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jueves, 8 de mayo de 2008

Manual de la Imperfecta homilia. III

3. PREPARACION PROXIMA DE LA HOMILIA

Se suceden las estaciones del año. Aparece Dios dirigiendo un concierto y un sacerdote rojo. Postdata sobre el semáforo.

Todo cuanto sucede bajo el cielo, observa un ritmo, como lo atestigua este precioso párrafo del Eclesiástico: “Hay tiempo de nacer y tiempo de morir. Tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo que se plantó. Tiempo de derribar y tiempo de edificar. Tiempo de llorar y tiempo de reír. Tiempo de luto y tiempo de gala. Tiempo de abrazar y tiempo de alejarse de los brazos. Tiempo de callar y tiempo de hablar. Tiempo de guerra y tiempo de paz”.

Ritmo: orden acompasado de la sucesión de las cosas. Ritmo de la vida humana: infancia, juventud, adultez, ancianidad. Ritmo: la naturaleza: primavera, verano, otoño, invierno. “Las cuatro estaciones” del gran músico, el padre Antonio Vivaldi a quien llamaban “il prete rosso”, el sacerdote rojo, por el color del pelo. Todo es ritmo, lo misma la historia del grano de trigo que el universo entero, esta inmensa sinfonía bajo la batuta de Dios, el Dios concertista que evocó san Agustín.

No se debe preparar una homilía sin observar un orden acompasado que podría ser, por ejemplo, el siguiente:

1. Elegir el tema

Es el primer peldaño de la escala de Jacob. En realidad, el predicador no elige el tema de su homilía, no es libre de hablar de lo que quiera, ni menos para presentar sus propias opiniones o las que complazcan al auditorio. No debe preguntarse: ¿de qué voy a hablar? Sino: ¿qué me dice hoy la palabra de Dios?

Aunque el predicador no debe fijar el tema de la homilía según sus personales arbitrios, puesto que se lo impone la liturgia misma, sí puede destacar, subrayar, glosar, explicar con mayor calma, tal cual pensamiento que aflore en los textos bíblicos, cuyo tratamiento queda indiscutiblemente a su libertad. Sin poder inventar el tema de la homilía, es claro que el desarrollo y aplicaciones pertenecen al dominio de su personal invención, de acuerdo con-las necesidades del auditorio. Lo que importa es una doble fidelidad, a la palabra de Dios y al pueblo de Dios.

Desde el principio de su evangelio, san Lucas manifiesta su convicción de ser —como todo predicador debe serlo— “un servidor de la Palabra” (Lc 1, 2). A su vez, los apóstoles, en el libro de los Hechos(6, 4), consideran la predicación como un servicio a la Palabra: “diaconiía tou Lógou”.

Habrá casos en que los signos de los tiempos, la urgencia del problema humano o pastoral de los fieles, las circunstancias impostergables del momento, exijan al predicador cómo dejar los textos bíblicos en un segundo plano para que aflore de lleno la urgencia que apremia al pueblo. Pero cualquiera que sea este problema y esta necesidad, el predicador podrá encontrar siempre en la palabra de Dios, la luz necesaria que oriente la problemática del hombre. En realidad, se trata más bien de planos y técnicas preferenciales, o partir de la palabra de Dios para aterrizar en el problema humano, o partir del problema del hombre para desembocar en la luz de Dios.

El peligro de la elección del tema radica en la pereza o irresponsabilidad del homileta, cuando no quiere o no acierta a elegir el argumento, cuando escoge cualquier cosa facilona y llamativa, cuando a fuerza encaja el tema que ya tenía preparado o con el que puede sortear el trance y aun lucirse y alardear.

2. Precisar el tema.

Ahí tienes en su escritorio al padre Nicanor, calvi-cie prematura, el reflejo de la lámpara afina su nariz numismática. Ha terminado de leer las tres perícopas de mañana, fiesta de Pentecostés. Casulla roja. Le encanta el color rojo, un tiempo fue capellán de la plaza de toros. Los Hechos de los Apóstoles, la epístola de san Pablo y el evangelio de san Juan. Una cosa es clara, no puede hablar el domingo sino del Espíritu Santo. ¿De qué precisamente?

¿Predicará de Pentecostés como el don universal del mundo o como el don íntimo de las almas? ¿Se decidirá sobre la asistencia del Espíritu Santo sobre la Iglesia o por su inhabitación en los justos?

¿Hablará del fuego o del rocío, cantará a la luz o a la fuerza?

Cruzan ideas, pasan libros de teología, sumas, homiliarios, masas de ideas, el oleaje estallando en las

rocas. Dejad al padre Nicanor con sus cavilaciones y encomendadlo al Espíritu Santo. Hay que decidirse por un aspecto de cuantos ha contemplado. Por uno, no por varios. Es preciso poner límites, esto sí y esto no, sacar del mar un cuenco de agua y vaciarlo en un agujerito, condensar el tema en una idea especificada y definida, y no salirse de ahí.

El padre Nicanor se cala unas gruesas gafas de carey, la pluma en alto —nunca se ha podido avenir con las computadoras—, los profetas mayores lo asistan, entrecierra un ojo, cavila, duda, se decide. Sobre la libreta de apuntes ha escrito con letra de floridos arabescos: El Espíritu Santo, huésped de las almas. Vencerá la tentación de tratar de otros temas hermosos. Vade retro.

¿Ventajas de precisar el tema y hacer girar la homilía en torno de una sola idea? Ventaja cronológica: no hay tiempo para más. Ventaja pedagógica: el auditorio no suele asimilar muchas ideas Más vale dejarle una que la comprenda, convenza y viva. Sí, un solo clavo y muchos martillazos hundiendo el clavo hasta que penetre.

3. Prever el fin.

Porque el fin es el principio. Finis est primus in intentione”. Saber a dónde va uno, a riesgo de tomar el autobús equivocado. La homilía no es una clase de Biblia o teología. No es un ejercicio de exégesis que explique textos difíciles y oscuros. No es una explicación catequística. No es una denuncia, sino esencialmente el anuncio de un evangelio que significa “noticia gozosa”; la denuncia es consecuencia del anuncio. No es una historia antigua:

“en aquel tiempo”, sino una vivencia actual. No es un método de oración.

¿Qué pretendo conseguir con lo que voy a predicar? ¿Qué me propongo concretamente con esta homilía? Contéstatelo a ti mismo. La fijación del fin es ayuda tan importante, que sólo así el predicador podrá darse a la búsqueda del material predicable, preciso y adecuado.

Son fines de la homilía:

1) la evangelización, la enseñanza o didascalia de la palabra de Dios, tal como procedió Jesús con los discípulos de Emaús: “Empezando por Moisés y todos los profetas, les explicaba lo que las Escrituras decían de El” (Le 24, 25);

2) la homilía no se contenta con que los fieles sepan más cosas de su fe. De la iluminación de la inteligencia, el predicador debe llegar a convencer al auditorio, persuadirlo, mover su voluntad, suscitarle propósitos de conversión y vida nueva; tal es la paráclesis o parénesis. San Antonio de Padua, bautizado con el nombre de Fernando en su natal Lisboa, predicaba con tal fuerza de convicción que, si hablaba contra el robo, venían los ladrones a entregarle los hurtos. Homilía: luz y vida, como la autodefinición de Cristo, “yo soy la luz, yo soy la vida”.

4. Prever el auditorio.

Desde el silencio soledoso de la mesa de trabajo en que preparamos la homilía, es preciso suponer el auditorio que nos escuchará. No hablamos en el vacío infinito de la luna, decimos algo concreto de Dios a personas concretas. ¿Quiénes serán? Tal vez un auditorio campesino, tal vez religiosas de clausura, tal vez la misa de niños o de jóvenes; pero generalmente auditorio espeso y una masa heterogénea en sexos, edades, conocimientos religiosos y profanos. Niños lactantes, muchachos deportistas, vejezuelas medio sordas, un político de añadidura, amas de casa, tres abogados. He aquí la enorme dificultad: ¿a quiénes nos vamos a dirigir?

5. Atender los signos de los tiempos.

Para preparar una excelente homilía, se precisa la Biblia y el periódico del día. Lo que dice Dios y lo que dicen los hombres. Si el predicador no está atento a lo que acontece en su contexto histórico en sus tres círculos —local, nacional, mundial—, la homilía será inconcreta e intemporal, sin referencia al hoy y al aquí.

Los fieles suelen escuchar el planteamiento y solución de sus problemas fuera de la Iglesia; en la escuela, en boca de líderes sociales y políticos, y mucho más en los medios de comunicación social: y todo porque la homilía no ilumina con la segura luz del Evangelio.

6. Estudiar el tema.

Hurgar en los estantes, ir sacando los libros, éste de lomo verde, el comentario de la Biblia, aquella teología, el gordo volumen de liturgia, los documentos conciliares, los apuntes, el fichero, la revista que trajo el correo hace una semana. Reunir el material, consultar los autores que han tratado el tema que ahora nos preocupa, leerlos con el lápiz en la mano. Tomar ideas, tomar notas. Hágase la luz.

“Si no estudiáis, callaos”, fulminaba el Cardenal Saliége a los predicadores. Y san Francisco de Sales: “El estudio es el octavo sacramento de los sacerdotes”.

¿Qué pensar de los antiguos sermonarios, de los actuales guiones homiléticos? Cualquier rama sirve de bordón al ciego. Es necesario tenerlos y utilizarlos, sin exigir más de lo que pueden dar. Y lo que dan no son homilías, sino pistas, semáforos, señales, puntos de referencia, fatalmente impersonales e inconcretos, simple materia prima en espera del predicador que sepa insuflar la forma sustancial. Contienen doctrina sólida, ni quien lo dude, pero envitrinada y fría, un poco de museo. Habrá que calentar esos huesos, revestirlos de calor de vida y encaminar esas ideas hacia un auditorio real en vista de un fin concreto.

La consulta de estos sermonarios, que son un mal menor, no dispensa al orador ni de su propia originalidad ni de la consulta a los libros teológiços; por la ley del menor esfuerzo, no faltan algunos sacerdotes que, en lugar de ir a las fuentes, se contentan con hojear el sermonario o los guiones homiléticos que se publican en ciertas revistas. “Leen apresuradamente las páginas escritas por quien sea y para cualquier auditorio —escribe Michonneau—, visten a sus feligreses con este traje de confección y los alimentan con productos en conserva”.

No confundamos la pierna y el bordón. Los guiones homiléticos, por otra parte hechos casi todos en el extranjero y pensados para otra mentalidad y circunstancia, sean bienvenidos como servicio, jamás como servidumbre. Tanto más que entre la letra impresa y el predicador que habla creando su palabra, apenas queda algo en común. El agua estancada no es el agua que fluye.

7. Reflexionar sobre el tema

La consulta de los libros y el parecer de los sabios no dispensa de la propia reflexión, esta abertura del alma, serena y profunda, sobre los textos bíblicos, no sólo como actitud meditativa de la inteligencia, sino además como saboreo del espíritu, puente de comunicación entre el predicador y Dios, asunto de recogimiento y oración.

Este es el ritmo más intenso de la preparación de la homilía y el más seguro en su eficacia sobrenatural. La homilía estudiada desemboca en una excelente explicación. La homilía orada, en un instrumento de

salvación. “Mi palabra y predicación

—escribe san Pablo a los Corintios—, no fue con persuasivas palabras de sabiduría, sino con demostración del espíritu y de fuerza, para que vuestra fe no estribe en sabiduría de hombres, sino en la fuerza de Dios”.

8. Trazar un plan

Quienes han escrito sobre oratoria y predicación coinciden exactamente en esto: preparar bien una homilía es ante todo organizarla, delinear un esquema previo, fijar el desarrollo de sus pasos principales, señalar un orden y una ruta para la marcha.

Para que la homilía no se te vuelva, como sucede tan a menudo, un montón de palabras vagas, ideas inseguras, conceptos sueltos sin engranaje, debes crear un plan —hábil, sencillo y progresivo—, planear bien qué quieres conseguir, pensar los dos o tres puntos que deseas exponer.

Vale la pena esta página de Mac Burney y Wrage en su libro El arte de bien hablar. “¿Quién no ha pasado un mal rato escuchando una conferencia que no tenía pies ni cabeza por falta de organización o plan de la clase que fuera? ¿Y quién no ha tenido ocasión de oír un relato que hubiera podido ser bueno y que ha quedado estropeado por la falta de orden en su explicación? No pretendemos que sea necesario ir explicando pedantescamente la estructura del discurso a medida que se va pronunciando, pero a todo mundo le gusta saber de qué le hablan. Un esquema que aclare la significación general del discurso es esencial. Si además de claridad, se logra organizar el tema en una forma interesante y artística, el valor del discurso es aún mayor. No cabe duda de que la mayoría de la gente prefiere un predicador que partiendo de un punto, se dirige a otro, recorre un trayecto determinado y no se pierde en rodeos. Más aún, nos gusta que el camino sea razonablemente perceptible y no demasiado tortuoso, y que el viaje valga la pena. Cuando no se reúnen estas condiciones, el auditorio suele dejar que el orador haga el viaje solo”.

¿Cómo hacer el plan de la homilía?

Primero, seleccionar. Como ya hemos precisado el tema, ceñirnos exclusivamente a él rechazando sin piedad cuanto no le esté relacionado. “No basta que una cosa sea bella, decía Pascal, es preciso que sea apropiada al asunto”.

Segundo, dividir. Repartir nuestro material en grupos convenientes, que naturalmente han de ser una introducción, el cuerpo de la homilía partida en no más de dos o tres puntos y la conclusión.

Tercero, relacionar una parte con otra, de suerte que estén encadenadas, sistematizadas, en un orden lógico o psicológico, y una siga naturalmente a la otra.

Bien decía Racine después de haber dispuesto el esquema de sus obras dramáticas: “Ya concluí la obra, sólo me falta escribir los versos”. De la estrategia del plan surgirá el orden, la claridad, la inteligibilidad y aun el tiempo conveniente que ocupemos en decirla. Homilía sin plan previo equivale a desorden, repetición, oscuridad, largura. Una homilía improvi-sada es siempre larga. Lo que falta a los oradores en profundidad, lo dan en longitud.

¿Es necesario escribir la homilía?

Volvemos otra vez a la antigua controversia de Alcidamante y Lisias: improvisación vs. escritura previa. Las dos soluciones se apoyan en oradores de cinco estrellas, lo que significa que ambas pueden ser eficaces. Sin embargo, reconozcamos en un plan teórico que la esencia de la oratoria se realiza más perfectamente en la improvisación que en el discurso previamente escrito y repetido luego en alta voz.

No descartamos la utilidad y seguridad que ofrece a los sacerdotes que comienzan a ejercitarse en la predicación, la redacción de la homilía como un entrenamiento temporal, jamás para toda la vida, y a condición de no atarse a la pesada servidumbre de un texto fijo que los convierta en predicadores- fonógrafos.

El camino ordinario, seguro y práctico, consiste en memorizar el esquema, un esquema suficientemente matizado que no olvide considerar ni el principio ni el final de la homilía. Apoyado sólo en este esquema, el predicador improvisa el desarrollo y la forma ante el auditorio.

He aquí el secreto de la homilía. Dime cómo te preparas y te diré cómo predicas.

Manual de la Imperfecta homilia. III

3. PREPARACION PROXIMA DE LA HOMILIA

Se suceden las estaciones del año. Aparece Dios dirigiendo un concierto y un sacerdote rojo. Postdata sobre el semáforo.

Todo cuanto sucede bajo el cielo, observa un ritmo, como lo atestigua este precioso párrafo del Eclesiástico: “Hay tiempo de nacer y tiempo de morir. Tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo que se plantó. Tiempo de derribar y tiempo de edificar. Tiempo de llorar y tiempo de reír. Tiempo de luto y tiempo de gala. Tiempo de abrazar y tiempo de alejarse de los brazos. Tiempo de callar y tiempo de hablar. Tiempo de guerra y tiempo de paz”.

Ritmo: orden acompasado de la sucesión de las cosas. Ritmo de la vida humana: infancia, juventud, adultez, ancianidad. Ritmo: la naturaleza: primavera, verano, otoño, invierno. “Las cuatro estaciones” del gran músico, el padre Antonio Vivaldi a quien llamaban “il prete rosso”, el sacerdote rojo, por el color del pelo. Todo es ritmo, lo misma la historia del grano de trigo que el universo entero, esta inmensa sinfonía bajo la batuta de Dios, el Dios concertista que evocó san Agustín.

No se debe preparar una homilía sin observar un orden acompasado que podría ser, por ejemplo, el siguiente:

1. Elegir el tema

Es el primer peldaño de la escala de Jacob. En realidad, el predicador no elige el tema de su homilía, no es libre de hablar de lo que quiera, ni menos para presentar sus propias opiniones o las que complazcan al auditorio. No debe preguntarse: ¿de qué voy a hablar? Sino: ¿qué me dice hoy la palabra de Dios?

Aunque el predicador no debe fijar el tema de la homilía según sus personales arbitrios, puesto que se lo impone la liturgia misma, sí puede destacar, subrayar, glosar, explicar con mayor calma, tal cual pensamiento que aflore en los textos bíblicos, cuyo tratamiento queda indiscutiblemente a su libertad. Sin poder inventar el tema de la homilía, es claro que el desarrollo y aplicaciones pertenecen al dominio de su personal invención, de acuerdo con-las necesidades del auditorio. Lo que importa es una doble fidelidad, a la palabra de Dios y al pueblo de Dios.

Desde el principio de su evangelio, san Lucas manifiesta su convicción de ser —como todo predicador debe serlo— “un servidor de la Palabra” (Lc 1, 2). A su vez, los apóstoles, en el libro de los Hechos(6, 4), consideran la predicación como un servicio a la Palabra: “diaconiía tou Lógou”.

Habrá casos en que los signos de los tiempos, la urgencia del problema humano o pastoral de los fieles, las circunstancias impostergables del momento, exijan al predicador cómo dejar los textos bíblicos en un segundo plano para que aflore de lleno la urgencia que apremia al pueblo. Pero cualquiera que sea este problema y esta necesidad, el predicador podrá encontrar siempre en la palabra de Dios, la luz necesaria que oriente la problemática del hombre. En realidad, se trata más bien de planos y técnicas preferenciales, o partir de la palabra de Dios para aterrizar en el problema humano, o partir del problema del hombre para desembocar en la luz de Dios.

El peligro de la elección del tema radica en la pereza o irresponsabilidad del homileta, cuando no quiere o no acierta a elegir el argumento, cuando escoge cualquier cosa facilona y llamativa, cuando a fuerza encaja el tema que ya tenía preparado o con el que puede sortear el trance y aun lucirse y alardear.

2. Precisar el tema.

Ahí tienes en su escritorio al padre Nicanor, calvi-cie prematura, el reflejo de la lámpara afina su nariz numismática. Ha terminado de leer las tres perícopas de mañana, fiesta de Pentecostés. Casulla roja. Le encanta el color rojo, un tiempo fue capellán de la plaza de toros. Los Hechos de los Apóstoles, la epístola de san Pablo y el evangelio de san Juan. Una cosa es clara, no puede hablar el domingo sino del Espíritu Santo. ¿De qué precisamente?

¿Predicará de Pentecostés como el don universal del mundo o como el don íntimo de las almas? ¿Se decidirá sobre la asistencia del Espíritu Santo sobre la Iglesia o por su inhabitación en los justos?

¿Hablará del fuego o del rocío, cantará a la luz o a la fuerza?

Cruzan ideas, pasan libros de teología, sumas, homiliarios, masas de ideas, el oleaje estallando en las

rocas. Dejad al padre Nicanor con sus cavilaciones y encomendadlo al Espíritu Santo. Hay que decidirse por un aspecto de cuantos ha contemplado. Por uno, no por varios. Es preciso poner límites, esto sí y esto no, sacar del mar un cuenco de agua y vaciarlo en un agujerito, condensar el tema en una idea especificada y definida, y no salirse de ahí.

El padre Nicanor se cala unas gruesas gafas de carey, la pluma en alto —nunca se ha podido avenir con las computadoras—, los profetas mayores lo asistan, entrecierra un ojo, cavila, duda, se decide. Sobre la libreta de apuntes ha escrito con letra de floridos arabescos: El Espíritu Santo, huésped de las almas. Vencerá la tentación de tratar de otros temas hermosos. Vade retro.

¿Ventajas de precisar el tema y hacer girar la homilía en torno de una sola idea? Ventaja cronológica: no hay tiempo para más. Ventaja pedagógica: el auditorio no suele asimilar muchas ideas Más vale dejarle una que la comprenda, convenza y viva. Sí, un solo clavo y muchos martillazos hundiendo el clavo hasta que penetre.

3. Prever el fin.

Porque el fin es el principio. Finis est primus in intentione”. Saber a dónde va uno, a riesgo de tomar el autobús equivocado. La homilía no es una clase de Biblia o teología. No es un ejercicio de exégesis que explique textos difíciles y oscuros. No es una explicación catequística. No es una denuncia, sino esencialmente el anuncio de un evangelio que significa “noticia gozosa”; la denuncia es consecuencia del anuncio. No es una historia antigua:

“en aquel tiempo”, sino una vivencia actual. No es un método de oración.

¿Qué pretendo conseguir con lo que voy a predicar? ¿Qué me propongo concretamente con esta homilía? Contéstatelo a ti mismo. La fijación del fin es ayuda tan importante, que sólo así el predicador podrá darse a la búsqueda del material predicable, preciso y adecuado.

Son fines de la homilía:

1) la evangelización, la enseñanza o didascalia de la palabra de Dios, tal como procedió Jesús con los discípulos de Emaús: “Empezando por Moisés y todos los profetas, les explicaba lo que las Escrituras decían de El” (Le 24, 25);

2) la homilía no se contenta con que los fieles sepan más cosas de su fe. De la iluminación de la inteligencia, el predicador debe llegar a convencer al auditorio, persuadirlo, mover su voluntad, suscitarle propósitos de conversión y vida nueva; tal es la paráclesis o parénesis. San Antonio de Padua, bautizado con el nombre de Fernando en su natal Lisboa, predicaba con tal fuerza de convicción que, si hablaba contra el robo, venían los ladrones a entregarle los hurtos. Homilía: luz y vida, como la autodefinición de Cristo, “yo soy la luz, yo soy la vida”.

4. Prever el auditorio.

Desde el silencio soledoso de la mesa de trabajo en que preparamos la homilía, es preciso suponer el auditorio que nos escuchará. No hablamos en el vacío infinito de la luna, decimos algo concreto de Dios a personas concretas. ¿Quiénes serán? Tal vez un auditorio campesino, tal vez religiosas de clausura, tal vez la misa de niños o de jóvenes; pero generalmente auditorio espeso y una masa heterogénea en sexos, edades, conocimientos religiosos y profanos. Niños lactantes, muchachos deportistas, vejezuelas medio sordas, un político de añadidura, amas de casa, tres abogados. He aquí la enorme dificultad: ¿a quiénes nos vamos a dirigir?

5. Atender los signos de los tiempos.

Para preparar una excelente homilía, se precisa la Biblia y el periódico del día. Lo que dice Dios y lo que dicen los hombres. Si el predicador no está atento a lo que acontece en su contexto histórico en sus tres círculos —local, nacional, mundial—, la homilía será inconcreta e intemporal, sin referencia al hoy y al aquí.

Los fieles suelen escuchar el planteamiento y solución de sus problemas fuera de la Iglesia; en la escuela, en boca de líderes sociales y políticos, y mucho más en los medios de comunicación social: y todo porque la homilía no ilumina con la segura luz del Evangelio.

6. Estudiar el tema.

Hurgar en los estantes, ir sacando los libros, éste de lomo verde, el comentario de la Biblia, aquella teología, el gordo volumen de liturgia, los documentos conciliares, los apuntes, el fichero, la revista que trajo el correo hace una semana. Reunir el material, consultar los autores que han tratado el tema que ahora nos preocupa, leerlos con el lápiz en la mano. Tomar ideas, tomar notas. Hágase la luz.

“Si no estudiáis, callaos”, fulminaba el Cardenal Saliége a los predicadores. Y san Francisco de Sales: “El estudio es el octavo sacramento de los sacerdotes”.

¿Qué pensar de los antiguos sermonarios, de los actuales guiones homiléticos? Cualquier rama sirve de bordón al ciego. Es necesario tenerlos y utilizarlos, sin exigir más de lo que pueden dar. Y lo que dan no son homilías, sino pistas, semáforos, señales, puntos de referencia, fatalmente impersonales e inconcretos, simple materia prima en espera del predicador que sepa insuflar la forma sustancial. Contienen doctrina sólida, ni quien lo dude, pero envitrinada y fría, un poco de museo. Habrá que calentar esos huesos, revestirlos de calor de vida y encaminar esas ideas hacia un auditorio real en vista de un fin concreto.

La consulta de estos sermonarios, que son un mal menor, no dispensa al orador ni de su propia originalidad ni de la consulta a los libros teológiços; por la ley del menor esfuerzo, no faltan algunos sacerdotes que, en lugar de ir a las fuentes, se contentan con hojear el sermonario o los guiones homiléticos que se publican en ciertas revistas. “Leen apresuradamente las páginas escritas por quien sea y para cualquier auditorio —escribe Michonneau—, visten a sus feligreses con este traje de confección y los alimentan con productos en conserva”.

No confundamos la pierna y el bordón. Los guiones homiléticos, por otra parte hechos casi todos en el extranjero y pensados para otra mentalidad y circunstancia, sean bienvenidos como servicio, jamás como servidumbre. Tanto más que entre la letra impresa y el predicador que habla creando su palabra, apenas queda algo en común. El agua estancada no es el agua que fluye.

7. Reflexionar sobre el tema

La consulta de los libros y el parecer de los sabios no dispensa de la propia reflexión, esta abertura del alma, serena y profunda, sobre los textos bíblicos, no sólo como actitud meditativa de la inteligencia, sino además como saboreo del espíritu, puente de comunicación entre el predicador y Dios, asunto de recogimiento y oración.

Este es el ritmo más intenso de la preparación de la homilía y el más seguro en su eficacia sobrenatural. La homilía estudiada desemboca en una excelente explicación. La homilía orada, en un instrumento de

salvación. “Mi palabra y predicación

—escribe san Pablo a los Corintios—, no fue con persuasivas palabras de sabiduría, sino con demostración del espíritu y de fuerza, para que vuestra fe no estribe en sabiduría de hombres, sino en la fuerza de Dios”.

8. Trazar un plan

Quienes han escrito sobre oratoria y predicación coinciden exactamente en esto: preparar bien una homilía es ante todo organizarla, delinear un esquema previo, fijar el desarrollo de sus pasos principales, señalar un orden y una ruta para la marcha.

Para que la homilía no se te vuelva, como sucede tan a menudo, un montón de palabras vagas, ideas inseguras, conceptos sueltos sin engranaje, debes crear un plan —hábil, sencillo y progresivo—, planear bien qué quieres conseguir, pensar los dos o tres puntos que deseas exponer.

Vale la pena esta página de Mac Burney y Wrage en su libro El arte de bien hablar. “¿Quién no ha pasado un mal rato escuchando una conferencia que no tenía pies ni cabeza por falta de organización o plan de la clase que fuera? ¿Y quién no ha tenido ocasión de oír un relato que hubiera podido ser bueno y que ha quedado estropeado por la falta de orden en su explicación? No pretendemos que sea necesario ir explicando pedantescamente la estructura del discurso a medida que se va pronunciando, pero a todo mundo le gusta saber de qué le hablan. Un esquema que aclare la significación general del discurso es esencial. Si además de claridad, se logra organizar el tema en una forma interesante y artística, el valor del discurso es aún mayor. No cabe duda de que la mayoría de la gente prefiere un predicador que partiendo de un punto, se dirige a otro, recorre un trayecto determinado y no se pierde en rodeos. Más aún, nos gusta que el camino sea razonablemente perceptible y no demasiado tortuoso, y que el viaje valga la pena. Cuando no se reúnen estas condiciones, el auditorio suele dejar que el orador haga el viaje solo”.

¿Cómo hacer el plan de la homilía?

Primero, seleccionar. Como ya hemos precisado el tema, ceñirnos exclusivamente a él rechazando sin piedad cuanto no le esté relacionado. “No basta que una cosa sea bella, decía Pascal, es preciso que sea apropiada al asunto”.

Segundo, dividir. Repartir nuestro material en grupos convenientes, que naturalmente han de ser una introducción, el cuerpo de la homilía partida en no más de dos o tres puntos y la conclusión.

Tercero, relacionar una parte con otra, de suerte que estén encadenadas, sistematizadas, en un orden lógico o psicológico, y una siga naturalmente a la otra.

Bien decía Racine después de haber dispuesto el esquema de sus obras dramáticas: “Ya concluí la obra, sólo me falta escribir los versos”. De la estrategia del plan surgirá el orden, la claridad, la inteligibilidad y aun el tiempo conveniente que ocupemos en decirla. Homilía sin plan previo equivale a desorden, repetición, oscuridad, largura. Una homilía improvi-sada es siempre larga. Lo que falta a los oradores en profundidad, lo dan en longitud.

¿Es necesario escribir la homilía?

Volvemos otra vez a la antigua controversia de Alcidamante y Lisias: improvisación vs. escritura previa. Las dos soluciones se apoyan en oradores de cinco estrellas, lo que significa que ambas pueden ser eficaces. Sin embargo, reconozcamos en un plan teórico que la esencia de la oratoria se realiza más perfectamente en la improvisación que en el discurso previamente escrito y repetido luego en alta voz.

No descartamos la utilidad y seguridad que ofrece a los sacerdotes que comienzan a ejercitarse en la predicación, la redacción de la homilía como un entrenamiento temporal, jamás para toda la vida, y a condición de no atarse a la pesada servidumbre de un texto fijo que los convierta en predicadores- fonógrafos.

El camino ordinario, seguro y práctico, consiste en memorizar el esquema, un esquema suficientemente matizado que no olvide considerar ni el principio ni el final de la homilía. Apoyado sólo en este esquema, el predicador improvisa el desarrollo y la forma ante el auditorio.

He aquí el secreto de la homilía. Dime cómo te preparas y te diré cómo predicas.

Manual de la Imperfecta homilia. II

2. PREPARACION REMOTA DE LA HOMILIA

Aquí se explica lo que el lector verá. Le ofrecemos una taza de café. Garantizamos que el café está como el infierno: negro, caliente y a sorbos.

—Dejémonos de discusiones bizantinas.

El conferencista bebió un trago de agua. El salón hervía de sacerdotes. Semana de Pastoral Didáctica. Silencio de cigarrillos y plumas fuentes. Diez sabores distintos de tabaco. Y el cáncer tras las sotanas.

—Ustedes recuerdan las dos opiniones extremas. La primera afirma que la elocuencia es don innato. Se nace predicador como se nace mexicano, alto, bizco, negro o lampiño. Cuestiones de naturaleza y gracia. Platón y sus satélites lo explican como un furor divino, un demonio, un ángel o, si queréis, un duende. Surge la elocuencia como el canto del pájaro y el agua del manantial. “Un agua clara con sonido”.

Predestinación: unos nacen para abrir la boca y otros para tenerla cerrada. Al que le tocó, le tocó. La segunda opinión enseña que la oratoria es hija legítima del ejercicio o hija única del entrenamiento. El predicador se hace. No hay más duendes que el esfuerzo.

La realidad es mucho más compleja que la postura simplista de estas dos teorías. Es cierto que algunos poseen dotes naturales, desde la simpatía de la presencia, la riqueza de la imaginación, la buena memoria, el aplomo y la audacia, hasta el magnetismo de un gallardo timbre de voz. Ay, la rosa sin agua se marchita. Y yo creo más en el agua que en la rosa. “Si el primer verso lo dan los dioses, los demás hay que hacerlos”. Bien dicho, Paul Valéry. La facilidad natural para hablar, para predicar, es como la porcelana, bella pero frágil. Se pierde por la ociosidad. Se perfecciona por la práctica. El predicador nace, pero también se hace. Demóstenes, el tartamudo, supo que la voluntad puede más que la naturaleza.

El conferencista volvió al vaso de agua, miró cómo latía la tarde y su reloj más allá de los cristales. Lo que quedaba de cristales, gracias al smog clerical de los cigarros. Y luego no quiere la clerecía que la tachen de oscurantista.

—Dejemos las discusiones teorizantes.

El hecho es que el sacerdote está puesto en el mundo para ser voz, portavoz, magnavoz, estereofonía y hi-fi, altoparlante y resonador, equipo de sonido por dos o tres bocinas, entre más mejor. Se nace sacerdote, se hace sacerdote uno para prestarle a Cristo otros labios, caja de resonancia del evangelio, misión de pregonero y destino de heraldo. Tu nombre es profeta. Habla. Tienes que hablar, no hay posibilidad de excusa o de mudez. La única alternativa que te queda es la de aprender a hablar. Lo exige la palabra de Dios que debe ser anunciada de una manera conveniente y eficaz. Lo exige el pueblo de Dios que tiene derecho a ser educado en la fe, respetado y tratado con honor.

Sentarse en el ambón o subir a la sede... (carcajada general que despertó a media docena de piadosos “oyentes”). Sentarse en la sede o subir al ambón sin prepararse es tanto como tentar a Dios. Dictum vel factum quo quis explorat an Deus sit potens, sapiens et misericors. Pura presunción, pereza cavernícola o temeridad de 18 kilates.

Si todo mundo entrena para estar en forma, el futbolista y el cantante, el ingeniero y el dentista, el torero y el actor, ¿por qué sólo el predicador se da el lujo de despreciar la preparación que en definitiva es el único requisito para decir una buena homilía? Tanto más que la homilía va siendo el último recurso que nos queda para evangelizar al pueblo. Entre el profeta y los fieles hay aún un puente de comunicación. No seamos nosotros quienes por frivolizar con la palabra y el pueblo, hagamos volar el puente con una bomba, no diré de mano, sino de dientes para fuera.

Fue la primera ovación de la tarde. Los sacerdotes abandonaron el salón con estrépito pentecostalista en platicaban en los corredores los celosos párrocos, los busca de aire libre y una taza de café. Confundidos intrépidos vicarios parroquiales, numerosas chamarras y un alzacuello solitario, los prudentes curiales, el eternamente joven señor deán, los etéreos capellanes de monjas, los enigmáticos pro sinodales, los bravíos capellanes de plazas de toros, sus señorías los pausados y venerables canónigos a quienes Dios prospere por luengos años, todo el presbiterio charlaba, la antología mayor de la diócesis conversaba con mansa cordialidad y pulida verba.

En corro aparte y cafecito bienoliente, disfrutaban con ánimo sabroso Ángel María Garibay, Gabriel y Alfonso Méndez Plancarte, Octaviano Valdés, José Luz Ojeda, Antonio Brambila, Carlos González Salas, Aureliano Tapia Méndez, Luis Fernando Nieto, Juan Manuel Galaviz, Francisco Alday, Manuel Ponce, Moisés Montes, Alfonso Castro Pallares, Senén Mejic, Fray Jerónimo Verduzco, con fama de escritores todos ellos, flor y nata, tangiblemente carismáticos como para alabar a Díos que “exaltavit hiumiles”.

En esto la campana anunció la segunda conferencia. Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles.

—Estimados hermanos. Comenzará por leer a ustedes una página de Fulton J. Sheen. “,Cuánto tiempo lleva preparar un discurso, una homilía? ¿Qué tiempo se invierte en una charla por televisión? Unos treinta o cuarenta años, esta es la preparación remota. En servir la comida a los sesenta pasajeros de un avión se emplea solamente una hora, o quizás menos. Pero en realidad, la preparación de la comida requirió meses o años. Pensad en lo que se tardó en cultivar las zanahorias, en criar los corderos, en obtener las patatas y en madurar las manzanas. Del mismo modo, un buen discurso requiere una tremenda preparación remota, y esto exige tres cosas: estudio, estudio y estudio. No hay acortamiento posible.

Delacroix dijo alguna vez que Rubens no es sencillo porque no trabajó. No hay estilo sencillo, sólo hay estilo simplificado. Hay que estudiar ciencias, literatura, historia, filosofía; han de sacrificarse muchas horas de vida social para permanecer a solas con los libros. Los libros son los mejores amigos que hay en el mundo. Cuando los coges y los abres, siempre están dispuestos a facilitarte alguna idea. Cuando los dejas, no se enfadan.

Cuando vuelves a tomarlos, parecen enriquecerte todavía más”.

No sé si ustedes leyeron en sus años de humanidades —como las golondrinas de Bécquer, “ésas no volverán”— las Instituciones oratorias de Quintiliano. Dice que para obtener un orador hay que cuidarle desde la pilmama. La pilmama del predicador, nodriza o más bien madre fecunda, es el seminario. El seminario constituye la verdadera preparación remota de la homilía, que naturalmente ha de continuarse a lo largo de la vida sacerdotal.

Esta preparación, no diré remota sino más bien básica, consiste en equipar al orador de cuatro valores

esenciales: la virtud, la cultura, las técnicas de comunicación y la experiencia. Mezclen ustedes estos cuatro ingredientes, agítenlos bien hasta que se compenetren unos con otros, y obtendrán el coctel apetecido, el perfecto predicador de homilías. Después, el que quiera, puede añadir cubitos de hielo y ginebra al gusto.

En cuanto a la cultura, es claro que el sacerdote debe ser especialista en lo suyo, en eso que los antiguos tratados llamaron “las fuentes de la predicación”: Biblia, teología, liturgia, pastoral, documentación pontificia. Y todo ello renovado, actualizado, puesto al día, o el predicador se quedará sin reservas. Podrá ilusionar al público uno o dos domingos, luego se descubrirá su pobreza. Como no hay mercancía en la bodega, tampoco en el mostrador.

A la cultura teológica añadirá la cultura general. Ciencia de Dios más ciencia de los hombres. En cualquier momento podrá echar mano de un rico arsenal de conocimientos, datos, frases, ideas, estadísticas, imágenes, anécdotas, los mil y un recursos a pedir de boca. Nada estorba y todo sirve. Conozco un sacerdote que apenas recibe su mensualidad, luego separa el dinero destinado a libros. Esto se llama saber gastar y de retache saber preparar las homilías.

En cuanto a la experiencia, es claro que no se habla, que no se predica igual si se es actor o se es espectador, testigo de los hechos o informado a control remoto. La experiencia de la vida sacerdotal deposita en el alma unos tesoros más reales que la letra muerta de los libros, como que son trozos de vidas, la propia y las ajenas, pulpa fresca, palpitaciones de hombre, su misterio, cosas de Dios audibles y tangibles. Qué caudalosa fuente de predicación, la vida.

Los predicadores jóvenes pueden poseer un estilo, ideas interesantes, acopio de cultura, perfección formal; el peligro estribaría en hablar al aire, quedarse en verbalismos y teologías abstractas que jamás llegarán al hondón del auditorio, porque ni tienen la verdad de la haga ni el ardor de la brasa, la convicción profunda, la huella dolorosa amorosa que deja al pasar la rueda de la vida.

Por fortuna la experiencia no es tanto contabilidad de calendarios cuanto profundidad de alma. No la casualidad de vivir, sino la ciencia de saber vivir. Lo importante es que el sacerdote joven sepa anticipar el otoño y el sacerdote viejo no dejarse arrebatar la primavera.

¿Cuál es la mejor homilía del mundo? La que fluye de la virtud, la cultura, la experiencia y las técnicas de la comunicación. Cuatro afluentes para un río. ¿La peor de todas? La que sale al templo sin haber pasado por un reclinatorio, un escritorio, una vida y un taller.

Si fuera preciso suprimir tres de los cuatro ingredientes, bastaría dejar la virtud, la santidad. Con ella sola el mundo seguiría percibiendo a Cristo.

Francisco de Asís quería construir un convento. ¿Dónde exactamente? Llamó a un niño de cuatro años. Que arroje al aire un tizón. Donde el tizón caiga, edificaré yo. El niño aventó el leño encendido que una ráfaga de viento llevó lejos. Lejos. La mano puede ser del niño. Si la brasa está encendida y un gran viento la lleva, para la palabra del sacerdote no hay distancias.

Manual de la Imperfecta homilia. I

1. HOMILIA SIN PREPARACION ALGUNA

En que se razona cómo la impreparación es modo excelente de predicar una imperfecta homilía. Asoma el mar de Cancún, los efectos del cloroformo y un aterrizaje forzoso.

Sábado a las 6 de la mañana. El despertador automático, made in Japan, sonó con un terco y rabioso campanilleo “molto vivace”: ring-ring-ring- ring. Una mano tentaleando en la oscuridad apagó el molesto mido. Dormiré una media hora más. Tú sabes que no es pereza, Señor, el celo por tu casa me consume. Pero la Junta de Pastoral terminó hace unas horas. Así que con tu permiso.

Se enredó en las mantas y a soñar. Soñó que el señor obispo llegaba a la parroquia a visita pastoral. Sí, era él, el solideo morado en el centro de la cabeza, jamás se lo dejaba ladear ni a la izquierda ni a la derecha, aunque el viejecito ceremoniero de la catedral se empeñaba en inclinarlo a la derecha. El señor obispo descendió de su modesto automóvil, se aproximó a la puerta y tocó.

—Tan, tan.

—Quién es?

—Yo, el sacristán.

—,Qué quieres?

—Padre Nicanor, ya es hora de la misa de las 8 a.m., los fieles están esperando. ¿Está usted enfermo?

—Abre, Señor, mis labios para cantar dignamente tu alabanza. Con Dios me acuesto, con Dios me levanto. El jabón, el cepillo de dientes, mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón, no funciona el cierre de la sotana, en una palabra todo mi ser, ya que soy todo tuyo, oh Madre de bondad, ¿dónde dejaría el libro de las homilías?, guárdame y defiéndeme como cosa, creo que está en la oficina, como cosa y posesión tuya, amén.

Recuerdo que el profesor del Seminario nos enseñó que la homilía —palabra de origen griego que significa “conversación o plática familiar” en contraste con el discurso más solemne y formal—, es una comunicación, una comunicación que exige cuatro factores:

1) quién habla: es el emisor, el sacerdote, el homileta;

2) de qué habla: es el mensaje, el tema, la palabra de Dios, la Buena Nueva;

3) cómo habla: mediante un código común de palabras y gestos que establece un puente de unión entre el emisor y el auditorio. En la Torre de Babel falló la comunicación, porque cada cual hablaba de modo diverso (cuando visité Venecia, leí en el aparador de una tienda: “Se habla francés, español y alemán, pero por señas”);

4) a quién habla: es el auditorio, el pueblo de Dios congregado para recibir el pan de la Palabra y el pan de la Eucaristía.

—Hermanos, antes de comenzar estos sagrados misterios, establezcamos a priori un análisis retrospectívo de nuestras deficiencias conductuales.

Una feligresa se secretea con otra:

—Esto que dice el padre Nicanor, quiere decir:

“Reconozcamos nuestros pecados”. Le está fallando el código, ¿no crees?

No ha tenido un rato de respiro el padre Nicanor. El despacho parroquial. El curso prebautismal. La consulta de una señora en trance de divorcio. La libreta de misas y ceremonias atascada de anotaciones. El Código de Derecho Canónico abierto en “las obligaciones y derechos de los fieles laicos”. La circular del secretario de la Mitra, hay que acudir en peregrinación a catedral. ¿A qué horas prepararé la homilía de mañana que es el domingo 22 del Ciclo C? La Liturgia de las horas con un listón verde señalando laudes. Van a sonar las 9 de la noche, “ayúdame, Señor, ahora que despunta la luz del nuevo día”, zumba el teléfono, ¿está muriéndose el señor?, que me espere tantito, ahora voy, una pareja de novios se asoma tímidamente, ¿se puede? Dios mío, ¿a qué horas voy a preparar la homilía de mañana?

(Habla la voz de la conciencia: Esto te sucede cada sábado. Dejas, al último, ministerio tan importante. Organiza tu tiempo).

No se preocupe, querido padre Nicanor. ¿No estudió cuatro años de teología en el inolvidable seminario? ¿Se le hace poco lo que ha ido almacenando con sus lecturas, el trato con las almas, sus largas horas de oración ante el sagrario?

Además, usted es un asiduo asistente de cursillos. Este año asistió a la “Semana de Reflexión sobre las virtudes morales”; luego al “Seminario de computa-ción al servicio de la pastoral”; y hace unos días, al “Curso de actualización del Profeta Habacuc”, que tiene usted fresco, como que se realizó en Cancún. Playas y mares, bendecid al Señor. Cetáceos y peces, sobre todo si son a la plancha, bendecid al Señor.

Cuenta usted con la luz de lo alto, como los apóstoles que “llenos del Espíritu Santo, comenzaron a hablar”, frase del libro de los Hechos, que el sacerdote y poeta mexicano Manuel Ponce tradujo en estos leves, intensos versos:

“Con el vino del Amor

todos se hicieron lenguas”.

Nada mejor para una imperfecta homilía que la confianza en Dios y en uno mismo. Los mediocres se preparan, los genios improvisan. Aunque Paderewski pensaba lo contrario: “El genio se forma en un diez por ciento de inspiración y en un noventa por ciento de transpiración”.

—No creas, me confesó el padre Nicanor con humildad de primer grado, tal como la jerarquiza el padre Alfonso Rodríguez en su conocido libro. Cuando yo era sacerdote joven, preparaba mis homilías como Dios manda, la Biblia, mis libros, mis notas, papel y bolígrafo, el esquema, la redacción de los puntos principales, la memorización del plan, la entrada, oye, qué difícil es comenzar una homilía, lo único que le supera en dificultad es el aterrizaje; ya parece que uno va a terminar y nada, otro párrafo y otro, los frenos no funcionan, luego el panzazo.

Después me confiaron la parroquia con el trabajo que requiere y, por desgracia, se confía uno en la experiencia, cree que lo sabe todo y que basta una simple lectura del evangelio para lanzarse enseguida a la predicación, salga como salga, para llenar el expediente y salir del paso.

Claro que las ovejas que te escuchan se dan cuenta de inmediato de que no preparaste la homilía. ¿Que cómo lo saben? Por lo enmarañado, lo extenso ad infinitum y lo aburrido de la perorata; por la dispersión y repetición de ideas, por las dificultades en tomar altura, el motor que no arranca, las bolsas de aire .en el trayecto, las piruetas para hacer tierra y la catástrofe de un auditorio pasivo, melancólico y desinteresado. Aquí reina el dios Morfeo, Su Majestad la Rutina. Huele a viejo. El smog se filtra entre las nubecillas de incienso. Ausencia de renovación bíblica y teológica. No hay ni dominio de sí mismo, ni dominio del tema, ni dominio del auditorio.

Y, para colmo, ausencia de cuanto pasa aquí y ahora, a diez mil kilómetros de la humanidad, cual cohete lanzado de Cabo Cañaveral. No cuenta el hombre concreto, ni los signos de los tiempos, ni apenas la palabra de Dios.

—Amadísimos hermanos en el Señor...

(¿De veras amará a su hermano el predicador que, en vez de iluminarlo y enfervorizarlo, lo cansa, lo arrulla y cloroforma?).

Manual de la Imperfecta homilia. Prologo

MANUAL DE LA IMPERFECTA HOMILIA

Joaquín Antonio Peñalosa

PROLOGUILLO

Se cuenta de un obispo que duró en su sede 24 horas; de nuestro Señor Jesucristo a quien iban a despeñar por predicar una homilía perfecta, del Buey Mudo que habló y del apóstol Pablo que, por predicar tan largo, se le durmió un oyente y murió.

Estimado predicador, señor homileta o, dicho sea con caridad cristiana, orador sagrado, tiene sus riesgos predicar una homilía perfecta. Verá usted.

Jesucristo, nuestro bien, predicó su primera homilía en la sinagoga de Nazaret. Leyó un pasaje del profeta Isaías. Enrolló el libro, lo devolvió al servidor y se sentó. “Los ojos de cuantos había en la sinagoga estaban fijos en él”. Luego explicó el texto bíblico con tal segundad, viveza y valentía que el auditorio se encendió de cólera y, levantándose, lo arrojó fuera de la ciudad y lo llevó a la cima del monte para precipitarlo desde allí (Le 4, 16-30). Si al Señor lo rechazaron por predicar la homilía modélica por excelencia, ¿qué puede esperarse de nosotros, pardos aprendices de la Palabra y parvulillos en el arte de la comunicación?

Recuerde usted también lo que aconteció al apóstol Pablo que, por prolongar su homilía hasta media noche, un joven de nombre Eutico, que estaba sentado en una ventana, abrumado por el sueño, “porque la plática de Pablo se alargaba mucho”, se cayó del tercer piso abajo, de donde lo levantaron muerto. Imitadores de Pablo, no pocos predicadores adormecen con anestesia total al amado rebaño, pero sin el poder de Pablo para resucitarlo (Hechos 20, 7-12).

Agustín de Hipona se quejaba de que los fieles se le escapaban del sermón para ver el circo, no obstante que hablaba enlazando teologías y galanuras de estilo. El insigne Tomás de Aquino —bendito sea su nombre por los siglos de los siglos—, una vez que predicaba en París con sentencias irrebatibles y silogismos bicornutos, unos ruidosos contestatarios interrum-pieron su sermón callando al Buey Mudo con tamaña gritería.

El propio Concilio Vaticano II reconoce que “la predicación sacerdotal, en las actuales circunstancias del mundo, resulta no raras veces dificilísima” (Presbyterorum Ordinis, 4). ¿Por qué?

—la falta de preparación en predicadores así en el terreno bíblico y teológico, como en el arte de la comunicación,

—la desigual competencia con los medios de comunicación social, tan evolucionados y adaptados al hombre moderno,

—la impreparación de los oyentes que apenas, y a duras penas, están medio evangelizados,

—El desprestigio de frecuentes homilías demasiado moralizantes abstractas, desvinculadas de la vida, tejidas con un lenguaje pasado de moda y largas, largas, largas, como el Ferrocarril Transoceánico.

No es fácil encontrar responsables de las homilías que sepan pronunciarlas breves, directas, amenas, entendibles, exhortativas, capaces de ayudar a comprender mejor la Palabra de Dios, a participar más fructuosamente en la celebración de la misa y a transformar evangélicamente la vida.

Existen, en el mercado, varios y excelentes libros que pudieran enseñarnos a fabricar una homilía desde que entra la materia prima al taller hasta que sale transformada en los labios. Lo que se extraña en las librerías es lo otro, el libro que nos dijera cómo no hacer una homilía. Porque la caricatura es más exacta que la foto. Y porque nadie comienza a quitar sus defectos, hasta que no los conoce. De la vía purgativa se va a la iluminativa.

Se dirá que sale sobrando mostrar cómo no ha de ser una homilía, si es lo que algunos hacemos

—usted no, por favor— los domingos y días festivos desde la misa del alba hasta la de 9 pe eme.

Las campanas llaman a misa; pero nunca la oyen. Es el caso del predicador. Pronuncia su homilía sin apenas sentirse oyente. Y es claro que el juicio final sobre la homilía pertenece al oyente y no al predicador. ¿Qué dicen los fieles de nuestras homilías?

Si usted fuera obispo por un día, si únicamente pudiera enviar una circular a su presbiterio, ¿de qué le hablaría, qué cosa importantísima le urgiría en su motu proprio?

“Carísimos hermanos, la homilía es un espíritu, una doctrina y una técnica. Exige santidad, sabiduría y arte de persuasión. Es fruto de la gracia de Dios y de la industria humana. El predicador no nace, se hace. Se hace orando, estudiando y aprendiendo el arte de hablar. Porque no basta saber, sino saber decir lo que se sabe. Un santo siempre predica bien. Pensad en Francisco de Asís, el Cura de Ars, Juan XXIII, el obispo mexicano Rafael Guízar y Valencia. Encendían, quemaban. Pero un teólogo, así sea dicho con el mayor respeto que los teólogos me merecen, sabe lo que va a decir, pero no siempre sabe cómo decirlo.

Yo no dudo que vosotros, amadísimos hermanos, seáis hombres de virtud, tampoco dudo que hayáis estudiado por largos años las ciencias sagradas en las aulas benditas de nuestro seminario. Lo que sí me preocupa, a mí, indigno siervo vuestro y Prelado por un día, el que hayáis descuidado el aprendizaje de las técnicas necesarias para trasmitir con eficacia el mensaje evangélico. Si sois profesionistas de la Palabra, debéis conjugar, a la vez, la triple realidad de la vida interior, los conocimientos teológicos y bíblicos, y los recursos técnicos.

El líder que conduce a las masas, el cronista de la televisión, el locutor de radio, el artista de cine, el ejecutivo de ventas, señor del marketing, saben que su eficacia profesional está en relación directa con el manejo de la palabra. ¿Por qué sólo nosotros, los mensajeros de la verdad revelada, hemos de ser los únicos que hablan sin aprender a hablar?

Os ruego que ésta, mi única circular, sea leída con atención y observada con fidelidad. En prenda de las bendiciones divinas...” (Sellado y firmado según estilo por nuestro secretario-canciller).

Glorioso episcopado de veinticuatro horas que pasará a la historia sólo por haber puesto el dedo en la llaga y la haga en el bálsamo: la crisis y la recuperación de la homilía.

Estas paginillas, en cambio, serán, más que un recetario de alivio, un cuadro clínico de achaques. Pero ya es mucho saber dónde le duele a uno. Principio de salud.

Un manual de imperfecta homilía, éste o cualquier otro, tiene que hablar de imperfecciones o cambia de nombre. Desfilarán las peores homilías del mundo. No perdáis toda esperanza, vosotros que entráis aquí. Amamos la luz y no la sombra. Nos interesa más el Génesis que el Apocalipsis. Cuestión de gustos. Nos estorban las gafas oscuras, según pensamos como el filósofo español José Ortega y Gasset: “A ser crítico de las cosas, prefiero ser su amante”.

Eso es este libro. Amor, humor con agua bendita. Procedamos en paz.