea dicho con Rubén Darío, “un aire suave de pausados giros” ante un público variopinto de amas de casa, obreros de diversas fábricas, un evidente grupo de jóvenes deportistas, camiseta a rayas, y la explosión demográfica a sus anchas, los niños lactantes sollozaban a dúo.

—Amados fieles en Cristo Nuestro Señor.

Manual de la Imperfecta homilia. VI

6. TEMAS OMNIPRESENTES Y TEMAS AUSENTES

Se refiere así a las homilías que son disco rayado, corno a las que callan melodías. Se insiste en que el ambón debe oler a oveja. No a Chanel 5.

Usted se acuerda de aquel padrecito preconciliar, él no tuvo la culpa de morirse antes del Vaticano II, que sólo se sabía el sermón de la confesión, sin humor para aprenderse otro, pero habilísimo para introducirlo en cualquier ranura.

De suerte que cuando lo invitaron a cantar las glorias del Castísimo Patriarca Señor San José, se acordó de su lógica menor aprendida con qué apuros en los verdes años de seminarista y para pronto disparó una sorites de antología, “Carísimos hermanos, celebra hoy la Iglesia la fiesta de san José. San José fue carpintero. Los carpinteros fabrican confesionarios. Los confesionarios sirven para oír las confesiones. Os hablaré de la confesión”. (Sorites: silogismo en que el predicado del juicio anterior pasa a ser sujeto del siguiente).

También algunos carísimos hermanos post-conciliares inciden en semejante manía. Más o menos repiten el mismo menú cada vez que predican. Y si son párrocos inamovibles, la indigestión diezmará a la grey. Délo por hecho.

Insistencia hasta el hastío, monotonía hasta el cansancio. ¿Por qué? Sea por personales gustos y preferencias del orador, por la pereza en preparar otros temas, por la moda al día —pues de ella no se escapa ni el saber teológico— que va poniendo ciertos temas de relieve según se quedan otros postergados, y aun porque no es raro que algún predicador viva obsesionado por determinado tópico del que se considera su personero, difusor, apologista y magnavoz.

El sacerdote que lleva trabajando diez años con el laicado apostólico es claro que habla a cada paso del sacerdocio bautismal; y que el otro que jadea entre alcohólicos anónimos, se dispare contra la ebriedad hasta en la homilía de la Purísima; y que el catedrático de Historia de la Iglesia suela predicar con base en Constantino, las Cruzadas y la Contrarreforma. De la abundancia del corazón habla la boca. Yubi corpus ibi congregabuntur et aquilae”.

Las cosas suelen extremarse hasta tal punto, que en una parroquia de cuyo nombre no debo acordarme, dotada de párroco, vicario parroquial A y vicario parroquial B, los fieles acertaban en sus pronósticos, la quiniela no tenía pierde; pues si aparecía en el altar el vicario A, estaban seguros de que hablaría sobre el testimonio bautismal; si era el vicario B, podrían esperar un discurso sobre el tema “todos somos Iglesia, no sólo el papa y los obispos”; y si el párroco en persona ascendía al ambón, por sabido se daba una perorata en contra del cine pornográfico, pero a favor de los diezmos y primicias.

El egoísmo de los gustos personales sin atención a las necesidades generales del sufrido pueblo de Dios, la inercia intelectual, la verificación del apotegma “cada cuerdo con su tema”, el olvido de los textos bíblicos que marca la liturgia, la moda en turno y aun la especialización de los doctos, son los responsables de pegar la aguja al microsurco hasta rayarlo de pura monotonía en detrimento de la historia de la salvación reducida a un solo capítulo, en detrimento de la liturgia eucarística de la que la homilía forma parte integral y en detrimento de los fieles obligados a escuchar cada domingo el mismo son.

Por otro lado, hay temas ausentes, marginales, silenciados, yo no diré de propósito, juzgue Dios, sino por inconsciencia más o menos voluntaria, de los que jamás habla el predicador en sus homilías.

Se irá a la tumba sin haber predicado jamás del primado de Pedro, la unción de los enfermos, o el “no mentirás”; no tendrá derecho al epitafio del Santo Cura de Ars que predicaba de todo el Evangelio con “amore - more - ore - re”.

Trabajo que deberán presentar los seminaristas para tener derecho al examen mensual de Pastoral Didáctica. ¿Cuales son a tu parecer los temas que el sacerdote no suele tocar hoy en sus homilías? Enumera los principales según tu experiencia.

—“En las homilías que me ha tocado oír en mi parroquia desde hace dos años, pues voy cada domingo a ayudar en la participación de los fieles en la misa, nunca se ha hecho referencia al tema de los santos (quiénes son, su culto, cómo imitarlos), los temas escatológicos (no he oído hablar nada del infierno, el cielo, la muerte, el juicio, el diablo, a pesar de haberse puesto de moda gracias a “El exorcista”). No se dan a conocer a los fieles los documentos pontificios ni las pastorales colectivas de los obispos. Poco se ha predicado sobre los grandes temas de la ascética cristiana y la vida espiritual, como si hubiera pasado de moda nuestra vocación a la santidad. También creo que los padres no insisten en las virtudes y pecados sociales de los que todos somos responsables, como la paz, la justicia, la libertad amenazada por todas partes. Dispense la brevedad, pero espero que por favor me conceda derecho a presentar examen. Acuérdese que usted fue también seminarista. Gracias”.

Hace algunos años, la tendencia de la homilía era más bien moralizante. Se nutría, por usar una frase todavía pedagógicamente válida, no tanto de teología dogmática cuanto de teología moral, “que trata acerca de los actos humanos en cuanto que son medios para alcanzar el fin último sobrenatural”.

Y entonces los fieles recibían tupidos consejos acerca de los pecados y las virtudes, los deberes de estado, los preceptos de la Iglesia, la casuística de cada día, los diez mandamientos de la Ley de Dios que se encerraban un poco freudianamente en dos, el sexto y el noveno.

Predicación machacona y repetitiva, al grado que la palabra “sermón” solía ser sinónima de regañada, donde a veces el Crisóstomo en turno ni siquiera explicaba la moral como ella es, positiva y estimulante, un chorro de luz para el camino, sino código exclusivo de prohibiciones, almacén de sombras.

A fuerza de predicar lo que es preciso practicar, se olvidaba lo que es preciso creer. Teología moral, sí; teología dogmática, no.

Importaba más aclarar en qué consistía el ayuno eucarístico que la Eucaristía. Y si acaso se elegía un tema dogmático, enseguida se le hallaban sus derivaciones prácticas, con lo que el dogma quedaba fuera de combate.


Manual de la Imperfecta homilia. V

5. HOMILIAS SIN ARGUMENTO

Donde se pondera la eficacia de las homilías sin argumento. Y se confirma lo dicho por el ejemplo de los moluscos, el Escorial el Altar de los Reyes y el futbol de tercera división.

Un amigo trabaja para una revista transnacional. Bien pagado, como que su trabajo no es para menos. Cada mes tiene que condensar una novela de trescientas páginas en treinta. Volcar el mar en el agujerito de la playa. Extraer la médula, dejar el libro en pura radiografía, desvestirlo de sus galas, su dorado traje de noche, y dejarlo deportivamente ligero, casi “in albis depositis” o en esenciales shorts.

Un trabajo de miniaturista, éste de ir quitando hoja por hoja, pero sin tocar el tronco; pues lo que interesa es dejar intacto el argumento, esta idea central en torno de la cual giran los episodios secundarios y desprendibles. Con la lectura del argumento ya tienen los lectores superficiales para presumir de que leyeron la novela.

El trabajo que mi amigo con heroica paciencia puede realizar sobre una novela, acaso le fuera imposible hacerlo sobre una homilía. Porque si se dedica a quitarle el follaje, el tronco de muchas no aparece, por la sencilla razón de que no tienen tronco.

Hay homilías sin argumento. Homilías-molusco, invertebradas y blandengues, pasta cremosa, gelatina escurridiza. Imagínese usted una novela, un filme sin argumento.

La imperfecta homilía no tiene contenido. Vacía, vaciada de cualquier argumento claro y coherente. No dice nada, no enseña nada, no aclara nada, no activa la fe de nadie. Naranja destilada por el extractor de jugos. Cáscara seca.

Si al salir de la misa dominical, preguntas a los fieles, tan fieles como que aguantan nuestras homilías, de qué habló el predicador, cuál fue el tema de su predicación, la gente no podrá decirte el argumento en dos párrafos, ni hacer la síntesis de lo que oyó, porque lo que oyó no era reductible a síntesis.

El predicador, habló de esto y de aquello, amontonó materiales sin darles forma, se anduvo por las ramas, rozó cinco o seis ideas distintas, anduvo como mal futbolista paseando el balón por toda la cancha, pero sin introducirlo al marco donde se anota la victoria.

Homilía fácilmente oíble en cualquier iglesia. El padre, micrófono gangoso en mano, ensarta la voluntad salvífica de Dios con el bautismo, la resu-rrección de Cristo, la minifalda y la necesidad de una fe adulta.

Una homilía de Pentecostés mezcla la gracia santificante con el don de lenguas, la confirmación con las misiones en tierra de infieles, el ecumenismo con la parusía. Se agitan todos estos elementos y el coctel resulta delicioso.

Homilía sin tema, sin tema porque le sobran temas, porque en vez de elegir uno, claro y preciso como la línea recta, zigzaguea y ondula acumulando temas y subtemas, ninguno de los cuales va a poder desarrollar el orador, simplemente porque los ocho minutos de predicación apenas dan para desenvolver un solo tema.

La imperfecta homilía no es el triunfo de la línea recta como El Escorial, sino la apoteosis arborescente del barroco, el Altar de los Reyes, Tonanzintia, el retablo de los Arcángeles del Carmen de San Luis Potosí, donde los temas ornamentales se entrecruzan y sobreponen sin zonas francas de delimitación. En el barroco no termina un tema cuando comienza otro, de una guirnalda estalla un ángel, de un ángel surge un racimo de uvas, de las uvas se abre una concha, de la concha una nube y así el juego caprichoso hasta el infinito.

Las tres lecturas de la liturgia dominical, como una sinfonía, tienen su tema. Es preciso buscarlo. ¿De qué tratan? Resume su pensamiento esencial en una frase. Y habla de eso, solamente de eso, nada más de eso.

Voy a decir a los fieles por qué Cristo es salvador, voy a explicarles cuáles son los efectos del bautismo, o cómo deben recibir el sacramento de la reconciliación. Ahí está la homilía reducida a síntesis, el argumento escueto pero claramente delimitado, como las novelas de mi amigo. Y de ahí no me voy a salir, o me pierdo.

Hablando de muchos temas, no se habla de ninguno. La mezcla de varias ideas expuestas al mismo nivel impide resaltar una en concreto. Se divaga, pero no se aclara ni profundiza el punto clave de los textos bíblicos del día. Nada de aventurarse por dudosas carreteras alimentadoras. La autopista al frente, “sempre diritto” que dicen los italianos, y llegas, seguramente llegas.

—,Cuántas misas dominicales celébranse aquí, en la ciudad episcopal?, pregunté al señor obispo.

—300 misas, me contestó.

—300 homilías, 300 mítines en favor de Jesucristo. Qué diera cualquier partido político por tener 300 mítines a la semana.

El obispo francés Dupanloup decía: “Cada domingo hay treinta mil sermones en Francia y, a pesar de esto, el pueblo sigue siendo fiel”. Aunque parece pesimista la apreciación, hoy más que nunca la Iglesia necesita de buenas homilías para que los “christifideles laici” puedan subsistir con la escucha de la Palabra; sobre todo si advertimos que la misa del domingo es la única ocasión en que un buen número de fieles se allega al templo, ya que un preocupante porcentaje de obligados no asiste a misa dominical y, por lo mismo, jamás oye la Palabra.

Como notara que la asistencia a misa dominical disminuía, el padre Nicanor puso en la puerta del templo un letrero anunciando: “Sermones nuevos, no son los que he repetido en los últimos diez años.

Manual de la Imperfecta homilia. IV

4. PREPARACION EN EQUIPO DE LA HOMILIA

De las ventajas de preparar en equipo la homilía. Aparecen ocho sacerdotes, un laico y las benditas ánimas del purgatorio.

Decidieron reunirse cada jueves para preparar en grupo la homilía y precisamente en el seminario para acordarse de sus tiempos. Jean Cocteau escribía: “Siempre canta bien quien canta posado en su árbol genealógico”.

Era un grupo, digamos, juvenil de caras; pero ¡ay!, todos con diagnóstico de calvicie, excepto Salvador, de melena semibitierjana. José Luis, dueño de tres carismas, vicario cooperador en el suburbio, nariz de águila bicéfala y guitarrista por añadidura. Ricardo, constructor de templos y contribuyente de la polución ambiental, por donde pasaba iba regando bravías bocanadas de puro, de puro humo. Baltasar, teólogo de

avanzada, afecto al queso holandés y al clima primaveral de Cuernavaca. José Pescador, vicario de religiosas, lleno de ontológica preocupación por las esposas del Cordero. Baudelio, desparpajado y dicharachero, capellán de una escuela de estudiantes medios. Rodrigo, alto funcionario de la mitra, chaleco de ejecutivo, portafolio de publirrelacionista. Y el párroco don Carlitos, anciano honoris causa.

De don Carlitos se contaba que, en cierta ocasión, que mandó al señor Obispo un oficio para solicitar una dispensa de impedimento de afinidad en línea colateral de grado primero mezclado con grado segundo, pues se trataba del casorio de un viudo con la sobrina carnal de la finada, don Carlitos concluyó el petitorio con lo que él creía la fórmula burocrática de rigor: “Dios me guarde de su ilustrísima por largos años”. Por largos años lo mantenía en vida el que es Todopoderoso y el frasco de multivitaminas, desde que reinaba en la cátedra de Pedro, san Pío X. No contaba los años que tenía, sino las encíclicas que había ido recibiendo. Tenía de edad 67 encíclicas, sin contar los documentos conciliares.

Con los ocho sacerdotes acudía con puntualidad no ciertamente mexicana, pues llegaba al golpe del segundero, el doctor José Miguel Torre, experto en cardiología, y otras especializaciones ultracientíficas.

—En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, amén.

Don Carlitos abría la sesión con las preces de costumbre, la costumbre de él, que era un Padrenuestro, un Avemaría y un Credo de propina por las benditas almas del purgatorio.

¿Cuántas personas deben integrar el equipo? No más de doce. Porque se trata de un grupo de estudio y reflexión en el que cada uno de sus miembros pueda intervenir. Un grupo numeroso atomiza la participación y el clima de intimidad, de intensidad que el estudio requiere.

¿Quiénes deben integrar el equipo? El equipo ideal

es el que reúne sacerdotes y laicos. Los laicos pueden ayudar tanto con sugerencias en la preparación de la homilía como con opiniones acerca de las homilías que escuchan, como que ellos son sus naturales destinatarios.

Pensamos también en la conveniencia de un grupo pluralista de sacerdotes que van a predicar en comunidades y celebraciones distintas en vista del mayor enriquecimiento mutuo.

Puede invitarse, de vez en cuando o para cada sesión, a algún sacerdote experto en Biblia, teología, liturgia, pastoral, psicología, ciencias de la comunicación que auxilie con sus conocimientos teóricos o prácticos. Sin embargo no conviene que la reunión se inicie dando la palabra a uno de estos peritos, pues la conversación que sigue puede quedar muy condicionada por lo que aquellos expertos digan y tomar un rumbo descaminado; lo mejor es que intervengan al final o cuando el grupo se atasque en algún bache.

Se requiere un moderador flexible y ordenado que conduzca la reunión dentro de una atmósfera de atención amistosa de todos hacia todos, que suscite la intervención de cada uno, que no descarte ninguna aportación valiosa, que evite los retrasos y los avances a destiempo, verdadero capitán de futbol que impulse al equipo hacia la meta.

El primer empeño del moderador ha de consistir en establecer, de acuerdo con el grupo, la metodología del trabajo. A qué horas empezar y concluir. Cómo se va a desarrollar la sesión. Cómo se va a tomar la palabra. Un mínimo de formalidades, o se pierde el tiempo y la oportunidad.

Una condición previa, el compromiso de que cada cual vaya preparado a la reunión. Si todos llegan partiendo de cero, la reunión, júrelo usted, será dilatadísima, cansadísima y algún otro epíteto en ísima. La deserción es previsible. Si algunos acuden “tamquam tabula rasa”, serán lastre y rémora de los otros, los responsables que sí se prepararon.

He aquí lo que podría ser el esquema de la reunión, según las pistas de Luis Maldonado en El Menester de la Predicación.

1. Lectura. Primero se leen en español las tres lecturas de la misa, tal como aparecen en el misal, tal como lo van a escuchar los fieles.

2. Personajes. Concluida la lectura lenta y sabrosa, el moderador plantea una pregunta sencilla a todos los reunidos: ¿Qué interlocutores o personas intervienen en estos pasajes? ¿Cuáles son los que aparecen en primer plano y cuáles en segundo? Los participantes emiten sus opiniones que se contrastan entre sí.

3. Género literario. ¿A qué genero literario pertenece el texto? ¿Es narración de un milagro, una parábola, un himno, una exhortación parenética, una confesión de fe, un catálogo de virtudes, de pecados...?

4. Tres contextos. ¿En qué contexto se encuentra este pasaje? Es necesario situar la perícopa:

a) en su contexto bíblico para la mejor clarificación del contenido.

b) en su contexto litúrgico para establecer la relación entre el pasaje de la Biblia, y el misterio que celebra el ciclo litúrgico.

c) finalmente el contexto histórico. ¿A qué problema de la comunidad responde el texto bíblico? ¿Cómo y dónde se plantea hoy un problema análogo?

5. Tema central. ¿Cuál es el mensaje del texto, su núcleo central, la idea capital que encierra? De los diversos temas o subtemas, ¿cuál es el centro de gravitación de la homilía, teniendo en cuenta la comunidad a la que va dirigida?

6. Reflexión sobre el tema central. Una vez que ha aparecido el eje de la predicación, es necesario reflexionar tanto en las lecciones e implicaciones que encierra el tema central para el cristiano de hoy, como en los objetivos que se propone el predicador. Sea que prefiera llevar a los fieles a una nueva comprensión de la fe —“docere”— o movilizar su decisión para un mayor compromiso

—“movere”—; o suscitar el gozo y la alegría —“delectare”. No es que se hayan de separar estas tres metas, sólo se trata de acentuar una más que otra, según convenga en cada caso.

7. Esquema escrito. Al término del coloquio, es muy útil formular por escrito, en frases sencillas, el mensaje y la exhortación correspondiente al mensaje. No serán tesis abstractas, sino reflejo del clima del coloquio y eco en el cual resuenen las orientaciones, aplicaciones y actualizaciones emitidas.

8. Elaboración personal. La preparación en equipo de la homilía no excusa del trabajo individual. Después de la reunión, el predicador entra en la fase de la meditación, de la elaboración personal, puesto que es él con su propio estilo y recursos quien va a decir la homilía, sin olvidar desde luego las líneas descubiertas a través de la conversación comunitaria. ¿Cómo va ganarse a los oyentes? ¿Cómo va a empezar o concluir?

9. Crítica. Es necesario que, si no el grupo en pleno, por lo menos alguno de sus miembros escuche la homilía de otro con lo que no sólo se ayuda a un particular sino además se promueve solidariamente el bien de todos.

Georges Michonneau en su libro Hablemos de la predicación, expone este otro método más sencillo que el anterior. No sin antes ponderar la preparación en equipo de la homilía como “la gran escuela, la escuela casi infalible de donde no se puede salir más que buen predicador, al menos muy aceptable”.

El equipo debe integrarse preferentemente con los sacerdotes que trabajan en la misma parroquia. He aquí los pasos principales del equipo:

1. Al terminar la sesión semanal, se precisa el tema de la homilía del siguiente domingo.

2. Durante la semana, cada uno trabaja por su cuenta en la preparación del tema.

3. En la sesión reglamentaria, que el autor llama “el mercado de ideas”, todos aportan el fruto de su reflexión. Cada uno expone por turno lo que ha encontrado y de qué manera enfoca el tema y la forma de expresarlo.

4. Cuando todos han hablado, se hace la síntesis y el esquema definitivo de la homilía.

5. A la siguiente sesión, se hace la crítica en común de las homilías dichas el domingo anterior, bajo un clima de sencillez y confianza fraternal.

Gracias a este sistema que combina el esfuerzo individual y el del grupo, el estudio y la crítica, se logra que la predicación no sea tanto el resultado de diferentes pensamientos sumados o confrontados, ni menos una elaboración exclusivamente intelectual, sino el fruto del espíritu sacerdotal vivido por el equipo.

(Don Carlitos cerró la sesión con las preces de costumbre. Las benditas ánimas del purgatorio percibieron un suave rocío).